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sobre La Bisbal del Penedès
Municipio con fuerte tradición castellera y un entorno rural de viñedos y almendros
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El primer viernes de octubre, La Bisbal del Penedès huele a mosto recién prensado y a manteca de cerdo. Es la Fira de La Bisbal y los bisbalencs sacan los trastos de casa: los abuelos con la boina de domingo, los hijos montando la parada de vino y los críos corriendo con una Coca‑Cola que no se acaba nunca. Alguien te ofrece una copa de blanco y no es solo amabilidad: es orgullo de pueblo que lleva generaciones viviendo de la viña. De hecho, el lugar ya aparece mencionado en documentos medievales, cuando el nombre todavía sonaba bastante más solemne que ahora.
El truco de la iglesia y el castillo
La Iglesia de Santa María es un poco como esa casa antigua a la que le hicieron una reforma grande: la parroquia original es medieval, pero lo que ves hoy responde sobre todo a una reconstrucción del siglo XIX, con ese aire neogótico lleno de pináculos. Entra si quieres, pero el momento bueno suele estar fuera. Desde la plaza el campanario se recorta contra los viñedos que rodean el pueblo, alineados como si alguien hubiera pasado el peine por el paisaje.
A dos calles está el antiguo castillo de los Salbà. Lo de “castillo” hoy es más memoria que otra cosa: el edificio funciona como equipamiento cultural municipal. Aun así, conserva la puerta gótica y ese aire de edificio que ha visto pasar siglos de pleitos, cosechas y cambios de dueño.
Marges, torrents y la torre que un vecino se guardó
Si sales a caminar un poco por los alrededores entiendes rápido cómo se ha trabajado esta tierra. La piedra seca aparece por todas partes: márgenes que sujetan bancales, pequeñas barracas de viña y muros que parecen colocados ayer aunque algunos lleven ahí generaciones. Es el tipo de paisaje que no llama la atención a primera vista, pero cuando te fijas ves la cantidad de horas de trabajo que hay detrás.
Cerca de uno de los torrentes aparece también un antiguo lavadero, de los que se usaron durante siglos cuando lavar la ropa era tarea comunitaria y conversación obligatoria.
Y luego está la Torre dels Moros —o de l’Ortigós, si hablas con gente del pueblo—. Hoy solo asoma una parte porque hace décadas quedó dentro de una finca privada. La base todavía se ve desde fuera del terreno, y basta para imaginar que aquello debió de ser una torre de vigilancia bastante más alta.
La ermita de los nenes que no vienen de París
El lunes de Pascua mucha gente del pueblo sube caminando hasta la ermita de Santa Cristina. La romería tiene algo de reunión familiar grande: gente que sube con comida, alguna botella de vino y niños corriendo por el camino.
La ermita es románica, con un ábside redondo que parece casi un horno de piedra visto desde fuera. Cerca está la llamada Cova dels Nens Xics. La tradición local dice que los bisbalencs nacen allí dentro. No los trae la cigüeña ni vienen de París: salen de esa cueva. Es una de esas historias que en el pueblo se cuentan medio en serio, medio en broma, y que acaba apareciendo en más de una conversación.
Vino, aceite y el xató de casa
Esto es Penedès, así que el vino está siempre cerca. En las casas del pueblo todavía se bebe macabeo de la zona y tintos jóvenes de las bodegas cercanas. No hace falta ponerse técnico: aquí el vino se habla más con la mesa que con la nariz dentro de la copa.
También hay tradición de aceite. En la cooperativa agrícola del pueblo se sigue produciendo aceite de oliva virgen extra de la zona.
Y si vienes en invierno es fácil que aparezca el xató en alguna mesa. Cada pueblo del Penedès tiene su forma de hacerlo y aquí lo preparan sin demasiada ceremonia: escarola, bacalao, salsa potente y pan para no dejar nada en el plato.
Consejo de amigo
Mi consejo es llegar temprano, cuando la niebla baja del Penedès se queda un rato entre las viñas y el pueblo parece medio suspendido. Da una vuelta por el centro y fíjate en el edificio de las antiguas escuelas, de principios del siglo XX, que todavía recuerda esa época en que muchos pueblos querían parecer más grandes de lo que eran.
Si coincide con la Fira de octubre, mejor aún. Y si pasas por aquí el 15 de agosto, en la fiesta mayor, es bastante probable que haya castells en la plaza.
La Bisbal del Penedès no es un sitio para llenar todo un día de cosas. Es más bien de parar, dar un paseo, tomarte un vino y escuchar a alguien del pueblo contarte una historia. Si te quedas un rato en la placeta del antiguo castillo, casi seguro que alguien mayor acabará diciendo algo como: “No es gran cosa, pero es nuestro”. Y dicho así, tiene bastante sentido.