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sobre Balenyà
Municipio de la plana de Vic conocido por su santuario y entorno agrícola tranquilo
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Llegué a Balenyà un martes a las dos de la tarde y el pueblo estaba en ese momento raro entre descanso y segundo tiempo: los bares medio vacíos, algún abuelo en la acera mirando cómo aparco y un silencio que en ciudad te haría pensar que pasa algo. Pero no. Es simplemente el ritmo del sitio. Aquí el reloj va un poco más despacio, y si vienes con prisa lo vas a notar.
La primera vez que oí hablar de este rincón de Osona fue en un taller de cerámica de Vic. Un chaval de Sant Miquel me dijo: «Balenyà es grande por fuera, pequeño por dentro». Me sonó a frase de taza de desayuno, pero cuando llegas entiendes la idea. El término municipal se abre en campos de cereal, encinas y masías dispersas, mientras que los dos núcleos —Els Hostalets de Balenyà y Sant Miquel de Balenyà— se recorren rápido. Y aun así, cuando subes al puig de l’Aguilar y miras ese mar de tejados oscuros entre verdes claros, da la sensación de que todo encaja en un espacio bastante manejable.
Castillo de l’Aguilar o la ruina que no sabe que es ruina
Lo que queda del castillo es como el coche de tu cuñado después de diez años: sigue ahí, aunque le falta medio parachoques. Se cree que el origen del castillo se remonta a la Alta Edad Media y que quedó muy tocado tras los conflictos del siglo XV. Con el tiempo muchas piedras acabaron reutilizadas en masías y muros cercanos, algo bastante habitual por la zona.
Hoy lo que ves son restos del perímetro y alguna pared que resiste más por terquedad que por otra cosa. Aun así, subir merece la pena por la vista: campos, caminos de tierra, masías aisladas y la línea recta de la C‑17 tirando hacia Vic.
Desde el pequeño aparcamiento cercano la caminata ronda los veinte minutos. No es larga, pero en verano pega el sol sin contemplaciones, así que mejor llevar agua.
Curiosidad local: a veces sale la broma de si desde esta colina se vigilaba más a Tona o a Balenyà. La respuesta lógica es que a los dos. El cerro queda justo en medio, así que la discusión suele durar lo que dura la cerveza.
Las fiestas que no se enteran los que viven a 20 km
En verano, sobre todo hacia finales de agosto, Els Hostalets suele concentrar bastante movimiento con la fiesta mayor. Música en la plaza, gente que vuelve al pueblo esos días y el clásico suelo lleno de vasos de plástico a la mañana siguiente.
Unas semanas después, alrededor de septiembre, Sant Miquel organiza su feria, más ligada al mundo agrícola. Suelen verse máquinas del campo, ganado y actividades bastante de pueblo: concursos, demostraciones y mucha conversación apoyado en una valla mientras alguien comenta cómo viene la cosecha.
Consejo de amigo: si vas a la feria de Sant Miquel, madruga. A media mañana algunos puestos de queso de la comarca empiezan a quedarse sin las piezas más cremosas y luego quedan los más curados.
Caminar sin GPS (ni demasiada cobertura)
Balenyà funciona bien como punto de partida para caminar un rato. Nada épico, pero sí caminos que te meten rápido en el paisaje de Osona.
Balenyà – Seva. Unos 6 km que siguen en parte un trazado antiguo que tradicionalmente se ha relacionado con caminos históricos de la zona. Hay tramos empedrados que suenan bajo la suela. Si ha llovido, la arcilla puede convertirse en pista de patinaje.
Camino a Sant Jaume de Viladrover. Apenas kilómetro y medio. La ermita románica aparece al final del camino, rodeada de campo abierto. Es de esas caminatas cortas que se hacen casi sin darte cuenta.
Ambas rutas arrancan cerca del campo de fútbol. Si ves una furgoneta que parece abandonada, probablemente no lo esté: suele ser de algún repartidor que anda haciendo su ronda por las masías cercanas.
Lo que se come por aquí (sin demasiadas vueltas)
La cocina de la zona tira de lo que hay: col, patata, cerdo, harina y brasas. En muchas mesas aparece la coca de recapte con escalivada y butifarra negra. Algo sencillo que te envuelven en papel y te puedes comer sentado en un banco de la plaza.
También verás trinxat, ese plato de col y patata bien aplastado con un trozo de tocino encima que parece una tabla de surf flotando en un mar de verduras.
En invierno y fines de semana es fácil notar humo temprano en las chimeneas de las masías. Tradicionalmente es época de matanza en muchas casas del campo, y eso se nota en el ambiente del pueblo: olor a leña, movimiento desde primera hora y conversaciones que giran alrededor de embutidos y cosechas.
¿Merece la pena parar en Balenyà?
Depende de lo que busques. Si tu idea es tachar monumentos de una lista, Balenyà no juega en esa liga. Aquí no hay grandes edificios ni calles pensadas para fotos rápidas.
El valor del sitio está en otra parte: el silencio entre campos, los caminos que salen del pueblo sin anunciarse demasiado y esa sensación de que todo funciona a escala humana. En una tarde puedes cruzarte varias veces con la misma gente, y eso dice bastante del tamaño real del lugar.
Mi plan sería algo así: llegar a media mañana, subir al castillo, bajar con calma, comer algo sencillo en el pueblo y luego caminar hasta Sant Jaume de Viladrover. Si a media tarde sigues por allí sin mirar el reloj cada cinco minutos, mala señal… o buena. Significa que el ritmo de Balenyà ya te ha alcanzado.