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sobre El Prat de Llobregat
Ciudad aeroportuaria con espacios naturales del delta y playa protegida
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Te juro que no es broma: el mejor plan de turismo en El Prat de Llobregat empieza donde aterriza el vecino que viene de Londres. Mientras él se pelea con la maleta y el taxi, tú puedes estar con unos prismáticos mirando aviones y, si bajas un poco la vista, pájaros de verdad. Muy cerca de las pistas hay escondites de madera frente a lagunas que, a simple vista, parecen el típico descampado húmedo del extrarradio. Pero en temporada de paso aparecen limícolas y otras aves que normalmente solo ves en documentales de La 2.
Ese es un poco el resumen del Prat: todo el mundo ubica el aeropuerto, pocos saben que al lado hay un delta con más pájaros de los que imaginas.
Un pueblo que se come antes que se ve
La primera vez que oí “¿Has provat la carxofa del Prat?” pensé que me tomaban el pelo. ¿Una alcachofa con nombre propio? Pues sí. Resulta que el campo que queda entre las pistas y el mar todavía da verdura de verdad, no de esas que vienen en bandeja de plástico.
La IGP Carxofa del Prat sale de las huertas del delta, con tierra aluvial y agua del Llobregat. Y se nota. Son compactas, dulces y con ese punto ligeramente amargo que pide plancha y sal gorda.
En temporada suelen organizar jornadas y fiestas alrededor de la alcachofa. Calles con puestos, gente comiendo de pie y bandejas que salen calientes sin parar. Si te dan una recién frita, con un chorrito de limón, entenderás rápido por qué aquí la defienden tanto.
Eso sí: la alcachofa es un producto cotidiano. Si la ves tratada como si fuera caviar, probablemente estás pagando más marketing que huerta.
Casas de arquitecto y gallinas de pata azul
Cuando ya estés saciado, coge el coche —o una bici, que por aquí se usan mucho— y acércate a la Casa Gomis. No esperes un monumento aparatoso. Es una casa baja, muy horizontal, de ladrillo y vidrio, medio escondida entre pinos cerca del delta.
La diseñó el arquitecto Antonio Bonet a mediados del siglo XX. La idea era vivir prácticamente dentro del jardín. Hoy está protegida como patrimonio y, cuando hay visitas organizadas, se llena de estudiantes de arquitectura mirando detalles que al resto se nos escaparían. Aun así, incluso sin saber del tema, el sitio tiene algo: silencio, pinos y esa sensación de que alguien pensó la casa para mirar el paisaje.
Más fácil de ver —si te cruzas con ella— es la gallina Pota Blava, la raza local. Plumaje oscuro, piel clara y patas azuladas. El pollo que sale de ahí tiene ese sabor que muchos recuerdan de casa de los abuelos.
Cada año el municipio suele montar una feria agrícola donde esta raza es protagonista. Si ves el distintivo que certifica que es del Prat, merece la pena probarlo. Si no, probablemente es pollo corriente con un cartel bonito.
El mar, el río y ese olor a queroseno
Hay dos maneras de acercarse a la playa: por carretera en pocos minutos o siguiendo el parque del río Llobregat caminando o en bici. Yo elegiría la segunda.
El camino arranca cerca del núcleo urbano, pasa bajo puentes de tren y sigue el río hasta la desembocadura. Siempre hay corredores, gente paseando al perro y ciclistas que van y vienen. También verás insectos grandes rondando las zonas húmedas —impresionan, pero normalmente pasan de ti.
La playa del Prat es larga y bastante abierta. Curiosamente no suele llenarse tanto como otras del área de Barcelona, porque mucha gente tira hacia la costa del Maresme o más al sur. Aquí hay espacio, viento y aviones pasando por encima cada pocos minutos.
Detrás de la arena empieza el espacio natural del Remolar–Filipines, una de las zonas protegidas del delta. Caminos de madera, lagunas y observatorios de aves. Si llevas prismáticos, mejor. Con suerte ves fumareles, garzas o anátidas. Y si ese día solo aparecen gaviotas, tampoco pasa nada: verlas aterrizar mientras un Airbus baja hacia la pista también tiene su punto.
Consejos de amigo, no de folleto
– Ven con hambre. El Prat se entiende mejor en la mesa que en una lista de monumentos.
– Combina huerta y delta el mismo día. Todo está relativamente cerca y se puede mover uno fácil en bici o coche.
– El transporte público conecta bien con Barcelona y con el aeropuerto, así que llegar no suele ser problema.
– Y un detalle que aquí se toma en serio: cuando estés en El Prat, estás en El Prat, no en Barcelona.
Hay quien dice que aquí “no hay nada que ver”. Yo creo que lo que pasa es que hay que mirar de otra manera: en los canales de riego, en una alcachofa recién hecha, o en ese momento raro en el que estás tumbado en la arena y un avión pasa tan bajo que casi notas la sombra.
Cuando salgas por la carretera del delta y veas el cartel de despedida del municipio, igual te sorprendes pensando que este sitio —entre huertas, aviones y marismas— tiene más historia de la que parecía al llegar.