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sobre Pals
Uno de los pueblos góticos más bellos y visitados; famoso también por sus arrozales
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Mi primera vez en Pals fue un poco de desastre. Llegué a mediodía, aparqué donde pude (lejos, porque el pueblo es como una caja de zapatos encima de un monte) y me encontré con que el bar que había marcado en Google estaba cerrado por vacaciones. Allí estaba yo, con hambre, sudando la gota gorda y preguntándome por qué había salido de Barcelona si en mi barrio hay cinco bares que me conocen.
Media hora después me tomaba una coca de recapte en una terracita que daba a la plaza del ayuntamiento y pensaba: vale, quizá esto no va tan mal.
El casco antiguo de Pals, subiendo cuesta arriba
Pals es de esos sitios que parecen decorados de película medieval hasta que ves que la gente vive ahí de verdad. Subes por calles empinadas —como cuando ibas al colegio cuesta arriba con la mochila— y de repente estás en lo alto, rodeado de casas de piedra que llevan aquí más años que la batería de tu móvil aguanta hoy en día.
La Torre de les Hores aparece de golpe cuando giras una calle. Y haces la foto, claro.
El casco antiguo no es grande. En una hora lo recorres sin prisa. Pero es uno de esos sitios donde vas parando cada pocos metros: un arco, un trozo de muralla, una escalera que baja hacia una plaza mínima. En días claros los miradores se abren hacia el Empordà y se ven los campos extendiéndose hacia la llanura y, más lejos, la línea del mar.
Ahí entiendes la frase de Josep Pla sobre Pals: no es un lugar para una sola visita, sino para muchas. No porque tenga mil monumentos, sino porque siempre acabas mirando algo que antes te había pasado desapercibido.
El arroz de Pals y los campos que lo rodean
En Pals se habla mucho de arroz. Y no en plan souvenir gastronómico: es que alrededor del pueblo hay arrozales de verdad.
El arroz suele ser bomba, un grano que aguanta bien el caldo y queda suelto. En muchos restaurantes lo preparan caldoso o negro o con marisco. El típico debate aquí no es si hay paella o no, sino qué tipo pedirte.
Lo curioso es ver los campos a pocos kilómetros del núcleo medieval. Si bajas hacia la llanura los ves enseguida: parcelas inundadas en temporada, canales rectos como reglas.
Hay rutas fáciles por la zona entre estos campos. Son paseos bastante llanos, ideales para charlar mientras caminas sin darte cuenta del tiempo. Y ayudan a entender el nombre: muchos lo relacionan con palus, latín para terrenos pantanosos.
Cuando ves el paisaje plano y húmedo, tiene sentido.
Cuándo ir a Pals sin encontrarte medio Empordà
Pals es pequeño. Cuando se llena se nota rápido.
Primavera suele ser buena época. El tiempo acompaña y todavía no ha empezado el flujo fuerte del verano. Además suele organizarse una feria dedicada al arroz con bastante ambiente local.
En verano cambia el panorama. El casco antiguo tiene movimiento constante y la playa —que está a pocos kilómetros— también atrae a mucha gente. Las fiestas mayores son entonces: música en las plazas hasta tarde y ese bullicio típico del Empordà costero.
Durante el año también aparecen conciertos o pequeños eventos culturales por los rincones del pueblo viejo. A veces basta sentarse en un escalón con algo fresco para ver cómo se anima todo poco a poco.
En invierno el ritmo baja muchísimo. En Navidad montan un belén viviente con vecinos del pueblo; algo bastante común por esta parte pero bonito igualmente.
Paseos alrededor del pueblo
Después del arroz toca caminar un poco.
El propio casco antiguo ya te lleva a dar vueltas sin rumbo fijo. Hay un pequeño recorrido junto a parte de la muralla con varios puntos para parar y mirar hacia la llanura.
Si quieres estirar más las piernas puedes subir al macizo cercano del Quermany desde algunos senderillos señalizados cerca del pueblo viejo; son subidas cortas pero suficientes para ganar altura sobre todo este mosaico verde-amarillo-marrón tan característico aquí abajo; además desde arriba ves mejor cómo se funden tierra cultivada con pueblos blancuchitos diseminados hasta llegar al azul grisáceo mediterráneo allá lejos...
Y por aquí pasa también parte GR‑92 (el sendero costero), así puedes combinar tramitos entre interior-playa si te organizas bien durante tu estancia...
¿Merece pena parar?
Te diría así: Pals no te va dejar boquiabierto nada más llegar ni mucho menos...
Funciona más bien como cuando descubres algún bar pequeño donde nada espectacular ocurre pero acabas volviendo porque simplemente se está bien allí dentro... Su núcleo histórico compactito ofrece buenas vistas según luz diurna; además tener playita tan cerca ayuda mucho si viajas familia/grupo variopinto...
Mi consejo amigo sería llegar mañana temprano dar vuelta tranquila subir miradores bajar luego llano ver arrozales comer tranquilamente tarde cambiar ritmo luz caer piedras doradas...
No necesitas mucho más tiempo realmente... Pero probablemente meses después pienses “igual podríamos volver otro día”... Y eso ya dice bastante positivo sobre sitio ¿no?