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sobre La Febró
El municipio menos poblado de la zona situado en plena montaña con pozas naturales y cascadas escondidas
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Hay pueblos que parecen diseñados para pasar el día. Y luego está La Febró, que funciona más bien como cuando te sales de la carretera para estirar las piernas… y acabas quedándote más rato del que pensabas. No porque haya mil cosas que hacer, sino porque el sitio va a otro ritmo.
La Febró es un municipio diminuto del Baix Camp, colgado a unos 750 metros en las montañas de Prades. Aquí viven poco más de treinta personas. Eso ya te da una pista bastante clara del ambiente: silencio, alguna chimenea en invierno y calles donde lo raro sería encontrar tráfico.
Desde la carretera el pueblo casi se te pasa. Un puñado de casas de piedra siguiendo la pendiente y poco más. Si das una vuelta tranquila lo recorres en diez minutos sin darte cuenta. En medio está la iglesia parroquial de Sant Pere, que lleva ahí siglos y hace un poco de faro del pueblo: mires desde donde mires, el campanario acaba apareciendo entre los tejados.
Un buen punto de partida para caminar por las montañas de Prades
Mucha gente llega a La Febró por el entorno. El pueblo está rodeado de bosque y barrancos, dentro del macizo de las montañas de Prades, y desde aquí salen bastantes senderos.
El paisaje es el típico de esta zona interior de Tarragona: pinos, encinas, algún roble y caminos que suben y bajan sin pedir permiso. No es alta montaña, pero tampoco es el paseo llano del paseo marítimo. Si no estás acostumbrado a caminar, algunas cuestas se hacen notar.
Hay rutas que conectan con otros pueblos cercanos como Prades o Capafonts, y varias pistas forestales que se adentran en el bosque. Lo bueno es que, incluso en fines de semana, no suele haber demasiada gente. Es de esos sitios donde puedes caminar un buen rato escuchando solo tus pasos y el viento moviendo las ramas.
Otoño y setas en los bosques
Cuando llega el otoño, estos montes se llenan de buscadores de setas. La zona es conocida entre aficionados y, si el año viene húmedo, aparecen boletus y otras especies bastante apreciadas.
Eso sí, aquí la gente se lo toma en serio. No es cuestión de ir arrancando todo lo que parezca una seta. Muchos vienen con cesta, navaja y bastante conocimiento del terreno. Si no sabes distinguirlas bien, mejor limitarse al paseo y a la foto.
Fauna y silencio
Si madrugas un poco o caminas al atardecer, es fácil ver rastros de animales. Jabalíes hay bastantes y también se mueven corzos por los barrancos. A veces se ven rapaces sobrevolando los claros del bosque.
No esperes un safari, claro. Pero ese momento en el que oyes algo moverse entre los arbustos y te quedas quieto… pasa más de lo que uno pensaría.
Un pueblo pequeño, de verdad
La Febró no vive del turismo masivo. De hecho, a ratos parece que el tiempo aquí se haya quedado un poco suspendido. Casas de piedra, calles cortas y ese silencio que solo tienen los pueblos muy pequeños.
En verano suele haber más movimiento porque regresan familias que tienen casa aquí o gente que pasa unos días en la sierra. Y como en casi todos los pueblos de la zona, en agosto se celebra la fiesta mayor, uno de esos momentos en los que el pueblo vuelve a llenarse aunque sea por unos días.
Llegar hasta aquí
Para llegar a La Febró hay que tomarse con calma las carreteras de montaña. Son estrechas, con curvas y bastante bosque alrededor. Pero también es parte de la gracia.
No es un sitio al que vengas a tachar una lista de monumentos. Más bien es un buen alto en el camino si estás recorriendo las montañas de Prades: das una vuelta por el pueblo, respiras un rato de aire de sierra y luego sigues caminando por alguno de los senderos que salen hacia el bosque.
Ese tipo de lugar pequeño que, sin hacer mucho ruido, acaba dejándote buen recuerdo.