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sobre Borredà
Pueblo de montaña con arquitectura de piedra y calles estrechas ideal para el turismo rural
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A primera hora, cuando el cielo aún está gris y las persianas siguen bajadas, Borredà huele a leña húmeda. El aire baja frío desde el bosque y se queda entre las casas. Desde algunas ventanas se ve una línea de encinas y robles que cierra el horizonte. El pueblo todavía está callado; solo se oye alguna puerta y, a veces, el motor de un coche que arranca en la plaza.
Borredà, con unos 430 habitantes, se encuentra en el Berguedà, a más de 800 metros de altitud. El núcleo es pequeño y compacto. Calles cortas, pendientes suaves y casas de piedra que muestran capas de reformas hechas con los años. No es un lugar que se enseñe rápido. Se entiende mejor caminando despacio, mirando los detalles: una ventana con marco gastado, una pared donde la cal ya no cubre del todo la piedra.
El núcleo alrededor de Sant Sadurní
La iglesia de Sant Sadurní marca el centro del pueblo. Su origen es románico, aunque el edificio ha cambiado con el tiempo. Las paredes son gruesas y las aberturas pequeñas. Cuando suenan las campanas, el sonido rebota contra las fachadas cercanas y se queda unos segundos en la plaza.
Alrededor aparecen casas antiguas con portales de piedra y balcones estrechos. Algunas mantienen fechas grabadas en el dintel. Otras están cerradas buena parte del año. Aun así, el conjunto conserva esa sensación de pueblo vivido, no de decorado.
Calles cortas y ritmo lento
Borredà se recorre en poco tiempo, pero conviene hacerlo sin prisa. Las calles cambian de pendiente a cada pocos metros y a veces se abren en pequeños ensanches donde la gente se detiene a hablar.
Por la tarde, cuando el sol baja detrás de las lomas, la luz entra rasante entre los tejados. Las fachadas pasan del gris al naranja durante unos minutos. Es un momento breve, fácil de perder si uno va con prisa.
Bosques alrededor del pueblo
En cuanto se sale del casco urbano aparecen los caminos. El paisaje es una mezcla de encina, roble y pino. En otoño el suelo queda cubierto de hojas secas que crujen al pisarlas. Después de varios días de lluvia, algunos tramos se vuelven resbaladizos.
Los senderos suelen seguir antiguas rutas rurales. Pasan junto a prados, muros de piedra y masías dispersas entre los árboles. No todos están bien señalizados. Conviene llevar mapa o el recorrido descargado en el móvil, porque la cobertura a veces desaparece en los valles más cerrados.
Agua y pequeños valles
Cerca de Borredà discurren varias rieras que bajan de las sierras del Berguedà. No son grandes cursos de agua. En verano se reducen a tramos tranquilos entre piedras lisas. En épocas más lluviosas el sonido del agua se oye desde los caminos cercanos.
A la sombra de los árboles el aire cambia. Es más fresco y huele a musgo y tierra mojada. Son lugares donde uno suele parar unos minutos sin decir nada.
Caminos para andar o pedalear
La orografía de la zona es ondulada. Hay pistas forestales largas y también senderos estrechos que suben y bajan entre el bosque. Por eso es habitual cruzarse con gente caminando o con bicicletas de montaña.
Después de lluvias fuertes aparece barro en varios tramos. No es raro tener que bajar de la bici o rodear algún charco ancho. En invierno, en cambio, el terreno suele estar más compacto y se camina mejor.
Cuándo acercarse
En agosto el pueblo suele celebrar su fiesta mayor alrededor de Sant Sadurní. Durante unos días la plaza se llena más de lo habitual y por la noche se oye música desde las calles cercanas.
Si lo que se busca es silencio, los meses de otoño y finales de invierno son más tranquilos. Entre semana el movimiento es mínimo. A media mañana se oye algún tractor pasar y poco más. Es entonces cuando Borredà se muestra tal como es la mayor parte del año: un pueblo pequeño, rodeado de bosque, donde el tiempo avanza despacio.