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sobre Santa Coloma de Gramenet
Ciudad densa junto al Besòs con el poblado ibérico de Puig Castellar
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A las ocho de la mañana, el sol todavía no ha entrado en el cauce del Besòs. Desde el puente de Santa Coloma, el río parece una cinta gris entre los bloques de hormigón, y el olor es mezcla de pan recién hecho y algo más áspero, como metálico. Abajo, un hombre pasea al perro entre la vegetación que ha ido ocupando el espacio donde antes hubo naves y fábricas. En ese momento temprano, cuando los coches aún pasan con cuentagotas, el turismo en Santa Coloma de Gramenet se entiende mejor: una ciudad pegada a Barcelona pero con otro ritmo, más de barrio que de postal.
El cerro que nadie espera
Puig Castellar asoma unos 260 metros sobre el barrio de Singuerlín sin llamar demasiado la atención. Desde el metro hay que combinar con autobús o subir caminando por calles en cuesta hasta encontrar una pista de tierra que se mete entre pinos. En cuanto dejas atrás los últimos bloques, el ruido cambia: menos motores, más viento moviendo las ramas.
Arriba aparece el poblado ibérico de Puig Castellar, con restos de murallas y casas que ya vigilaban el valle del Besòs muchos siglos antes de que existiera el área metropolitana. No es un yacimiento preparado para grandes multitudes. Hay paneles explicativos y senderos de tierra, pero poco más. La gracia está en sentarse un rato en el borde de la ladera: a un lado se intuye el mar, al otro se despliega la ciudad en todas direcciones.
En primavera la subida huele a tomillo y a hierba fresca. A finales de abril o mayo el terreno se vuelve amarillo y seco, y el polvo empieza a levantarse con cada paso. Si vas a subir, mejor hacerlo temprano o al caer la tarde; el sol cae directo y hay poca sombra en el último tramo.
La plaza que nunca se queda vacía
Plaça de Catalunya no tiene nada que ver con la del centro de Barcelona. Aquí la plaza funciona como sala de estar del barrio. Bancos de piedra bajo los plátanos, gente que pasa con la compra, jubilados que se quedan hablando largo rato.
A mediodía se oye el timbre de los colegios cercanos y aparecen grupos de niños con mochilas casi más grandes que ellos. Por la tarde llegan adolescentes con patinetes o bicicletas, música saliendo de algún altavoz pequeño y bolsas de pipas que crujen bajo los bancos.
Durante la Festa Major, que suele celebrarse a comienzos de septiembre, el ambiente cambia bastante. Se monta escenario, hay conciertos y la plaza se llena hasta bien entrada la noche. Si duermes cerca, conviene saberlo: los graves de la música rebotan entre los bloques y la fiesta se alarga más de lo que uno imagina cuando ve la plaza tranquila por la mañana.
El sabor de barrio
En Santa Coloma la comida sigue teniendo algo muy de barra de bar: platos sencillos, raciones abundantes y televisión encendida en la pared. La butifarra blanca, gruesa, suele llegar a la mesa acompañada de judías o patatas fritas, con pan de payés para mojar el jugo que queda en el plato.
Pero la ciudad también ha ido cambiando con las décadas. A partir de los años sesenta llegaron muchas familias de Andalucía y Extremadura; después se sumaron comunidades del norte de África y, más tarde, de Asia y América Latina. Hoy basta caminar dos o tres calles para notar el cambio en los olores: sofrito, especias, pan recién horneado, parrillas encendidas a media tarde.
No es una escena pensada para visitantes. Es simplemente la vida diaria de un municipio grande que ha crecido pegado a Barcelona y que ha ido absorbiendo lo que llegaba.
Cuándo ir y cuándo evitar el calor
Santa Coloma es compacta: se puede recorrer caminando en una mañana larga, enlazando el río, el centro y alguno de los parques. La primavera suele ser el momento más agradecido. El parque de Can Zam, junto al Besòs, tiene zonas amplias de césped y senderos donde la gente sale a correr o pasear al perro cuando el aire todavía huele a tierra húmeda.
Agosto es otra historia. El hormigón guarda el calor del día y por la noche cuesta que baje la temperatura. Las sombras son escasas y mucha gente se refugia en el metro o en los parques junto al río.
Cuando cae la madrugada y pasan los equipos de limpieza por las avenidas, la ciudad queda unos minutos en silencio. Las persianas de los bares bajadas, alguna ventana todavía con luz y el murmullo del Besòs al fondo. Cuesta imaginar que a pocos kilómetros está el centro de Barcelona. Aquí el día empieza de otra manera.