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sobre Navàs
Municipio moderno crecido al amparo de la industria y eje de comunicaciones
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Hay un momento en Navàs, justo cuando el coche deja de subir y el valle se abre como un abanico, en el que piensas: "coño, esto no es lo que esperaba". Porque si vienes de Manresa, por la C‑55, te imaginas otro pueblo más del Bages, otro montón de casas pegadas a la carretera. Y en cambio te encuentras con el Llobregat corriendo entre chopos, un castillo que parece sacado de un libro de texto y un silencio que no es de pueblo apagado, sino de pueblo que va a su ritmo.
El truco de Navàs
La primera vez que vine fue por error. Había perdido la salida hacia Sallent y en vez de girar me dije: “pues sigo, total”. Diez minutos después estaba aparcando cerca de la plaza del centro, con esa sensación de haber descubierto un atajo que no sale en el GPS.
Navàs no es bonito en el sentido instagramable del término. No tiene el tirón monumental de Cardona ni ese rollo medieval que encuentras en otros pueblos catalanes. Es más bien como ese primo que solo ves en las bodas: no es el más guapo de la familia, pero es el que mejor se lo pasa y al que todo el mundo acaba escuchando. Tiene algo más de seis mil habitantes, un pasado ligado a la industria textil y un castillo que conserva restos de muralla. Desde lejos, en la Mola, la silueta aún impone más de lo que uno esperaría.
Lo que no te cuentan en las postales
Subir hacia la zona del castillo es la excusa perfecta para estirar las piernas. El camino se mete entre pinos y roca, con algún búnker de la Guerra Civil que aparece de repente en mitad del monte, como si alguien hubiera jugado a las casitas y se hubiera olvidado de recoger.
Arriba se abre el valle del Llobregat. Las masías quedan repartidas por las laderas y, si el día está claro, dicen que desde algunos puntos se llega a ver el Pedraforca a lo lejos. No es una cima alpina ni nada parecido, pero tiene esa vista amplia que hace que la subida haya merecido la pena.
Al bajar, merece la pena acercarse al Pont Vell. Es un puente de piedra antiguo, de un solo arco grande, que cruza el Llobregat con una tranquilidad casi exagerada. Caminarlo a pie es sencillo, pero lo bueno está en pararse un minuto: el ruido del agua, los árboles de la ribera y ese olor a monte bajo que sube cuando aprieta el sol.
La parte de comer (que no es poca)
En Navàs se come como en muchos pueblos del interior de Catalunya: sin demasiadas florituras y con platos que llenan. En las panaderías del pueblo suele aparecer la coca de recapte, fina y crujiente, con verduras asadas y, a veces, algo de embutido por encima. De esas cosas que compras pensando “un trozo” y acabas terminando.
Luego están platos de cuchara o de sartén que aquí se siguen viendo bastante. El trinxat con col y tocino aparece a menudo cuando hace frío. No es comida ligera: es de esas que te dejan con ganas de sofá después.
Y si alguna vez te ofrecen queso de tupí, pruébalo con calma. Es fuerte, macerado con alcohol y aceite, y tiene ese punto que te hace preguntarte quién fue el primero al que se le ocurrió mezclarlo todo.
Las fiestas que salen solas
La Festa Major de Sant Pere suele celebrarse a finales de junio y cambia bastante el ambiente del pueblo. Hay gigantes, música y gente en la calle hasta tarde. El gigante más conocido de Navàs es el Carboner, enorme, con esa cara seria que tienen muchos gigantes catalanes. Cuando empieza a bailar entiendes por qué la gente se queda mirando.
En invierno, alrededor de Sant Antoni, también se encienden hogueras y se hacen actos tradicionales con animales y comida a la brasa. No tiene pinta de espectáculo montado para fuera: más bien parece una reunión grande de vecinos con excusa festiva.
El momento de irse (y de volver)
Navàs no es un destino para pasarse una semana entera. Funciona mejor como parada tranquila o como base para caminar un rato por la zona del Llobregat.
No hay demasiada parafernalia turística. Hay un camping a la entrada del pueblo, algunas casas rurales en el entorno y un ritmo bastante normal de pueblo del Bages: gente haciendo la compra, chavales en bici, alguien que te mira con curiosidad porque no te tiene fichado.
Mi consejo: ven sin plan cerrado. Pasea por el centro, acércate al río y sube un rato hacia la Mola si te apetece caminar. A veces también coinciden ferias o fiestas relacionadas con productos locales y plantas medicinales, de esas que llenan la plaza de puestos y vecinos charlando.
Navàs funciona un poco como ese bar que descubres por casualidad en una carretera secundaria. No es el más moderno ni el que sale en todas las guías. Pero cuando vuelves a pasar cerca, te acuerdas. Y acabas desviándote otra vez.