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sobre Sant Feliu de Llobregat
Capital de comarca con patrimonio modernista y la fiesta de las rosas
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A las ocho de la mañana, el río Llobregat huele a humedad y a pan recién hecho que llega desde las calles del centro. Algunos cruzan el puente hacia la estación con paso automático, café en mano. Sant Feliu despierta sin demasiado ruido, con esa calma de ciudad que vive pegada a Barcelona pero mantiene su propio ritmo.
El río que lo miró crecer
Desde el paseo fluvial el agua baja espesa, de un verde parduzco que cambia según la luz del día. A primera hora se oyen bicicletas, perros tirando de la correa y el golpe seco de las bolas de petanca en alguna pista cercana.
El parque del río es una franja larga de árboles y caminos de tierra donde la ciudad respira un poco. Los plátanos dan sombra en verano y en invierno dejan pasar una luz fría que cae oblicua sobre el asfalto. No es un parque pensado para impresionar: es el lugar donde la gente sale a caminar después de comer o a correr cuando empieza a caer la tarde.
La primavera suele ser el momento más agradecido para acercarse. Los árboles están en su punto y el paseo se llena de ciclistas. En pleno verano, en cambio, el calor del valle del Llobregat aprieta bastante a media tarde.
La catedral que llegó tarde
La silueta de la catedral de Sant Llorenç aparece de golpe entre edificios modernos. No es una catedral antigua en el sentido clásico: el templo actual se levantó después de la Guerra Civil y durante décadas fue simplemente la iglesia principal del municipio.
En 2004 pasó a ser catedral cuando se creó la diócesis de Sant Feliu de Llobregat. Por eso el interior mezcla cosas de épocas distintas: piedra sobria, bancos de madera clara y una sensación de espacio bastante reciente.
Si entras a media mañana suele haber silencio, roto solo por el eco de algún paso. La plaza de delante, en cambio, cambia mucho según el día: tranquila entre semana, bastante más movida cuando coincide mercado en las calles cercanas.
El Palau Falguera y el verde del centro
El Palau Falguera queda a pocos minutos andando del centro, detrás de una verja y rodeado de jardines. El edificio tiene ese aire de residencia señorial que recuerda cuando esta zona estaba llena de fincas agrícolas y torres de veraneo.
Los jardines se han convertido en uno de los espacios más tranquilos del municipio. Hay senderos de grava, bancos bajo los árboles y césped donde a menudo se ven familias pasando la tarde. Cuando el sol baja, la fachada del palacio se vuelve de un color dorado bastante bonito.
Por el resto de la ciudad aparecen algunas casas antiguas que sobrevivieron al crecimiento de los años setenta: fachadas con azulejos, balcones estrechos, patios interiores que apenas se adivinan desde la calle. No forman un conjunto monumental; más bien son pequeñas pistas de cómo era Sant Feliu antes de convertirse en ciudad metropolitana.
La ciudad de las rosas
Si hay algo que aquí se repite cada primavera son las rosas. Sant Feliu lleva décadas muy vinculada al cultivo y a las exposiciones de esta flor, y cuando llega mayo el aroma aparece en varios puntos del centro.
Durante esos días se organizan muestras y actividades alrededor del Palau Falguera y otras zonas cercanas. También llega bastante gente de Barcelona y del resto del Baix Llobregat, así que el ambiente cambia bastante respecto a cualquier otro fin de semana del año.
Si prefieres ver la ciudad con más calma, conviene evitar precisamente esos días.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La primavera suele ser la época más agradable para pasear por Sant Feliu: temperaturas suaves y bastante vida en la calle. El mercado semanal anima varias calles del centro y es cuando más se nota que sigue siendo una ciudad muy de barrio.
Agosto es distinto. Parte del comercio baja la persiana y el calor se queda atrapado entre los edificios. Aun así, alrededor de la festividad de Sant Llorenç —a comienzos de mes— suele celebrarse la fiesta mayor y el ambiente cambia por completo durante unos días.
Al caer la tarde merece la pena volver al río. Las luces de la autopista se reflejan sobre el agua oscura y el ruido constante del tráfico se mezcla con el croar de las ranas y el roce de las ruedas de las bicicletas pasando por el carril. Sant Feliu no intenta parecer otra cosa. Es una ciudad vivida, pegada al río y al tren, donde el día termina despacio.