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sobre La Jonquera
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Las seis de la tarde de un viernes cualquiera y la autopista se convierte en serpiente de metal. Camiones con matrículas polacas, furgonetas holandesas, turismos con niños pegados a los cristales. Todos frenan cerca de las gasolineras que se alinean junto a la N‑II, formando un collar de luces blancas y rojas. Desde un puente peatonal cercano, el viento trae olor a gasóleo mezclado con romero: al otro lado del río, los matorrales de l’Albera siguen ahí, duros y secos, como si el tráfico no tuviera nada que ver con ellos.
Ese es el primer golpe de realidad: La Jonquera no funciona del todo como un pueblo. Durante siglos ha sido paso obligado. Entrada o salida de la península, según el sentido del viaje. La frontera queda a un par de kilómetros, pero se nota en cada matrícula, en los idiomas que se mezclan al cruzar la calle Major, en los carteles bilingües que aparecen de pronto en escaparates y talleres.
El refugio de los que se fueron y los que volvieron
En la placeta de Can Laporta, una casa señorial del siglo XVIII con piedra vista y rejas verdes guarda una placa discreta: «Espai de la Memòria Democràtica». Allí está el MUME, instalado en el antiguo ayuntamiento ampliado con ladrillo contemporáneo. La fachada pasa bastante desapercibida. Dentro, en cambio, el silencio pesa.
En el vestíbulo hay un mapa iluminado con una línea de puntos rojos que avanza desde Figueres hasta La Jonquera. Marca los días finales de enero y los primeros de febrero de 1939. Más de cuatrocientas mil personas cruzaron por aquí hacia Francia. En las fotografías siguen caminando: mujeres con mantas sobre los hombros, niños con los zapatos rotos, soldados que ya no llevan fusil.
La exposición no se queda en la retirada. También cuenta lo que vino después: una frontera convertida en cuchillo que separó familias durante décadas. Cartas censuradas, llamadas breves desde cabinas al otro lado, viajes imposibles.
En una vitrina aparecen objetos encontrados en los alrededores: una navaja oxidada, una libreta de cuentas de un taller textil, un pasaporte francés con sello de 1939. No hay música ni efectos. Solo pasos sobre la madera del suelo.
Cuando sales, la luz de la tarde cae sobre la plaza y el ruido de los coches vuelve de golpe. A más de uno le pasa lo mismo: quedarse unos segundos parado antes de seguir.
Senderos que olvidaron la frontera
En la parte alta del pueblo, detrás de una zona de aparcamientos y naves comerciales, aparece una señal de madera: «GR‑11». El sendero se mete en la ladera como si cambiara de mundo en pocos pasos.
El bosque mezcla pinos, alcornoques y robles bajos. La tierra es rojiza y suelta, cubierta de hojas secas que crujen bajo las botas. Al cabo de veinte minutos el ruido de la autopista desaparece. Solo queda el viento en las copas y, si es primavera, el canto de algún mirlo.
Por estas colinas todavía quedan restos de fortificaciones de la Guerra Civil: muros de piedra seca, posiciones excavadas en la ladera, pequeños refugios orientados hacia el valle de l’Anyet. La piedra, calentada por el sol, conserva una tibieza rara cuando la tocas con la mano.
Siguiendo el camino aparece el dolmen de Canadal: tres grandes losas apoyadas que forman una especie de mesa de piedra. No hay vallas ni control, apenas una cadena oxidada y una placa envejecida por el sol. Desde allí la vista baja hacia el pueblo y, al fondo, en días claros, se dibuja la silueta del Canigó.
A media tarde la ladera se queda casi inmóvil. Es terreno donde aún sobrevive la tortuga mediterránea, cada vez más escasa en esta parte de Cataluña. Lo normal es no verla, pero saber que sigue ahí cambia un poco la manera de caminar.
Cocina de frontera: lo que se come cuando nadie está de paso
En la parte vieja, la calle Major se estrecha tanto que dos personas casi se rozan al cruzarse. Algunas casas conservan puertas pintadas de azul oscuro y rejas de hierro que proyectan sombras largas sobre la piedra.
A mediodía, el olor a leña sale por las ventanas entreabiertas. En uno de los bares de toda la vida preparan trinxat de l’Albera: col, patata y tocino aplastados en una masa dorada por fuera y blanda por dentro. Llega a la mesa en platos de loza con el borde gastado de tanto uso.
Los cargols a la llauna aparecen algunos días de la semana, cuando hay tiempo para prepararlos con calma. Antes de entrar al horno se limpian con pan rallado y sal. El olor que sale de la cocina mezcla ajo, aceite caliente y algo de tierra húmeda.
Para beber, lo más habitual es vino de la zona de l’Empordà servido en porró. El tinto suele ser áspero, de los que manchan los labios y obligan a beber despacio.
Cuándo ir y qué hacer cuando el pueblo se queda pequeño
La Jonquera vive del movimiento constante. Entre semana pasan camiones a todas horas y el ritmo del pueblo se contagia un poco de ese tráfico.
Los domingos por la tarde, en cambio, baja el volumen. Algunas calles se quedan casi vacías y el viento del norte —el que baja del Canigó— se cuela por las esquinas. En invierno conviene venir abrigado: aquí sopla con ganas.
Abril suele traer la luz más limpia. Los almendros aparecen salpicados entre los matorrales y el aire todavía no arrastra el calor seco del verano.
Si visitas el museo en sábado por la mañana es posible coincidir con grupos escolares. Entre semana suele estar más tranquilo.
A finales de noviembre se celebra la feria de Sant Andreu, una de las citas tradicionales del calendario local. Durante esos días llegan ganaderos de la zona, aparecen corrales provisionales y el aire huele a paja y caldo caliente. Los pastores cambian de idioma en mitad de la frase: catalán con acento francés, francés con acento ampurdanés. En momentos así la frontera parece poco más que una raya en el mapa.