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sobre La Floresta
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El turismo en La Floresta empieza con una sensación rara, como cuando entras en un pueblo a echar gasolina y de pronto te das cuenta de que no hay ni gasolinera. El coche se detiene, miras alrededor y piensas: “¿Seguro que era aquí?”. Un banco de piedra, un cartel algo torcido y un olivo que parece más viejo que la carretera. Eso es La Floresta: 159 personas, poco más de cinco kilómetros cuadrados y un silencio que recuerda al de un domingo por la tarde cuando ya se ha ido todo el mundo.
El pueblo que no quiso crecer
La Floresta es de esos sitios que nunca dieron el salto a “pueblo grande”. Ni fábricas, ni estaciones con movimiento, ni calles que se llenan de coches. Aquí lo que manda es la piedra seca, los olivos y algún almendro que en marzo florece como si alguien hubiera encendido una luz en mitad del campo.
Los vecinos lo resumen rápido: no hay bares, no hay tiendas, no hay ambulatorio. Lo dicen con el mismo tono con el que otro te diría que en su casa no hay ascensor. No parece una queja, más bien una forma de explicar cómo funciona el lugar.
La plaza es pequeña. De las que cruzas en diez pasos, como el patio de un colegio rural. El ayuntamiento ocupa una casa que podría pasar por la de cualquier vecino: puerta pintada, persianas y tejado de teja. Aquí el alcalde suele ser alguien al que te cruzas por la calle, igual que te cruzarías con el cartero en tu barrio. Te saluda, pregunta de dónde vienes y listo.
La Balma de la Coveta: la huella que dejaron los primeros
A unos diez minutos andando del pueblo está la Balma de la Coveta. El sendero no tiene pinta de sendero oficial. Más bien parece el camino que se forma cuando durante años pasan cabras, algún pastor y cuatro curiosos.
La balma es un abrigo rocoso con pinturas rupestres. No esperes algo monumental. Son figuras sencillas: cuernos de ciervo, formas humanas que recuerdan a los dibujos de un niño cuando empieza a descubrir los rotuladores. Pero cuando te quedas un rato allí sentado, con la roca a la espalda y el paisaje abierto delante, entiendes el sitio. Es un poco como encontrar el banco con mejores vistas del parque y pensar: “yo también me quedaría aquí”.
No hay centro de interpretación ni paneles grandes explicándolo todo. Apenas una placa discreta. Y si ha llovido, conviene tomárselo con calma: el camino se vuelve resbaladizo, como cuando pisas barro en un huerto después de regar.
Cuando el campo se vuelve tu Airbnb
Otra cosa curiosa de La Floresta: hay más casas que vecinos durante buena parte del año. Muchas pertenecen a gente que vive en ciudades cercanas y aparece los fines de semana.
Los vecinos de siempre lo cuentan con cierta gracia. Antes conocían hasta al perro de cada casa. Ahora a veces saludan y no saben si la persona vive allí todo el año o si ha venido a pasar dos días desde Barcelona.
Aun así, ese ir y venir mantiene muchas casas en pie. Se arreglan tejados, se abren ventanas, se limpia la huerta. Es un poco como cuando compartes piso con alguien que casi nunca está: no lo ves mucho, pero su presencia hace que la casa siga funcionando.
El olivo como reloj
Aquí el calendario lo marcan los árboles. Cuando los olivos empiezan a cargar aceituna, el otoño está llamando a la puerta. Cuando florecen los almendros, el campo parece que alguien lo haya espolvoreado con azúcar.
Los olivos dominan el paisaje. Viejos, retorcidos, con troncos que parecen manos gigantes agarradas a la tierra. Algunos llevan ahí siglos. Hay uno cerca del banco de la entrada del pueblo que los vecinos dicen que tiene más de mil años. Mil años es una cifra que cuesta imaginar. Es como pensar en cuántos móviles, coches o modas han pasado mientras ese árbol seguía exactamente en el mismo sitio.
Te quedas un rato mirándolo y te pasa algo parecido a cuando ves el mar muy abierto o el cielo lleno de estrellas: te coloca en tu sitio.
¿Vale la pena? Depende de lo que busques
La Floresta no funciona como una excursión llena de planes. No hay escaparates, ni calles animadas, ni agenda de cosas que hacer.
Esto se parece más a parar en un área de descanso de carretera, bajarte del coche y descubrir que lo que necesitabas era precisamente parar un rato.
Si vienes, trae agua, algo de comida y calzado cómodo. Y no cuentes con el móvil para orientarte todo el tiempo. Aquí la cobertura aparece y desaparece como esas radios antiguas que perdían señal cuando entrabas en un túnel.
Cuando te marches, al bajar la carretera y ver el pueblo quedarse atrás, seguramente te salga una pregunta automática: “¿Y ya está?”.
Sí. Ya está.
A veces es como un café corto en una barra tranquila: dura poco, pero te deja buen sabor.