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sobre Bellcaire d'Empordà
Pueblo dominado por el castillo de los Condes de Empúries; rodeado de campos de cultivo
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Al atardecer, cuando los campos de cereal empiezan a dorarse y el aire baja un poco de temperatura, el silencio en Bellcaire d'Empordà se nota de verdad. A esa hora se oye el roce del viento en las cañas de los márgenes y algún coche que cruza despacio la carretera local. Este pueblo, a unos 35 metros sobre el nivel del mar, queda en la llanura interior del Baix Empordà, lejos del bullicio de la costa. Aquí la vida sigue muy ligada al campo: tractores que entran y salen, almacenes agrícolas, y ese ritmo pausado de los pueblos pequeños donde casi todo ocurre a pie.
El núcleo urbano gira alrededor de la iglesia de Sant Feliu, levantada y modificada a lo largo de varios siglos. Por fuera es sobria, de piedra clara, pero al entrar se notan las distintas etapas del edificio en los arcos y los detalles del interior. Alrededor se agrupan calles cortas, con casas de muros gruesos y ventanas pequeñas pensadas para proteger del calor del verano y de la tramuntana en invierno. Si caminas hacia las afueras empiezan a aparecer masías entre campos abiertos; algunas se han rehabilitado y otras mantienen ese aspecto algo áspero del campo empordanés.
Caminos entre campos del Baix Empordà
El paisaje alrededor de Bellcaire d'Empordà es horizontal y amplio. Los caminos agrícolas salen del pueblo en varias direcciones y se pierden entre parcelas de cereal, girasol o forraje según la época del año. Son trayectos fáciles para caminar o pedalear porque casi no hay desnivel, aunque en días de tramuntana la cosa cambia: el viento aquí sopla con ganas y avanzar en bici puede hacerse largo.
La luz también marca mucho el paisaje. A primera hora los campos suelen aparecer cubiertos de humedad y el aire huele a tierra fresca. Al mediodía todo se vuelve más seco y blanco. Y al caer la tarde llega ese tono dorado que tiñe los rastrojos después de la siega.
Rutas hacia los pueblos cercanos
Desde Bellcaire es fácil enlazar con caminos que llevan a otros pueblos de la llanura empordanesa. Son trayectos tranquilos, entre acequias, márgenes de piedra y campos abiertos. En primavera el verde es muy intenso y aparecen amapolas en los bordes de los caminos. A finales de verano el paisaje cambia por completo: tonos ocres, polvo fino en los senderos y el sonido de las cosechadoras trabajando en la distancia.
Conviene llevar agua si vas a caminar o pedalear entre pueblos, porque en muchos tramos no hay sombra.
El mar y el Montgrí a pocos kilómetros
Aunque Bellcaire está tierra adentro, la costa queda cerca. En menos de media hora de coche se llega a varios puntos de la Costa Brava, y también al macizo del Montgrí, que rompe la horizontalidad de la llanura con sus crestas de roca clara. Desde algunas carreteras de la zona, cuando el día está limpio, se ve la silueta del castillo en lo alto.
Girona también queda a una distancia razonable para una escapada corta, sobre todo fuera de temporada alta, cuando moverse por el centro resulta más tranquilo.
Cuándo acercarse al pueblo
El verano trae más movimiento, sobre todo durante la fiesta mayor, cuando las calles del centro se llenan de vecinos y de gente que vuelve al pueblo esos días. Suelen organizarse conciertos, comidas populares y actividades sencillas en la plaza.
Si buscas ver el paisaje agrícola en pleno cambio, la primavera y el inicio del otoño suelen ser los momentos más agradecidos. En agosto el calor aprieta y al mediodía las calles quedan prácticamente vacías, con las persianas bajadas y el zumbido constante de las chicharras en los árboles. Aquí el día se mueve mejor temprano por la mañana o cuando cae la tarde.