Artículo completo
sobre La Vall De Boi
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay lugares que parecen diseñados para que levantes la vista cada dos minutos. La Vall de Boí es uno de ellos. Vas conduciendo por el valle, mirando prados, ríos y picos al fondo… y de repente aparece una torre románica plantada en medio del pueblo como si llevara ahí toda la vida. Bueno, en realidad la lleva: casi mil años.
La Vall de Boí, en el Pirineo de Lleida, es uno de esos sitios donde la historia y la montaña se mezclan sin hacer ruido. No es un valle enorme ni una zona llena de urbanizaciones. Aquí todo gira alrededor de nueve pueblos pequeños —Barruera, Boí, Taüll, Durro, Erill la Vall, Cardet, Coll, Saraís y alguno más desperdigado— que juntos suman poco más de un millar de vecinos. Y se nota: el ritmo sigue siendo el de un valle de montaña.
Las iglesias románicas: lo que da personalidad al valle
Lo primero que todo el mundo asocia con La Vall de Boí son sus iglesias románicas. Y con razón. Están repartidas por los pueblos como si alguien hubiera decidido que cada aldea necesitaba su propia torre vigilando el valle.
Se construyeron entre los siglos XI y XII, cuando maestros lombardos llegaron a esta parte del Pirineo y dejaron un estilo muy reconocible: piedra bastante sobria, campanarios altos y esas ventanas dobles que ves repetirse en varias torres.
La más conocida es Sant Climent de Taüll. Aunque no hayas estado aquí, es posible que te suene la imagen del campanario: alto, esbelto, muy limpio de líneas. Cuando te colocas debajo y miras hacia arriba entiendes por qué se convirtió en el símbolo del valle.
En Erill la Vall, la iglesia de Santa Eulàlia también llama la atención por su torre cuadrada, que parece más alta de lo que uno espera en un pueblo tan pequeño. Y en Boí se conserva Sant Joan, donde aún quedan restos de pintura románica que ayudan a imaginar cómo eran estos templos antes de que muchas pinturas acabaran en museos.
Recorrer varias iglesias en el mismo día es fácil porque las distancias entre pueblos son cortas. Aun así, conviene tomárselo con calma. Si entras rápido, haces la foto y te vas, te pierdes parte de la gracia.
A las puertas de Aigüestortes
Otra razón por la que mucha gente llega a La Vall de Boí es el Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Uno de los accesos habituales está cerca del pueblo de Boí.
Si te gusta caminar por montaña, aquí tienes terreno para rato: lagos de origen glaciar, bosques de pino negro y cumbres que pasan de los tres mil metros. No es el tipo de parque donde todo esté a cinco minutos del aparcamiento. Hay que andar, y a veces bastante.
En ciertas épocas el acceso a algunas zonas se regula con vehículos autorizados para evitar saturación en las pistas de montaña, así que conviene informarse antes de subir. Es de esas cosas que cambian según la temporada.
Una ruta muy conocida arranca en la zona de la presa de Cavallers. El paisaje allí cambia bastante: más roca, más granito, lagos encajados entre montañas y cascadas que bajan con fuerza cuando se funde la nieve.
Invierno: cuando el valle cambia de cara
Cuando llega el frío, el ambiente del valle cambia bastante. La estación de esquí de Boí‑Taüll atrae a mucha gente que sube a pasar el día en la nieve o a quedarse unos días.
Está bastante arriba en la montaña, así que cuando nieva de verdad el acceso se pone serio. No es raro que toque conducir con cuidado, llevar cadenas o mirar el parte antes de salir.
Aunque no esquíes, ver las montañas completamente blancas desde los pueblos del valle tiene su punto. Yo soy de los que disfruta más del paisaje que de las pistas.
Aguas termales y carreteras tranquilas
En los alrededores también hay tradición de aguas termales. En distintos puntos del valle brotan manantiales calientes que desde hace tiempo se han aprovechado para uso termal. Algunos están algo apartados, así que lo habitual es llegar en coche y dedicarles un rato tranquilo.
Pero, sinceramente, gran parte del encanto de La Vall de Boí está en algo más simple: moverse despacio por el valle. Parar en un pueblo, subir hasta la iglesia, volver al coche, seguir hasta el siguiente.
Las carreteras son cortas, con curvas suaves y prados a los lados. Es el típico lugar donde empiezas pensando que vas a ver dos cosas rápidas y acabas pasando la tarde entera enlazando pueblos.
Cuánto tiempo dedicarle a La Vall de Boí
Si solo vas a ver las iglesias principales, en medio día puedes hacerte una idea. Ahora bien, si añades alguna caminata en Aigüestortes o simplemente te apetece recorrer los pueblos con calma, lo normal es quedarse al menos un par de días.
Mi forma de verlo: un día para las iglesias y los pueblos del valle, otro para subir a la montaña. Con eso te llevas una imagen bastante completa de lo que es realmente La Vall de Boí. Y, lo más probable, te irás pensando que el Pirineo tiene muchos rincones así… pero pocos tan concentrados en tan poco espacio.