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sobre Palafrugell
Centro comercial y turístico con calas famosas; cuna de Josep Pla y las habaneras
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El primer día que fui a Calella de Palafrugell pensé que me había equivocado de pueblo. No por el sitio, que estaba bien, sino porque el GPS me dejó en el centro de Palafrugell y allí no había ni rastro de mar. Solo calles con bancos de piedra y un olor a pan recién hecho que se mezclaba con algo más raro: corcho. Sí, corcho. Como cuando abres una botella de vino y ese olor se queda pegado en los dedos. Eso es Palafrugell: un pueblo que huele a corcho y a mar, pero no siempre al mismo tiempo.
Un pueblo que se parte en cinco
Palafrugell es como uno de esos caramelos de formas raras que venden en las máquinas: por fuera parece uno solo, pero por dentro tiene cinco sabores distintos. Tres están en la costa (Calella, Llafranc y Tamariu) y dos en el interior (Palafrugell y Llofriu). Lo bueno es que no hace falta elegir. Puedes desayunar un xuixo relleno de crema en el centro del pueblo y a los diez minutos estar en la playa de Canadell, que es de esas que parecen postales pero sin el filtro de Instagram.
La primera vez que hice el camino de ronda entre Calella y Llafranc me salí del tiempo. Dicen que son unos tres kilómetros, pero eso es mentira. Son tres kilómetros más las paradas para hacer fotos, más el rato que te quedas mirando calas que parecen privadas pero no lo son. Llegué a Llafranc con la camiseta empapada y los bolsillos llenos de piedras que creía únicas. Mi novia me dijo que parecía un niño de cinco años. No le faltaba razón.
El museo más raro de Cataluña
En Palafrugell hay un museo dedicado al corcho. Sí, al corcho. Suena aburrido hasta que entras y entiendes que, antes de que existiera el plástico, aquí había toda una industria alrededor de algo tan simple como un tapón. Durante décadas hubo fábricas por todo el municipio y el pueblo tenía ese olor a corcho trabajado que todavía algunos mayores recuerdan.
El museo ocupa una antigua fábrica y tiene máquinas enormes que parecen sacadas de una película de Chaplin. Te explican cómo se cortaban las planchas, cómo se hacían los tapones y por qué salían de aquí hacia bodegas de medio mundo. A veces incluso te llevas un trocito de corcho de recuerdo. Lo curioso es que ese trocito suele desaparecer en cuanto llegas a casa. Ley universal del corcho.
El faro donde el mar se abre
El faro de Sant Sebastià es de esos sitios que te hacen sentir pequeño sin que nadie tenga que decírtelo. Está a unos 165 metros sobre el mar, que viene a ser como poner un faro encima de un rascacielos enorme. La subida tiene su cuesta, pero cuando llegas arriba entiendes por qué este punto se ha usado desde hace siglos como lugar de vigilancia.
Debajo del faro hay un hotel bastante conocido. Me contaron que cenar allí puede salir por lo que cuesta una entrada para un gran concierto. Nunca he comido en el restaurante, pero la terraza y los alrededores se pueden recorrer sin problema y las vistas son las mismas. Mi consejo: sube con algo de beber y siéntate un rato mirando el Mediterráneo. A veces el mejor plan es ese.
Cuando cantan habaneras (y aparece el rom cremat)
La cantada de habaneras de Calella es de esas cosas que suenan a excursión de instituto hasta que te encuentras en el Port Bo, con las barcas iluminadas y medio pueblo cantando. Suele celebrarse a principios de julio y reúne a bastante gente en el puerto, todos apretados como sardinas.
Al final de la noche aparece el rom cremat, que viene a ser ron caliente con azúcar y especias, flambeado en grandes recipientes. La primera vez que fui no sabía nada de la tradición. Me puse en primera fila con una Coca-Cola. Error de novato. Desde entonces llevo una taza de camping por si acaso. Es de esas costumbres que, cuando entras en el juego, ya forman parte del verano.
Lo que no te cuentan en las postales
Palafrugell en agosto es como la A‑2 en pleno puente: todo el mundo quiere su trozo de playa. Pero si vienes en junio o septiembre la sensación cambia bastante. Hay más sitio en las calas, se camina con calma y el ambiente es más de pueblo que de temporada alta.
Un plan muy simple que funciona: comprar pan en alguna panadería del centro, algo de queso en el interior del municipio y bajar a una cala pequeña como Pedrosa. Es una playa recogida y, si llegas tarde, cuesta encontrar hueco para la toalla, pero el camino y el entorno compensan.
Y si un día sale nublado, siempre queda la Fundación Josep Pla. Está dedicada al escritor que pasó media vida observando este rincón del Empordà con lupa. Guardan miles de documentos y manuscritos, y suele haber bastante tranquilidad dentro. Buen sitio para refugiarse del calor o de una tormenta de verano.
Al final Palafrugell es eso: un sitio que no es ni el más espectacular ni el más secreto del Empordà, pero que tiene algo que te hace volver. Quizá sea el olor a corcho, quizá el xuixo de las mañanas, o quizá que aquí el mar y el pueblo siguen yendo un poco por separado, como dos hermanos que se llevan bien pero necesitan su espacio.