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sobre Albinyana
Pueblo tranquilo del Penedès con un núcleo antiguo bien conservado y rodeado de zonas boscosas y viñedos
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A las diez de la mañana, cuando el sol ya calienta las viñas del Baix Penedès, los pájaros se escuchan desde el fondo de las calles de Albinyana. Es un silencio que no es silencio: el traqueteo de una persiana, el motor de un coche que sube despacio la cuesta del pueblo, alguna voz que llama desde una terraza. Desde la plaza se alcanza a ver el mar en la lejanía cuando el día está claro, una línea azul muy fina entre los campos de almendros y los cultivos que rodean el término.
La piedra del castillo —lo poco que queda— suele estar tibia al tacto a media mañana. Se sabe que la fortificación ya existía a comienzos del siglo XI, cuando pasó a manos eclesiásticas vinculadas al monasterio de Sant Pere de Rodes. Mil años después, los muros apenas llegan a la cintura, pero siguen marcando el perímetro de lo que fue.
A pocos pasos está la iglesia de Sant Bartomeu. El interior quedó abierto al cielo tras un incendio hace décadas y nunca volvió a cubrirse del todo. Cuando te asomas se ven los arcos románicos desnudos, ennegrecidos en algunas zonas, como una estructura a medio camino entre ruina y esqueleto.
El Montmell y la línea de los castillos
Subir hacia la sierra del Montmell es caminar por una cresta donde el viento cambia de dirección sin avisar. El sendero arranca detrás del cementerio y entra enseguida en un pinar donde el suelo cruje bajo las botas. A mitad de subida aparece la Font de la Babalà; el agua suele salir fría incluso en verano, algo que se agradece si el día cae pesado.
Si te quedas un rato sentado, acabas oyendo dos paisajes a la vez: el aire que baja del collado y, muy lejos, el zumbido continuo de la AP‑7 convertido en un rumor casi plano.
Desde arriba el Penedès se abre como un mosaico: parcelas de viña bastante geométricas, masías dispersas y pueblos pegados a las laderas. Albinyana queda reducido a un grupo de tejados rojizos rodeados de campos. Es fácil entender por qué esta zona estuvo vigilada por varias fortificaciones medievales. Hoy quedan sobre todo nombres —Castell Vell, Castellot— y alguna piedra aislada medio comida por la maleza.
Fuentes, molinos y un parque inesperado
En el lado opuesto del núcleo, el camino de les Fonts serpentea entre alcornoques y algunos chopos que buscan la humedad del barranco. Hay varias fuentes seguidas. La más escondida es la Font de la Salut; todavía hay vecinos que se acercan con garrafas. El agua deja un regusto ligeramente metálico.
Hace medio siglo era habitual ver aquí colas de gente cuando el agua corriente no llegaba a todas las casas. Hoy quedan sobre todo muros de piedra seca y tramos de antiguas canalizaciones de cerámica.
Más abajo, la Senda dels Molins sigue el riuet d’Albinyana. Antiguamente hubo varios molinos que aprovechaban el desnivel para moler cereal. De uno de ellos se conserva la cámara de molienda: una bóveda oscura, ennegrecida por el humo de otros tiempos. Si entras cerca del mediodía, el sol cae por el hueco de una ventana y dibuja un círculo de luz en el suelo.
Y luego está el contraste. En una finca amplia del término funciona desde hace años un parque que mezcla safari con atracciones de agua. Ocupa una extensión grande —decenas de hectáreas— y los fines de semana se nota. Desde el pueblo no se ven los animales, pero a veces llega la megafonía cuando sopla el viento en esa dirección. Hay vecinos que han trabajado allí por temporadas; otros prefieren rodear la zona y seguir con sus caminos de siempre.
Cuando el pueblo se duplica
En agosto la población crece bastante. Muchas casas se llenan con familias que vienen de Barcelona o de la costa cercana, y en la urbanización de Les Peces se encienden luces que el resto del año permanecen apagadas.
A eso de las siete de la tarde la plaza se anima. Las sillas salen a la calle, los niños cruzan corriendo desde el parque y los mayores hablan de la cosecha de aceitunas o del tiempo que viene. A veces aparece una guitarra. No es un espectáculo: suele ser algún vecino probando acordes mientras cae la tarde.
La fiesta mayor llega por Sant Bartomeu, hacia finales de agosto. No es un programa largo. Suele haber cena popular en la calle de la iglesia y los platos se acaban rápido. Quien llega tarde termina con pan con tomate y una cerveza en la mano, que tampoco es mal plan.
Los fuegos artificiales duran poco, pero desde las laderas del Montmell se ven bien: unos cuantos estallidos de colores sobre el valle antes de que el cielo vuelva a quedarse oscuro.
Qué se come y cuándo ir
No hay un plato que lleve el nombre de Albinyana. En muchas casas se sigue cocinando conejo a la brasa cuando hay reunión familiar, escudella en invierno y aceite de las cooperativas de la comarca para casi todo.
La primavera suele ser el momento más agradecido para pasear por la zona. Los almendros ya han pasado la flor, las viñas empiezan a brotar y el aire todavía corre limpio por las tardes.
En julio y agosto conviene evitar las horas centrales del fin de semana si vienes en coche: el tráfico hacia el parque acuático puede cargar bastante la carretera BV‑2121. Y en invierno no sobra una chaqueta buena; cuando entra el viento del norte la sensación térmica baja rápido.
Al caer la tarde, cuando el sol se esconde detrás del Montmell, el pueblo se vuelve ocre. Las paredes de piedra devuelven lentamente el calor del día. Si te sientas en el banco de la fuente de la plaza, oyes el último remolino de golondrinas y el clic de las persianas que se van cerrando. Media hora después la calle queda casi vacía. Albinyana vuelve a su ritmo de siempre.