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sobre Begur
Joya de la Costa Brava con calas cristalinas; destaca por sus torres de defensa y casas de indianos
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Begur es como ese compañero de piso que se fue a Cuba, hizo dinero y volvió con camisa de flores y un montón de historias. Solo que en versión pueblo entero. Te subes al castillo, miras alrededor y piensas: “vale, aquí algo raro ha pasado”. Y sí, pasó. Se habla de cientos de begurenses que se fueron a hacer fortuna a Cuba en el siglo XIX y algunos regresaron con suficiente dinero como para levantar esas casas indianas que hoy siguen marcando el carácter del pueblo.
El castillo que lo ve todo
Subir al castillo de Begur es como subirse a la mesa del patio de tu abuela: desde ahí se ve todo y todos. En días claros se adivinan las islas Medes, parte del Empordà e incluso, si el aire está limpio, picos del Pirineo al fondo. Y también entiendes por qué este monte ha sido un punto estratégico durante siglos. Hubo presencia antigua por la zona y en la Edad Media se levantó la fortaleza que dio forma al lugar. Lo que queda hoy son restos de muralla y torre, más el mirador natural que se forma alrededor. El castillo sufrió bastante durante conflictos del siglo XIX —los franceses pasaron por aquí como por tantos sitios—, así que lo que ves es más ruina que fortaleza, pero la subida compensa.
Las calas que Instagram no conoce
Tengo una teoría: las calas de Begur funcionan como los bares buenos de Barcelona. Las mejores no suelen ser las que salen primero en las guías, y si alguien te cuenta una concreta es porque ya no va tanto. Sa Tuna es de las más conocidas y la foto desde arriba es de las que circulan por todas partes. Pero si te metes por los caminos de ronda que conectan la costa —por ejemplo hacia Aiguablava— empiezan a aparecer rincones pequeños donde el espacio manda. Hay tramos de roca, alguna barraca de pescadores y ese olor a sal que se queda pegado en la piel. Eso sí: lleva agua, algo de comer y calzado con suela decente. En algunas bajadas la piedra resbala más de lo que parece.
La comida que no te cuentan en Barcelona
El suquet de peix de Begur es como la sopa de tu abuela pero versión marítima: cada casa tiene su manera de hacerlo y todas defienden que la suya es la buena. Aquí suele llegar a la mesa en cazuela, con pan cerca porque el caldo pide mojar. El arroz de llamàntol también aparece mucho en las cartas de la zona; no es precisamente barato, pero cuando el fumet está bien hecho se entiende la fama. Y si te gusta el bacalao, la esqueixada aparece bastante: bacalao desmigado, tomate, aceite bueno… cosas sencillas que aquí funcionan.
Las casas que se fueron y volvieron
Hacer la ruta de las casas indianas es, en el fondo, pasear por la historia económica del pueblo. Son viviendas construidas por quienes regresaron de América con dinero y ganas de demostrarlo un poco. Columnas, galerías, detalles coloniales… algunas parecen sacadas de otra latitud. Varias están repartidas por el centro, cerca de la iglesia y por calles que suben y bajan sin mucho orden. Cuando las ves seguidas entiendes hasta qué punto la relación con Cuba marcó la identidad de Begur.
Cuándo ir sin que te toque la marea humana
Septiembre suele tener un ambiente curioso en Begur. Durante la Fira d’Indians el pueblo se llena de ropa blanca, música y referencias a la historia con Cuba. Es uno de esos fines de semana en los que el centro está lleno, pero también tiene bastante ambiente.
Agosto coincide con la fiesta mayor y el pueblo está animado, aunque las calas se llenan rápido. Si has veraneado alguna vez en la costa catalana ya sabes cómo funciona: madrugas o te toca aparcar lejos. Julio, por su parte, es cuando empieza el gran desembarco de verano.
En otoño todavía se celebran ferias en la zona, como la de Sant Tomeu en Esclanyà, el núcleo pequeño del municipio. Allí el ritmo baja bastante respecto al centro de Begur.
Mi consejo: un fin de semana de junio funciona muy bien. El agua ya empieza a estar decente, el pueblo aún no va a tope y puedes hacer el combo clásico sin prisas: cala por la mañana, paseo por el centro al caer la tarde y subida al castillo cuando baja el sol. Con eso te haces una idea bastante clara de cómo respira Begur.