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sobre Torroella de Montgrí
Villa real con núcleo medieval y núcleo costero (L'Estartit); castillo en la cima
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A las ocho de la mañana, cuando el sol todavía no ha salido del todo, el macizo de Montgrí parece flotar sobre la bruma que sube del río Ter. Desde la Plaça de la Vila, la piedra del castillo sin tejado se recorta contra el cielo pálido como un hueso a medio desenterrar. Torroella de Montgrí huele a pan recién hecho y a humedad de ribera; las persianas de las casas bajas se abren con un chirrido metálico que suena igual que hace décadas.
El castillo que no quiso ser
La subida empieza cerca del Passeig de Pau Casals, donde los chopos todavía guardan el frescor de la noche. El sendero se enrosca entre pinos carrascos y matorral de romero; el olor se te pega a la ropa. No es una caminata larga, pero el desnivel se nota en las piernas, sobre todo cuando el camino se estrecha y las piedras sueltas crujen bajo las suelas.
Desde la cresta, el Empordà se abre como un mosaico irregular de arrozales verdes y campos más secos; el mar aparece de repente, una línea plateada que corta el horizonte.
El Castell de Montgrí nunca llegó a terminarse. La fortaleza se levantó a finales de la Edad Media, en plena tensión con el vecino condado de Empúries, y la obra quedó a medias cuando el conflicto se enfrió. Lo que queda son cuatro muros de piedra desnuda, sin tejado. Hoy se puede subir a las almenas por unas escaleras interiores bastante básicas; arriba el viento suele soplar con ganas de norte.
Desde allí se ve L’Estartit como una maqueta: los bloques blancos cerca de la playa, el puerto pequeño y, un poco más allá, las Medes flotando sobre el agua. Cuando el aire está limpio, el mar parece mucho más cerca de lo que realmente está.
Si vienes en verano, merece la pena subir temprano o ya al final del día. A mediodía el macizo se calienta como una plancha.
El lunes que huele a coca y a pescado
Los lunes suele montarse mercado en la plaza y en las calles de alrededor. A primera hora todavía se mueve despacio: vecinos que se conocen de toda la vida, bolsas de tela, conversaciones que empiezan hablando de tomates y acaban hablando del tiempo.
En uno de los puestos salen cocas de recapta todavía templadas. La escalivada suelta ese olor dulce de pimiento asado y cebolla que se mezcla con el pan caliente. Más allá, alguien corta un xuixo con tijeras de cocina y la crema se escapa despacio sobre el azúcar crujiente.
Cerca del final del mercado a veces aparece pescado que llega desde la costa, de L’Estartit o de otros puertos cercanos. Si lo encuentras en forma de suquet ya preparado, el olor lo delata antes de verlo: caldo espeso, patata que casi se deshace y ese fondo de roca que recuerda que el mar está a diez minutos en coche.
La gente se sienta donde puede: un bordillo, el canto de la fuente, un banco a la sombra del ayuntamiento.
Noches de música y de pólvora
Cuando llega el verano, la plaza cambia de ritmo. Torroella lleva muchos años organizando un festival de música clásica que llena los arcos góticos de sillas plegables y murmullos antes de empezar. Los conciertos suelen arrancar cuando el calor ya ha bajado un poco y la piedra del casco antiguo todavía guarda el calor del día.
Desde algunas calles cercanas se escuchan los instrumentos sin ver el escenario: un violín que se cuela por una ventana abierta, el eco de los aplausos doblando la esquina.
Hacia finales de agosto, por las fiestas de Sant Genís, el ambiente se vuelve más ruidoso. El correfoc atraviesa la calle Major entre chispas y tracas. Los diablos pasan rápido, cargados de fuego, y el aire se llena de ese olor áspero de pólvora que se queda en la ropa hasta el día siguiente. Los niños miran desde atrás; los más mayores se meten bajo las chispas con los brazos abiertos.
Cuando todo termina, la plaza queda cubierta de papel quemado y la gente se lava la cara en cualquier fuente cercana.
El Ter al caer la tarde
Al atardecer, el río Ter se vuelve espejo y los arrozales reflejan el cielo como si estuviera roto en mil pedazos. Desde el puente de la carretera se ven a veces kayaks que regresan hacia el interior después de remar por la zona de la desembocadura. Los remos levantan bandas de agua plateada que se cierran enseguida.
Más cerca del mar, cuando baja la marea, no es raro ver flamencos buscando comida en el fango. Caminan despacio, midiendo cada paso.
Si sigues el camino que acompaña al río hacia el norte aparecen restos de antiguas defensas y torres medio olvidadas entre la vegetación. Quedan trozos de muro, alguna placa oxidada y poco más. Al caer la tarde, con el viento moviendo las cañas altas, el lugar tiene algo de silencioso y un poco salvaje.
Cómo llegar y cuándo volver
El casco antiguo se recorre bien a pie. Si vienes en coche conviene aparcar en las zonas más exteriores y entrar andando; las calles del centro son estrechas y en verano se llenan rápido.
Octubre suele ser un buen momento para venir. El calor fuerte ya ha pasado, el campo alrededor está más tranquilo y algunos años el pueblo organiza un mercado medieval que ocupa varias calles del centro histórico.
Si llueve, entra en la iglesia de Sant Genís. La luz que atraviesa el rosetón cae sobre los bancos de madera y tiñe el interior de rojo oscuro, como si alguien hubiera derramado vino sobre la piedra.
Agosto es otra historia: más coches, más ruido, más gente que baja hacia la costa. Aun así, si subes al castillo al final del día, cuando la mayoría ya ha bajado, el macizo vuelve a quedarse en silencio. El viento trae olor a sal y a tomillo, y las primeras estrellas aparecen sobre el Empordà con una claridad que en la llanura cuesta encontrar.