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sobre Begues
Municipio situado en pleno macizo del Garraf rodeado de naturaleza y tranquilidad
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A las ocho de la mañana, la niebla se agarra a las laderas del Montau como una manta de lana húmeda. Desde el camino que sube hacia la ermita de Bruguers, el olor de las parrillas llega desde alguna masía cercana: leña, cebolla quemada, tierra mojada y romero silvestre. En momentos así, el turismo en Begues parece algo improbable. Cuesta creer que este silencio esté a menos de media hora en coche de Barcelona.
Begues no es un pueblo que se deje mirar deprisa. Hay que andarlo, subirlo, respirarlo. Con unos cincuenta kilómetros cuadrados es el municipio más extenso del Baix Llobregat, pero aquí las distancias se miden más por las horas de luz sobre las laderas que por los kilómetros del mapa. La sierra del Garraf lo rodea todo: roca clara, pinos dispersos y caminos que a veces se estrechan hasta quedar en una simple huella entre la garriga.
La cueva donde apareció una de las cervezas más antiguas conocidas
En la Cova de Can Sadurní, a medio camino entre el pueblo y las ruinas del castillo de Eramprunyà, se han encontrado restos que los arqueólogos relacionan con una de las cervezas más antiguas documentadas en Europa. En recipientes de cerámica aparecieron rastros de cebada fermentada con miles de años de antigüedad. No es una historia que se vea al entrar —la cueva es, ante todo, roca húmeda y silencio—, pero ayuda a entender que este lugar lleva ocupado desde mucho antes de que existiera el pueblo.
La caminata hasta la cueva es corta, algo más de un par de kilómetros desde la zona donde se suele dejar el coche cerca de Can Sadurní, aunque la subida se hace notar. Si te fijas en la roca, aparecen fósiles marinos incrustados en la piedra caliza: erizos, conchas, pequeñas formas que recuerdan que todo este macizo estuvo bajo el mar hace millones de años. Tras la lluvia conviene llevar buen calzado; la roca del Garraf puede volverse muy resbaladiza.
Un calendario que se nota en la calle
En Begues el año se reconoce más por lo que pasa en la plaza que por lo que marca el calendario. En invierno suele celebrarse la fiesta de los Tres Tombs, cuando carros y caballos recorren la carretera principal mientras el aire huele a leña y a embutido asándose en las brasas.
En verano llega la Fiesta Mayor. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: música en la plaza, ruido hasta tarde y grupos de gente moviéndose de un lado a otro cuando cae la noche. Si te alojas cerca del centro en esas fechas, es buena idea contar con que el silencio llegará tarde.
Caminos entre roca y cultivos
A finales de invierno los almendros empiezan a florecer en algunas laderas, y durante unas semanas el paisaje cambia de color: manchas blancas y rosadas entre el verde oscuro de los pinos. Más entrado el año, los viñedos que quedan en el término municipal brotan en un verde muy vivo, sobre todo después de días de lluvia.
Uno de los senderos que atraviesan el entorno kárstico del Garraf sale por la parte alta del pueblo, cerca del cementerio, y se adentra rápidamente en el parque natural. Son unos cuatro kilómetros de ida y vuelta entre roca blanca, matorral bajo y pinos retorcidos por el viento. En jornadas despejadas, desde algunos collados se alcanza a ver el mar como una línea azul entre colinas. Conviene llevar agua: en estos caminos no hay fuentes y el sol aquí cae con fuerza incluso fuera del verano.
Un pueblo alto en la sierra
Hay referencias antiguas a Begues en documentos medievales —en algunos aparece escrito como “Begas”— y en el pueblo circula desde hace tiempo la historia de que el conde Guifré el Pilós pudo morir en estas tierras a finales del siglo IX. Los historiadores no se ponen del todo de acuerdo, pero la anécdota sigue viva en la memoria local.
La iglesia de Sant Cristòfol está en el centro del pueblo. El edificio actual ha pasado por muchas reformas, aunque conserva partes antiguas de piedra. Dentro suele haber una penumbra fresca incluso en verano. La luz entra por una ventana alta y se queda un rato en el suelo antes de desaparecer. Afuera, las campanas marcan las horas con un sonido seco que se oye bastante más allá de la plaza.
Cuándo ir: primavera y principios de otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por la sierra, con temperaturas más suaves y menos tráfico en los caminos.
Qué tener en cuenta: los fines de semana de pleno verano el pueblo se llena más de lo habitual. Y en algunos senderos la cobertura de móvil falla; si vas a caminar, mejor llevar el recorrido descargado o un mapa sencillo.