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sobre Martorell
Nudo de comunicaciones histórico con un famoso puente romano sobre el Llobregat
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Sales de la estación, miras alrededor y piensas: vale, otro pueblo pegado al Llobregat. Bloques de los años 70, tráfico cerca y el puente de la A‑2 cruzando el cielo. Nada raro.
Pero giras la cabeza hacia la izquierda y aparece el Pont del Diable. La escena cambia. De repente tienes delante un arco de piedra que parece de otro siglo. Y lo es.
Eso es lo curioso del turismo en Martorell. En cinco minutos pasas de un paisaje muy cotidiano a un puente romano enorme. Como encontrar una ruina clásica al lado de un polígono.
El puente que no nació para fotos
El Pont del Diable suena a atracción de feria. En realidad es un puente romano muy antiguo. Formaba parte de la Vía Augusta, la gran ruta de la época.
Durante siglos fue solo eso. Un paso para cruzar el río.
Con el tiempo lo reformaron. Era normal. Las obras romanas también necesitan arreglo de vez en cuando.
Hoy mucha gente viene a verlo y hacer la foto. Aun así, el sitio mantiene algo muy normal. No hay puestos de recuerdos ni ambiente de parque temático. Es un puente en uso dentro de un pueblo vivo.
El paseo hasta allí es corto. Se hace tranquilo y sin complicaciones. Huele a río y suele haber patos en la orilla. Llegas, miras el arco desde abajo y entiendes por qué sigue llamando la atención.
Museos que no pesan
Justo enfrente del puente está l'Enrajolada. El nombre suena antiguo, casi doméstico. Y el lugar tiene algo de eso.
Es una colección grande de cerámica, azulejos y objetos antiguos. La reunió un coleccionista del siglo XIX. Debía de ser de esos que guardan todo.
Entras pensando que será un museo más. Luego empiezas a mirar vitrinas. Sales con la sensación de que alguien pasó media vida reuniendo piezas curiosas.
Muy cerca está el Museu Vicens Ros, en un antiguo convento. Es pequeño y tranquilo. Se recorre rápido.
Tiene arte modernista y un patio interior. Ese patio se agradece mucho cuando aprieta el calor. Y en Martorell el calor aprieta.
La fábrica que marca el ritmo
Hay algo que no sale mucho en las fotos del pueblo. La planta de coches que está a las afueras.
Es enorme. Mucha gente de la zona trabaja allí o tiene familia dentro. Así que el pulso diario del municipio no lo marca el turismo. Lo marcan los turnos de fábrica.
Eso explica parte del ambiente del centro. Martorell mezcla historia antigua con un pasado industrial fuerte.
Quedan restos de las antiguas colonias textiles del siglo XIX. Algunas zonas cambiaron mucho cuando esas fábricas cerraron. Son rincones que cuentan otra etapa del pueblo.
Qué comer cuando te sientas a la mesa
No voy a señalar sitios concretos. Pero sí hay cosas del Baix Llobregat que merece la pena probar.
Si coincide la temporada, busca cerezas de la zona. Las suelen vender en cajas pequeñas de madera. Cuando las pruebas entiendes por qué la gente las espera cada año.
También aparecen espárragos, alcachofas y el pollo de raza Prat. Son productos muy ligados al campo cercano.
En invierno es fácil cruzarse con calçots. Y si vienes por las fechas de los Tres Tombs verás caballos, carruajes y mucha gente reunida en la calle. Luego llegan las mesas y las manos manchadas de salsa.
Cuánto tiempo dedicarle
Martorell no pide un fin de semana entero. Funciona mejor como visita corta.
Llegas por la mañana, paseas hasta el puente y entras en alguno de los museos. Después comes tranquilo y listo.
En pocas horas tienes una buena imagen del lugar.
Antes de irte, si te apetece caminar un poco más, acércate a la Torre de les Hores. Desde allí se entiende mejor el mapa del pueblo. El río, los puentes y las casas pegadas al valle.
Y te queda clara una cosa. Martorell no intenta impresionar a nadie. Tiene un puente romano enorme, industria alrededor y vida diaria real. A veces eso dice más que cualquier eslogan.