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sobre Colldejou
Pueblo al pie de la Mola de Colldejou
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A las ocho de la mañana, cuando empiezas a caminar por los senderos que suben hacia la Serra de Llaberia, entiendes rápido de qué va el turismo en Colldejou. El aire todavía es fresco y huele a pino, a tierra seca y a romero aplastado bajo las botas. Entre las laderas se mezclan encinas y pinares, manchas verdes que caen hacia los valles. Si el día amanece limpio, desde algunos claros se adivina una línea pálida al fondo: el Mediterráneo, lejos, casi como un recuerdo.
A esa hora el pueblo permanece en silencio. No un silencio vacío, sino uno lleno de cosas pequeñas: algún perro que ladra, el ruido metálico de una persiana, el viento pasando entre los árboles.
Un pueblo pequeño en la falda de la sierra
Colldejou, con unos 155 habitantes, queda escondido en el interior del Baix Camp, apoyado en las pendientes de la Serra de Llaberia. Está a más de cuatrocientos metros de altitud, lo suficiente para que el aire cambie respecto a la costa y las noches, incluso en verano, refresquen.
No hay grandes equipamientos turísticos ni calles pensadas para el paseo rápido. El núcleo es breve: casas de piedra, tejados de teja curva y calles que suben poco a poco hacia la iglesia parroquial. Las fachadas muestran años de sol, viento y humedad; algunas puertas conservan madera oscurecida por el uso. En diez o quince minutos se recorre casi todo, pero conviene hacerlo despacio, mirando hacia los márgenes del pueblo, donde el paisaje aparece de golpe entre las casas.
El nombre del lugar suele interpretarse como “collado de Jove”, una referencia bastante lógica si se mira el mapa: el pueblo queda justo entre relieves que conectan la sierra con los valles interiores.
Caminar hacia la Serra de Llaberia
El verdadero movimiento empieza al salir del casco urbano. Varias pistas y senderos se abren hacia la Serra de Llaberia, una zona de relieve irregular donde alternan pinares, encinares y claros de roca caliza.
Hay rutas cortas que se pueden hacer en una mañana tranquila y otras que suben hacia zonas más altas de la sierra. En estas últimas el terreno se vuelve más pedregoso y conviene mirar bien por dónde se pisa, sobre todo después de lluvias.
La luz cambia mucho a lo largo del día. Por la mañana las laderas miran al sol y el olor a tomillo y romero se nota más; por la tarde las sombras de los pinos alargan el sendero y el aire suele moverse algo más.
Un consejo sencillo: en verano es mejor salir temprano. A media mañana el calor se queda atrapado entre las laderas y el camino se vuelve bastante más duro de lo que parece en el mapa.
Rastros, aromas y silencio
Quien camina con calma suele notar pequeños detalles: huellas de jabalí en los tramos de tierra suelta, piñas roídas, el movimiento rápido de algún lagarto entre las piedras. Las rapaces también aparecen con frecuencia planeando sobre los barrancos.
En primavera el suelo se llena de flores pequeñas y en otoño el bosque huele a hojas secas y a tierra húmeda. Incluso en los días más cálidos persiste ese fondo aromático de plantas mediterráneas que acompaña casi todo el recorrido.
Comer y organizar la visita
La cocina de la zona sigue siendo de montaña baja mediterránea: guisos contundentes, embutidos, frutos secos y aceite de oliva. En pueblos cercanos suele haber más opciones para sentarse a comer.
En Colldejou conviene llegar con cierta previsión, sobre todo entre semana o fuera de los meses más movidos del año. No siempre hay movimiento continuo y el pueblo mantiene un ritmo bastante tranquilo.
Fiestas que reúnen al pueblo
A finales de agosto se celebran las fiestas de Sant Bartomeu, el patrón. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo y llegan antiguos vecinos y familiares que viven fuera.
En invierno, alrededor de Sant Antoni, todavía se mantienen celebraciones vinculadas al fuego y a los animales domésticos. Son actos sencillos, muy ligados a la vida rural de la zona.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Tarragona lo habitual es acercarse primero hacia la costa y luego subir hacia el interior por carreteras que se van estrechando a medida que aparecen las montañas del Baix Camp.
El último tramo tiene curvas y atraviesa zonas de bosque. Conviene tomárselo con calma, también porque a veces aparecen ciclistas o senderistas en los márgenes.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por la sierra. En pleno verano el paisaje sigue siendo bonito, pero el calor obliga a madrugar y llevar agua suficiente desde el inicio de la ruta.