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sobre Sant Fruitós de Bages
Municipio que alberga el impresionante monasterio de Sant Benet de Bages
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Sant Fruitós de Bages me recuerda a esos sitios por los que pasas mil veces en coche y un día, casi por casualidad, decides parar. Como cuando entras en un bar de carretera pensando que solo será un café rápido y acabas quedándote media mañana. Desde fuera no parece gran cosa, pero cuando bajas del coche empiezas a ver de qué va el lugar.
Aquí el monasterio lleva siglos mirando al mismo campo de viñedos. Y el arroz que se cocina en febrero sigue teniendo más que ver con las comidas de pueblo de toda la vida que con la cocina pensada para Instagram.
El monasterio que se convirtió en casa de familia (y luego en lo que es)
El Monestir de Sant Benet es el gran punto de referencia de Sant Fruitós de Bages. Está a las afueras, rodeado de campo, y aparece de golpe entre árboles y viñas. La sensación es un poco como encontrar una masía enorme en mitad del paisaje, solo que con casi mil años de historia encima.
Se fundó en el siglo X y durante siglos fue monasterio. Luego cambió de manos y acabó siendo residencia de la familia del pintor Ramon Casas a principios del siglo XX. Imagínate comprar un monasterio para reformarlo como quien hereda la casa del pueblo y decide tirar un tabique. La escala es distinta, claro, pero la idea se parece.
Hoy el espacio funciona como centro cultural. Se puede visitar el monasterio con guía y entender cómo convivieron esas dos etapas: la monástica y la doméstica. A mí me gustó porque no parece un decorado rehecho; las paredes y los claustros tienen ese aire de sitio vivido, como una casa antigua que ha pasado por muchas manos.
Febrero: cuando el arroz es la excusa para que salga todo el pueblo
En Sant Fruitós de Bages hay una tradición muy conocida en la comarca: la Festa de l’Arròs. Se celebra normalmente en febrero y convierte el pueblo en algo parecido a una comida familiar gigante.
La escena recuerda un poco a cuando en tu barrio montan una paella popular y acaba viniendo medio municipio. Grandes paellas al fuego, gente haciendo cola con platos, música, niños corriendo por la plaza. No es alta cocina ni lo pretende. Es arroz con carne, verduras y lo que toque ese año. Contundente y pensado para comer de pie charlando.
Si vienes ese día, lo más práctico es llegar con tiempo. No tanto por el arroz como por el coche. Sant Fruitós ha crecido bastante en las últimas décadas y aparcar en jornadas así puede sentirse como intentar meter el coche en un parking de playa en pleno agosto: sitio hay, pero toca dar alguna vuelta.
Lo que se come por aquí (sin demasiadas complicaciones)
La comida en Sant Fruitós de Bages es la típica del interior de Catalunya. Platos sencillos, de esos que no necesitan explicación.
La coca de recapte aparece mucho. Si no la conoces, piensa en una especie de pizza muy catalana: masa plana, verduras asadas encima y a veces algo de carne o bacalao. Es de esas cosas que funcionan igual de bien recién hechas que frías al día siguiente, como las empanadas que te llevas en un tupper.
También son habituales los embutidos de la zona y los quesos de cabra. Nada raro ni experimental. Más bien ese tipo de comida que te recuerda a las cenas en casa de los abuelos: pan bueno, algo de embutido, un trozo de queso y conversación larga.
Paseos fáciles alrededor del pueblo
Los alrededores de Sant Fruitós de Bages tienen varios caminos señalizados. No esperes grandes travesías de montaña. Son más bien paseos tranquilos, de los que haces después de comer para estirar las piernas.
El camino que lleva hacia el monasterio es corto y muy accesible. Algo así como dar la vuelta a un parque grande, pero con campos y viñedos alrededor.
Otro recorrido sigue el curso del Riu d’Or. El nombre aparece en documentos antiguos del lugar, lo que te hace pensar que este mismo paisaje ya lo miraba gente hace muchos siglos. Cambian las botas y la ropa, pero el paseo viene a ser el mismo.
Por la zona también pasa el Camino de Santiago en su variante catalana. Muchos peregrinos cruzan rápido porque llevan la mirada puesta en la siguiente etapa. Los que paran un rato encuentran un sitio tranquilo para descansar, como cuando haces una parada larga en un viaje en coche y de repente agradeces bajar, caminar cinco minutos y respirar.
Cuándo acercarse a Sant Fruitós de Bages
La primavera suele ser buen momento para ver Sant Fruitós de Bages con calma. Los campos del Bages están verdes y el entorno del monasterio se disfruta más caminando.
El verano trae la fiesta mayor, con actividades típicas de los pueblos de la zona. Mucho ambiente en la calle, aunque el calor del interior puede ser de los que te hacen buscar sombra cada diez minutos.
A mí también me gusta el otoño por aquí. La vendimia se nota en el paisaje y el aire empieza a oler a campo húmedo y a mosto, como cuando entras en una bodega pequeña.
Sant Fruitós de Bages no juega a ser un decorado medieval ni un destino de postal. Es más bien un pueblo vivido, con barrios modernos, campo alrededor y un monasterio que recuerda de dónde viene todo. Como esos lugares que no presumen demasiado, pero cuando paras un rato te das cuenta de que tienen bastante más detrás de lo que parecía desde la carretera.