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sobre Bellvei
Municipio tranquilo que combina tradición agrícola con zonas residenciales cerca de la costa del Penedès
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El alambre de espino cruza el Penedès en líneas rectas, delimitando parcelas de uva que en octubre olvidan el verde y se vuelven de un amarillo algo oxidado. Desde la carretera que llega desde Sant Jaume dels Domenys, Bellvei aparece como un susurro de tejas entre viñedos. No hay campanario que domine el paisaje ni una fortificación visible desde lejos. Solo el perfil bajo de las casas, algunas fachadas encaladas que aguantan el sol de mediodía y, cuando sopla el aire adecuado en tiempo de vendimia, un olor dulzón a mosto que se escapa de garajes y naves pequeñas donde todavía se pisa uva.
Dentro del pueblo, la calle Major mantiene el ancho justo para que pase un coche despacio mientras alguien empuja un carrito de la compra. Las persianas de muchas plantas bajas quedan a medio bajar durante las horas centrales del día. Hacia la una o las dos el ritmo se vuelve lento: los escolares ya han salido del comedor y algunos vecinos se reúnen en el casino o centro social del pueblo, en una sala con mosaico hidráulico donde se mezclan el olor del café y ese aire ligeramente rancio de los edificios que llevan décadas viendo pasar las mismas conversaciones.
Fuera, el silencio se rompe cuando alguien arrastra una silla metálica por la acera o cuando la campana de la iglesia de Santa Maria marca la hora con un sonido seco, de metal gastado.
La iglesia de Santa Maria
La iglesia parroquial suele situarse en el centro de la vida cotidiana del pueblo. El edificio actual se asocia normalmente al siglo XVIII, aunque ha tenido arreglos posteriores que le dan un aspecto más limpio de lo que uno espera de un templo de esa época.
Dentro, el olor es el habitual de las iglesias pequeñas: cera, madera de banco viejo, un poco de humedad. A media tarde, cuando el sol entra por la roseta, la luz cae en círculos sobre el suelo y se desplaza muy despacio. En una de las capillas laterales suele haber flores frescas en vasos improvisados, a veces traídas del campo cercano: margaritas, ramas verdes, algo que alguien recogió esa misma mañana.
Restos del Mas de la Muga
A las afueras del núcleo urbano, entre viñas y caminos agrícolas, quedan los restos del Mas de la Muga. Allí todavía se distinguen fragmentos de una torre cuadrada y partes de estructuras cilíndricas que en otro tiempo vigilaban el paso entre la franja litoral y el interior del Penedès.
Hoy el lugar es sobre todo piedra cubierta de hiedra, con algunas marcas grabadas por visitantes que pasaron por allí décadas atrás. Al mediodía el sonido dominante son las cigarras. Si coincide con vendimia, también llega desde lejos el ruido de la maquinaria en las viñas y ese olor a uva aplastada que mezcla dulce y ácido.
Caminos entre viñas y pinos
Salir a caminar desde Bellvei es sencillo: basta con tomar cualquiera de los caminos agrícolas que parten del casco urbano hacia las parcelas de viñedo. Algunos tramos coinciden con rutas señalizadas de la zona y permiten subir suavemente hacia pequeñas lomas cubiertas de pinos.
Desde arriba el paisaje se abre bastante. Hacia el interior se reconocen las ondulaciones del Penedès; hacia el sur, en días claros, el horizonte empieza a acercarse al mar. El aire suele oler a romero y a resina caliente cuando aprieta el sol.
Conviene evitar las horas centrales en pleno verano: la sombra es irregular y los caminos son de tierra clara que refleja mucho la luz.
Comidas de casa
Bellvei no es un lugar asociado a un plato concreto en las guías gastronómicas, pero la cocina doméstica tiene bastante peso en el calendario del pueblo. En otoño, cuando la vendimia ya está avanzada y el calor afloja, en muchas casas se prepara fideuà los fines de semana.
Suele hacerse con fideo corto, sofrito lento de cebolla y tomate y algún toque personal —un chorrito de vermut, por ejemplo— antes de añadir el caldo. Si el día acompaña, la paellera acaba en el centro de la mesa y la conversación gira inevitablemente alrededor de la cosecha de ese año o de quién ha plantado nuevas cepas en la parcela de al lado.
Oficios que aún aparecen en las ferias
Entre los puestos de algunas ferias artesanas de la comarca todavía aparecen trabajos muy específicos del mundo agrícola. En Bellvei, vecinos del pueblo recuerdan las llamadas chichoneras: gorros acolchados de tela pensados para proteger la cabeza cuando se trabaja entre cepas y ramas bajas.
No es un objeto que se vea todos los días, pero de vez en cuando alguien sigue cosiéndolos con retales de algodón y relleno sencillo. Cuando se montan paradas de artesanía en la plaza —algo que suele ocurrir en primavera— a veces aparece alguno de estos gorros junto a cestas, miel o conservas caseras.
La Festa Major de agosto
La Festa Major se celebra alrededor de mediados de agosto. Durante esos días el olor que domina la plaza es el de las parrillas y la pólvora de los petardos.
Los balcones se cubren con telas claras, se colocan sillas en la calle y por la noche hay música en la plaza. El ambiente es animado pero todavía bastante vecinal: familias enteras sentadas al fresco, niños correteando y grupos de jóvenes que alargan la noche un poco más.
Si lo que buscas es ver Bellvei con su ritmo habitual, es mejor venir en septiembre, cuando la vendimia está en marcha. A primera hora de la mañana pasan tractores cargados de uva, las tiendas abren sin prisa y en el aire queda ese olor pegajoso de mosto que tarda horas en desaparecer del asfalto.