Artículo completo
sobre Esparreguera
Villa conocida por la representación de La Pasión y su patrimonio cerámico
Ocultar artículo Leer artículo completo
El olor a tomillo seco entra por la ventanilla antes incluso de aparcar. Es viernes por la mañana y el mercado ocupa buena parte de la plaça de la Vila. Las mujeres mayores tocan las berenjenas con la yema de los dedos, como si fueran telas. Un hombre corta trozos de coca de recapte todavía templada: la masa crujiente sostiene una capa oscura de escalivada y rodajas gruesas de butifarra. Me da una muestra en un trozo de papel de estraza. Sabe a humo, a pimiento asado, a domingo largo.
El turismo en Esparreguera empieza muchas veces así, en una plaza que funciona más como lugar de paso que como escenario. Este no es un pueblo que se arregle para la foto. Desde la carretera de entrada aparecen primero los bloques levantados en los años de crecimiento industrial, y detrás —si miras con calma— los campos que durante siglos dieron nombre al lugar. Todavía quedan parcelas donde en temporada asoman los espárragos, rectángulos verdes entre la A‑2 y las primeras casas.
La población se reparte en varios núcleos que han ido creciendo a su aire: el casco principal, El Mas d’en Gall, Can Rial y, más abajo, junto al Llobregat, la Colonia Sedó. Allí las chimeneas de ladrillo siguen dominando el horizonte aunque ya no salga humo.
La Colonia Sedó y el eco de la fábrica
La Colonia Sedó merece el desvío. Está a pocos kilómetros del centro, siguiendo el río hacia abajo. El complejo industrial fue durante décadas uno de los motores textiles más grandes de la zona. Hoy la fábrica está en silencio, pero el tamaño del conjunto todavía impresiona cuando te acercas caminando por el canal.
Parte de los edificios se pueden visitar dentro del museo que explica cómo funcionaba la colonia industrial. La antigua turbina hidráulica —una de las piezas más llamativas— todavía se pone en marcha en algunas visitas. Cuando el agua entra con fuerza y la rueda empieza a girar, el espacio se llena de un ruido grave que ayuda a imaginar el estruendo continuo de los telares.
Alrededor quedan las casas obreras, alineadas en calles estrechas. En algunas puertas aún se ven los números metálicos antiguos y en los balcones cuelga ropa junto a macetas de geranio. Desde el pequeño puente sobre el canal, si levantas la vista, Montserrat aparece al fondo con sus agujas irregulares.
La Passió: teatro que forma parte del pueblo
Si hay un momento del año en que Esparreguera cambia de ritmo es durante la temporada de La Passió. La representación tiene una tradición larga en el municipio y sigue movilizando a buena parte del pueblo: vecinos que actúan, otros que cosen vestuario, gente que lleva años ocupando el mismo asiento en el teatro.
El texto se representa en catalán y dura varias horas, con escenografías grandes y cambios de escena muy medidos. Antes de que empiece la función, en los alrededores del teatro suele oler a caldo caliente y a tomillo. La sensación es más la de una reunión colectiva que la de un espectáculo al uso.
Si te interesa verla, conviene mirar las fechas con antelación porque las funciones se concentran en unas semanas concretas de primavera.
Otoño en la plaza
Cuando llega el otoño, la plaça de la Vila vuelve a llenarse de mesas largas de madera durante la fiesta dedicada a las cocas y al vino. No es raro ver a las mujeres mayores cortando las cocas con tijeras de cocina mientras alguien sirve vasos pequeños de vino dulce o tinto de la comarca.
Las discusiones sobre cómo debe hacerse la coca de cebolla —si lleva un punto de azúcar o no— aparecen cada año. Se come de pie, con el plato en una mano y el vaso en la otra. Los plátanos de la plaza empiezan a perder hojas y el suelo se llena de manchas amarillas.
El cerro del antiguo castell
En lo alto de una loma cercana quedan los restos del antiguo Castell d’Esparreguera. Hoy apenas se conservan fragmentos de muralla, pero el camino hasta arriba sigue siendo uno de los paseos clásicos del pueblo.
El sendero arranca cerca de las instalaciones deportivas y sube entre pinos que en verano huelen fuerte a resina calentada por el sol. La subida no es larga, aunque en los meses de calor se hace pesada porque hay poca sombra.
Arriba el paisaje se abre: el Llobregat serpentea por el valle y Montserrat aparece entera en el horizonte, con ese perfil irregular que parece dibujado con un serrucho. En los días claros de otoño la visibilidad suele ser mucho mejor que en verano.
Lleva agua si subes caminando. En la colina no hay fuentes ni lugares donde comprar nada.
Cuándo venir a Esparreguera
Agosto aquí puede ser duro. El calor se queda atrapado entre el asfalto y las fachadas y a media tarde el pueblo parece detenerse. Si puedes elegir, la primavera y el principio del otoño se llevan mejor con el cuerpo.
En primavera coinciden los días de La Passió y los campos alrededor empiezan a moverse otra vez con el trabajo agrícola. Octubre, en cambio, trae el olor de las cocas recién hechas y una luz más suave que se queda pegada a las fachadas al final del día.
Entre semana el ambiente es más tranquilo. Los fines de semana llega bastante gente de los alrededores a comprar en el mercado o a pasear por la zona de Montserrat, y las calles del centro se llenan más de lo habitual.
Al caer la tarde vuelvo a la plaça de la Vila. Las paradas del mercado ya se han ido y alguien limpia la fuente con una manguera. El agua golpea la piedra y salpica el suelo caliente. En una mesa cercana aún queda coca sobre una bandeja metálica. Pido un trozo y un café. La camarera me pregunta si soy de aquí.
Casi, le digo. Me mira un segundo, como midiendo la respuesta. Luego se encoge de hombros y sigue recogiendo tazas. Aquí, al final, casi siempre se acaba volviendo.