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sobre Vilanova d'Escornalbou
Pueblo de piedra arenisca roja a los pies de la montaña de Escornalbou
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Hay un tipo de carretera comarcal que te hace bajar la ventanilla sin pensarlo. No por el paisaje espectacular, sino por esa sensación de campo trabajado: olivos, avellanos, algún tractor a lo lejos. Y de repente, al girar la cabeza, ves un cerro con un monasterio encajado en la roca. Eso es Vilanova d'Escornalbou.
El turismo en Vilanova d'Escornalbou no se parece a lo que ves en folletos. Es un pueblo pequeño del Baix Camp donde viven unas seiscientas personas y donde el día a día huele a tierra y a poda. Las calles son tranquilas, las casas tienen ese aire práctico de quien vive del campo, y siempre, en cualquier esquina, asoma la silueta del monasterio arriba. Es como si todo el pueblo viviera a su sombra.
El monasterio: un rompecabezas de épocas
La mayoría llega aquí por el Monasterio d’Escornalbou. Te lo digo claro: no es una catedral gótica que te quite el aliento. Es otra cosa. Es como si alguien hubiera juntado pedazos de siglos distintos en un mismo sitio.
Empezó siendo cosa de canónigos allá por el siglo XII, pero lo que ves ahora es un batiburrillo de reformas y usos. La parte interesante viene del siglo XX, cuando lo compró Eduard Toda —un diplomático con aires de coleccionista— y lo convirtió en su casa. Le metió muebles, libros y objetos raros traídos de medio mundo.
El resultado es curioso: pasas de una sala románica sobria a un comedor que parece sacado de una casa burguesa de 1920. Lo mejor, para mí, están fuera: las terrazas. En un día despejado ves hasta el mar.
El pueblo: calles donde la vida no es decoración
Pasear por Vilanova es entender cómo funciona un pueblo agrícola sin postureo. No hay callejuelas empedradas para fotos ni placitas perfectas. Hay calles anchas, casas con las persianas bajadas a mediodía y garajes abiertos con herramientas dentro.
La iglesia de Sant Jaume está en el centro, pero no es el tipo de iglesia que buscas para visitar. Es más bien el punto donde se junta todo. Alrededor hay portales viejos, alguna fachada renovada junto a otra que mantiene las piedras originales, y ese silencio solo roto por algún motor diésel.
Si buscas monumentos impresionantes, te vas a quedar corto. Pero si te fijas en los detalles —la tierra en las botas junto a la puerta, los remolques aparcados— entiendes dónde estás.
La subida al monasterio (y merece la pena)
Casi todo el mundo sube andando desde el pueblo. Es un camino sin misterio: tierra, pinos y matorral bajo que va trepando poco a poco.
Se tresa unos tres cuartos de hora si no vas con prisa. No es dura, pero en verano el sol pega fuerte y agradeces una botella de agua. La recompensa está en cómo se va abriendo la vista según subes: primero ves los tejados del pueblo, luego los campos del Baix Camp como un mosaico verde y marrón.
Por estas carreteras secundarias también pasan ciclistas. Tienen poco tráfico y curvas suaves entre cultivos; son esas rutas que saben bien cuando quieres pedalear sin complicarte demasiado.
Avellanas, aceite y cocina sin florituras
Aquí se respira campo catalán puro. Los avellanares son los dueños del paisaje alrededor del pueblo; extensiones ordenadas de árboles que cambian con las estaciones.
En otoño es cuando se nota más movimiento: tractores entrando y saliendo, remolques llenos hasta arriba… Es la cosecha. De ahí sale buena parte del carácter local —y también productos como el aceite o las almendras—.
La comida por aquí va directa al grano: producto cercano recogido esa mañana platos tradicionales catalanes hechos como los hacía la abuela Nada complicado Nada innecesario
Fiestas para vecinos (y quien quiera sumarse)
Las celebraciones siguen siendo cosas del pueblo La Festa Major en verano suele traer música en la plaza comidas populares organizadas entre todos y ese ambiente relajado donde conoces al de al lado porque vive tres calles más arriba
En enero todavía hacen la bendición de animales por Sant Antoni Una tradición antigua que aquí se mantiene viva con caballos ovejas gallinas… Lo que haya
Y en Sant Joan encienden la hoguera como siempre Vecinos charlando alrededor niños corriendo ese olor a humo dulzón que anuncia que el verano ya está aquí
Para llegar sin perderte
Desde Tarragona son unos treinta minutos en coche Depende de la carretera que cojas pero casi todas atraviesan zonas agrícolas así que vas viendo campos hasta llegar
Hay transporte público pero con menos frecuencia Si no vienes con tu coche conviene planearlo bien mirar horarios y tener algo de paciencia
Vilanova d'Escornalbou no te va a llenar un fin de semana entero Y quizás por eso gusta Es una parada tranquila Un sitio para subir al monasterio caminar entre avellanares y ver cómo funciona un pueblo donde el campo sigue marcando las horas