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sobre Aldover
Pueblo situado a orillas del río Ebro con una playa fluvial y rodeado de cítricos en un entorno tranquilo
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Aldover es de esos pueblos que, cuando te los describen, parece que alguien ha mezclado varias cosas en el mismo sitio: tiene playa, pero sin mar; tuvo estación, pero ya no pasan trenes; y es fácil ver más bicis que coches circulando por el pueblo. Todo eso en un municipio de unos 900 vecinos en el Baix Ebre donde, si preguntas por comida, tarde o temprano alguien acaba mencionando la coca de recapte.
El pueblo que vive pegado al Ebro
Llegué un sábado de marzo pensando que me encontraría el típico pueblo del tramo final del Ebro: algo de humedad en el aire, palmeras sueltas y ese olor que recuerda que el Delta está relativamente cerca. Pero Aldover tira más a campo que a costa. Huele a tierra trabajada, a huerta, a temporada de alcachofa.
Y luego está el río. El Ebro pasa ancho y tranquilo, de esos tramos en los que parece que el agua se toma su tiempo. No es un río de postal alpina ni nada parecido; más bien ese tipo de gigante lento que ocupa espacio y organiza la vida alrededor.
La sorpresa es la playa fluvial. Lo de “playa” suena raro hasta que la ves: un banco de arena amplio junto al río donde en verano se monta bastante ambiente. Cuando yo fui estaba medio vacío y el chiringuito cerrado, pero varios vecinos me contaron que en los meses de calor se llena de gente de Tortosa y de pueblos cercanos que vienen a refrescarse sin bajar hasta el Delta.
La antigua estación que ahora mira a las bicis
La estación de tren de Aldover sigue en pie aunque hace décadas que no pasan trenes por aquí. Es uno de esos edificios que en muchos sitios habrían terminado abandonados, pero en este caso le han buscado otra vida.
Hoy funciona como punto de parada para gente que recorre la Vía Verde del Val de Zafán. Si no la conoces, es una de esas rutas que aprovechan antiguas líneas ferroviarias: pendientes suaves, túneles, y muchos ciclistas pasando a ritmo tranquilo.
El edificio de la estación se ha adaptado para dar servicio a quienes van en bici o caminando. Nada sofisticado, más bien práctico: un lugar donde parar, descansar un rato y seguir ruta. Mientras estaba allí coincidí con un par de cicloturistas extranjeros que venían pedaleando desde la zona de Castelló. Uno me decía que le sorprendía que estos edificios sigan en uso. En su país, comentaba, muchas estaciones pequeñas desaparecieron sin más.
Aquí al menos la historia sigue visible.
Comer como en un pueblo de huerta
Aldover no es grande, así que la oferta para comer es la que cabe en un pueblo de este tamaño. Lo bueno es que la cocina tira mucho de lo que se cultiva alrededor.
La coca de recapte aparece bastante. Es ese pan plano con escalivada —a veces con algo de pescado salado o embutido— que aquí se toma casi a cualquier hora. Si te mueves por el pueblo a media mañana es fácil que salga de algún horno.
También me hablaron del gazpacho de almendras, una sopa fría clara que no tiene nada que ver con el gazpacho andaluz. Es más suave, con sabor a almendra y pan. Suele aparecer cuando aprieta el calor.
Y cuando el calendario festivo llega, la comida gana protagonismo. En las celebraciones del pueblo es habitual ver grandes paellas o suquets cocinándose en la calle, con vecinos y familiares que vuelven esos días. Es el típico momento en que un municipio pequeño parece multiplicar su tamaño durante unas horas.
La iglesia de Sant Jaume
La iglesia de Sant Jaume no es de esas que impresionan desde lejos. Más bien parece sólida y algo austera, construida para durar.
Si coincide que está abierta, merece la pena asomarse. Dentro conserva un retablo barroco bastante llamativo en contraste con la sobriedad del edificio. Es de esas cosas que en un pueblo pequeño sorprenden un poco más porque no te las esperas.
Subiendo la vista hacia el campanario y mirando alrededor se entiende bien el entorno: huerta en cuadrículas, el Ebro marcando el paisaje y, no muy lejos, la silueta de Tortosa. Aldover queda justo en ese punto donde el río sigue siendo protagonista pero el ambiente es claramente agrícola.
¿Vale la pena parar en Aldover?
Depende mucho de cómo viajes.
Si te mueves buscando monumentos grandes, museos o calles llenas de tiendas, aquí probablemente te sabrá a poco. Aldover es pequeño y se recorre rápido.
Ahora bien, si vas siguiendo la Vía Verde, si te gusta parar en pueblos donde todavía se nota la vida diaria —gente hablando en la plaza, agricultores entrando y saliendo con la furgoneta, ciclistas que hacen un alto— entonces encaja bastante.
Mi plan fue sencillo: llegar por la mañana, dejar el coche cerca de la antigua estación y recorrer en bici el tramo que lleva hacia Tortosa. El camino es fácil y el paisaje cambia poco a poco entre huerta y río. Luego volver al pueblo, comer algo tranquilo y dar una vuelta corta por las calles.
En unas horas te haces una idea bastante clara del sitio.
Aldover no intenta impresionar. En invierno puede parecer incluso demasiado tranquilo, y si el Ebro viene crecido la playa desaparece bajo el agua. Pero también tiene esa naturalidad de los pueblos que no están pensando todo el rato en el visitante. Y, curiosamente, eso es lo que hace que la parada tenga sentido.