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sobre Castellví de Rosanes
Pequeño municipio conocido como el balcón del Llobregat por sus vistas
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Desde la carretera que sube desde Martorell, antes incluso de entrar en el núcleo de Castellví de Rosanes, Can Abat aparece entre pinos. Una mole rectangular de piedra, tejado a cuatro aguas, seria, casi altiva. Dura lo que dura una curva, pero se queda grabada: el tipo de edificio que hace pensar que aquí el tiempo no avanza a la misma velocidad que en el valle.
El coche sigue subiendo y la casa desaparece entre los árboles. Aun así, la imagen vuelve una y otra vez durante el día.
El castillo que ya no es castillo
Aparco donde termina el asfalto y comienza una pista de tierra clara. Son alrededor de las diez de la mañana de un martes de abril. El suelo todavía guarda la humedad de la noche y al pisar se levanta ese olor mezclado de tierra y romero que tienen las laderas mediterráneas cuando acaba de salir el sol.
La subida hacia el Castell de Sant Jaume no es larga. Veinte minutos si se camina sin prisa, algo menos si se aprieta el paso. El sendero tiene tramos con piedra colocada, muy gastada por el uso. Cuesta imaginar cuántas generaciones han pasado por aquí antes de que el camino se convirtiera en excursión de fin de semana.
Arriba quedan restos de muralla y poco más. Paredes bajas, fragmentos de torre, líneas de piedra que dibujan lo que un día fue un recinto defensivo. Lo interesante no está tanto en lo que queda como en lo que se ve desde ahí.
El Baix Llobregat se abre entero: parcelas agrícolas muy geométricas, carreteras que reflejan la luz del mediodía y, más lejos, el río buscando salida hacia el mar. Cuando sopla algo de viento llegan olores del valle —a veces humedad, a veces algo agrio que recuerda a bodegas o a campo trabajado—. Es uno de esos lugares donde uno se queda sentado más tiempo del previsto.
Conviene subir con agua. En el camino no hay fuentes y la sombra escasea cuando el sol ya está alto.
La cruz que marca el territorio
Al bajar por el camino que lleva hacia la zona de la Font de Sant Jaume aparece la Creu de Terme. Está junto al borde del camino, al lado de un olivo viejo de tronco retorcido.
Las cruces de término señalaban antiguamente los límites de los municipios o de las parroquias. Esta parece haber sido restaurada en algún momento reciente: la piedra se ve clara en algunas zonas y más oscura en otras, como si el tiempo estuviera todavía recolocando las piezas.
Mientras paso, un agricultor baja con el tractor por la pista. Me comenta, medio en broma, medio en serio, que antes la cruz tenía una cadena. “Para que nadie se la llevara”, dice. No aclara quién podría querer llevársela, pero lo cuenta con esa naturalidad que tienen las historias que circulan por los pueblos desde hace décadas.
Can Abat y sus fantasmas
Por la tarde regreso a Can Abat. Con la luz más baja la piedra toma un tono dorado que al mediodía no se aprecia.
La casa queda detrás de un muro de piedra seca cubierto de hiedra. Las contraventanas están cerradas y el jardín apenas se adivina entre los árboles. Algunas fuentes mencionan que el edificio tuvo un papel en episodios de la Guerra de la Independencia, cuando esta zona era paso obligado entre el interior y Barcelona. Cuesta comprobarlo sobre el terreno: lo que domina hoy es el silencio.
Me siento un rato en el borde del muro. No pasa nadie. Solo un gato negro cruza el camino y se detiene a mirarme como si estuviera evaluando si tengo algo que hacer allí.
La escena dura unos segundos y luego vuelve la calma.
El pueblo que no quiere crecer demasiado
Castellví de Rosanes ronda los 2.000 habitantes según el padrón reciente. A ciertas horas del día parece incluso menos.
A media tarde muchas persianas están bajadas. La plaza frente a la iglesia de Sant Pere —un edificio de origen románico muy transformado con los siglos— queda en silencio, con un par de coches aparcados y un banco de piedra calentándose al sol.
La tienda de alimentación del pueblo sigue abierta. Dentro huele a fruta madura y a detergente. La mujer que atiende conoce a todo el que entra; conmigo tarda unos segundos más en decidir si soy de paso o no. Acabo comprando unas galletas y salgo con una naranja que me da casi como quien despacha a un vecino.
En pueblos de este tamaño los horarios pueden cambiar bastante según el día, así que conviene no contar con hacer muchas gestiones por la tarde.
Cuándo ir y por qué
La primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por los alrededores de Castellví de Rosanes. Las laderas se llenan de verde durante unas semanas y el romero florece entre las piedras del camino.
En septiembre, cuando empieza el movimiento de la vendimia en la comarca, el aire a veces trae olor a mosto desde los municipios cercanos. El paisaje cambia de color y los senderos crujen más bajo las botas.
El verano puede hacerse pesado. El calor se queda atrapado en el valle y caminar a mediodía se vuelve poco agradable. Si vienes en esa época, mejor madrugar.
Y un detalle sencillo: buen calzado. Las piedras del camino al castillo están muy pulidas por el paso de los años y resbalan más de lo que parece.
Antes de bajar de nuevo hacia la autopista, al tomar la última curva, Can Abat vuelve a aparecer entre los pinos. Exactamente igual que al llegar. Como si hubiera estado allí quieta todo el día, observando sin decir nada.