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sobre Esplugues de Llobregat
Ciudad residencial limítrofe con Barcelona con un casco antiguo pintoresco
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Las baldosas verdes del metro de Can Vidalet huelen a limpiador industrial y a pan recién hecho de la panadería que hay justo en la salida. Son las ocho de la mañana y los escolares del colegio alemán suben la cuesta de Santa Magdalena con mochilas azules que les quedan grandes, hablando en un alemán cantado que suena a casa. Nadie diría que estás a pocos minutos del centro de Barcelona: aquí los coches aparcan en batería en calles que todavía conservan tramos de baldosas hidráulicas en las aceras, y muchos balcones mantienen geranios que aguantan como pueden el aire seco del Baix Llobregat.
El pueblo que nació de las cuevas
Esplugues de Llobregat cabe en poco más de cuatro kilómetros cuadrados y, aun así, tiene capas de historia bastante visibles si caminas sin prisa. El nombre suele relacionarse con el latín speluncae, cuevas, y todavía se mencionan cavidades en los alrededores del cerro de Sant Pere Màrtir.
Desde arriba, la ciudad se entiende mejor. No es un casco compacto sino un mosaico: casas bajas que sobreviven entre bloques de pisos, carreteras que bajan hacia el Llobregat y, al fondo, la ronda de Dalt marcando el límite con Barcelona. En el cerro quedan restos de posiciones militares de la Guerra Civil, estructuras de hormigón que hoy usan como banco quienes suben a correr o a pasear al final del día.
Al atardecer suele soplar algo de aire. La piedra caliente desprende olor a tierra seca y a plantas aplastadas del monte bajo, mientras abajo pasan los autobuses que conectan con Barcelona. Es uno de los pocos puntos donde Esplugues respira un poco más despacio.
La calle que se comió una escultura
En la calle Montserrat hay un hueco en medio del asfalto que sorprende la primera vez. No es una obra mal terminada: forma parte de una intervención escultórica vinculada a Xavier Corberó, el artista que vivió durante años en Esplugues.
Muy cerca está el conjunto de espacios que creó alrededor de una antigua masía, ampliándola con patios, escaleras y arcos de piedra hasta formar un laberinto extraño que muchos vecinos siguen llamando simplemente “los arcos”. Durante años se utilizó como escenario para sesiones fotográficas y rodajes.
Hoy el lugar se puede visitar en determinadas condiciones, pero incluso desde fuera se entiende bien la escala del conjunto. A media tarde la luz entra de lado entre las columnas y deja manchas redondas sobre el suelo. Los niños del barrio corren por las escaleras de piedra como si fuera un castillo improvisado.
Si pasas por aquí un domingo por la mañana, suele haber bastante tranquilidad. Hay bancos y pequeños jardines alrededor donde parar un rato con un bocadillo.
El museo que guarda el olor del barro
El Museo Can Tinturé conserva algo que no siempre aparece en los folletos: el olor. Al entrar se nota enseguida ese aroma húmedo del barro cocido que se queda pegado a las paredes de los antiguos talleres.
El edificio fue parte de una fábrica de cerámica que funcionó durante el siglo XIX y buena parte del XX. Hoy guarda una colección dedicada al pavimento hidráulico, esas baldosas decoradas que todavía se ven en muchas casas antiguas de Barcelona y de pueblos cercanos.
Las piezas están expuestas como si fueran alfombras de cemento: geometrías verdes, granates, ocres apagados por los años. Algunos diseños resultan familiares porque siguen apareciendo en portales o cocinas de edificios antiguos.
A veces se organizan talleres y actividades relacionadas con la cerámica. Cuando coinciden, desde la sala se oye el golpeteo seco del torno y conversaciones tranquilas que parecen alargar la tarde.
Cuando el pueblo se viste de fiesta
A finales de septiembre suele celebrarse la fiesta mayor de Esplugues, dedicada a Santa Magdalena. Durante esos días las calles cambian bastante: aparecen sillas en las puertas de las casas, equipos de sonido en las plazas y niños que corren con camisetas de las colles locales.
Las comparsas y las carrozas recorren algunos barrios y en la Riera d'Esplugues no es raro encontrarse con castellers levantando torres humanas mientras la gente mira desde los lados. No hace falta conocer el programa exacto para notarlo: se oye música desde lejos y huele a comida hecha en la calle.
Cuando cae la noche, muchas calles se llenan de guirnaldas de luces de colores. No es una fiesta pensada para turistas. Es más bien un paréntesis en la rutina del barrio.
Cómo llegar y cuándo ir
La forma más sencilla de llegar a Esplugues desde Barcelona es el metro (línea L5) hasta Can Vidalet. Desde allí, caminando cuesta arriba unos minutos, se entra en la parte más antigua del municipio.
También pasan varios autobuses metropolitanos y, si vienes en coche, conviene aparcar en las zonas señalizadas cerca de las avenidas principales y seguir a pie hacia el centro histórico.
Julio y agosto pueden resultar muy tranquilos: muchas familias se van y algunas calles quedan casi vacías durante el día. En cambio, el otoño suele tener una luz más suave y se pasea mejor. Los naranjos de algunas calles empiezan a cargar de fruta y por la mañana el barrio huele a pan tostado de los obradores que abren temprano.
Si llueve, una buena pausa es entrar en la iglesia de Santa Magdalena. No siempre está abierta, pero cuando lo está basta empujar la puerta y esperar unos segundos a que el ruido de la calle desaparezca. Dentro todo suena más lento. Incluso las campanas, cuando tocan, parecen quedarse flotando un momento antes de salir otra vez a la plaza.