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sobre L'Ametlla de Mar
Pueblo pesquero famoso por sus calas vírgenes y su gastronomía basada en el atún rojo y el pescado fresco
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El turismo en L'Ametlla de Mar gira, todavía hoy, alrededor de un hecho sencillo: sigue siendo un pueblo pesquero. Situada en la costa sur de Tarragona, entre el Delta de l’Ebre y el litoral más urbanizado del Camp, la localidad mantiene una relación muy directa con el mar. Viven aquí alrededor de siete mil personas y gran parte del movimiento del pueblo continúa concentrándose en el puerto y en la lonja, donde cada día se descarga pescado.
El municipio se extiende a lo largo de unos quince kilómetros de costa bastante irregular. A diferencia de otros tramos del litoral tarraconense, aquí abundan las calas pequeñas, muchas de roca o grava, intercaladas con algunas playas de arena.
Un pueblo que creció alrededor del puerto
El núcleo urbano baja hacia el mar en calles cortas que terminan casi siempre en el puerto o en alguna plaza abierta. No es un casco antiguo monumental; más bien responde a la lógica de los pueblos de pescadores que fueron creciendo según lo exigía el trabajo en el mar.
La iglesia de Sant Joan Baptista ocupa el centro del pueblo. El edificio actual es del siglo XVIII, levantado cuando la población empezaba a consolidarse de forma estable en este punto de la costa. No es un templo especialmente elaborado desde el punto de vista artístico, pero ayuda a entender ese momento en que el asentamiento dejó de ser un lugar de paso para convertirse en una comunidad permanente.
Aun así, lo que mejor explica L'Ametlla de Mar no está dentro de ningún edificio. Basta acercarse al puerto a primera hora o al regreso de las barcas para ver cómo sigue funcionando la actividad pesquera.
Calas a lo largo del litoral
Buena parte de quienes llegan hasta aquí lo hacen por las calas. El litoral alterna pequeñas entradas de mar, zonas de roca baja y tramos de arena más abiertos.
Entre las más conocidas están Cala Forn, Cala Bon Capó, la Pixavaques o L’Estany Podrit. Algunas quedan muy cerca del núcleo urbano y se alcanzan caminando; otras obligan a desviarse por caminos secundarios. Cala Mosques, por ejemplo, suele requerir un pequeño paseo y por eso mantiene algo más de tranquilidad incluso en verano.
La playa de l’Alguer es la del propio pueblo. Tiene acceso sencillo y concentra la mayor parte del movimiento en los meses de calor.
El interior inmediato: pinares y caminos
Aunque la imagen más conocida de L'Ametlla es la del puerto, el término municipal también incluye pequeñas zonas de pinar mediterráneo. En el interior hay un paraje conocido como les Fonts de l’Ametlla, donde se concentran caminos sencillos y áreas donde la gente del pueblo suele ir a pasar la tarde o a caminar.
No es un espacio grande ni un parque natural en sentido estricto, pero sirve para cambiar de paisaje durante unas horas.
Mar y actividades
La claridad del agua en muchas calas ha hecho que el buceo tenga cierta presencia en la zona, sobre todo en tramos de fondo rocoso. La visibilidad suele ser buena cuando el mar está en calma, aunque los días de viento de levante pueden enturbiar bastante el agua.
También es frecuente recorrer la costa en kayak, una forma bastante lógica de acceder a calas donde la carretera no llega. Como en cualquier tramo abierto del Mediterráneo, conviene mirar el estado del mar antes de salir.
Caminar por el Camí de Ronda
El antiguo camino de ronda recorre buena parte de esta costa. Algunos tramos están bien definidos y permiten enlazar varias calas seguidas.
Uno de los recorridos más habituales es el que conecta el pueblo con Cala Forn. No es largo, pero sí tiene pasos de roca y pequeñas subidas. A última hora de la tarde el paisaje cambia bastante: baja el viento, la luz cae sobre los acantilados bajos y el camino queda casi vacío.
Algo sobre la cocina local
La cocina del pueblo se entiende mejor si se piensa en lo que llega cada día al puerto. Pescados de roca, arroces marineros, suquets o fideuàs forman parte de una tradición bastante directa, donde el producto manda más que la elaboración complicada.
En el entorno del puerto se concentran muchos de los lugares donde se cocina ese pescado. Incluso sin sentarse a la mesa, basta pasear por la zona para darse cuenta de que el mar sigue marcando el ritmo del pueblo.