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sobre Castellar de n'Hug
Pueblo pintoresco de piedra donde nace el río Llobregat famoso por sus croissants gigantes
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A las once de la mañana, el aire en la plaza todavía guarda algo de frío y olor a tierra húmeda. El sol entra entre los huecos de las casas y calienta solo una parte del empedrado; el resto sigue en sombra. Se oye alguna puerta que se abre, madera que cruje, un gorrión que se mueve entre los aleros.
Este pequeño núcleo del Berguedà, a casi 1.400 metros, tiene menos de doscientos habitantes y una relación directa con la montaña que lo rodea. Las construcciones de piedra oscura y tejados inclinados se agrupan en calles cortas, con escalones y pequeñas plazas donde el viento corre sin obstáculos. Durante años la vida aquí estuvo ligada a la ganadería, a la madera y también a la minería del carbón en la zona. Esa historia aún se intuye en los muros, en los corrales, en la forma compacta del pueblo.
En invierno la luz llega baja y dura poco; a media tarde ya empieza a caer la sombra de las montañas. En verano, el aire suele oler a hierba recién cortada y a resina de los bosques cercanos. Los fines de semana aparecen coches y algún autobús, sobre todo por la cercanía de las fuentes del Llobregat. Si prefieres caminar por las calles sin aglomeraciones, conviene venir temprano o entre semana.
Castellar se encuentra dentro del entorno del Parque Natural del Cadí‑Moixeró, rodeado de cumbres altas y laderas cubiertas de pino y prados inclinados. Muy cerca nace el río Llobregat, que empieza aquí como un conjunto de surgencias entre rocas.
Las calles del pueblo se recorren rápido —media hora basta para atravesarlo—, pero hay detalles que cuentan: el granito gastado de los escalones, los balcones de madera oscurecida por el clima, alguna enredadera que sube por un muro orientado al sol.
El camino hacia el origen del río
Uno de los paseos más habituales desde el pueblo lleva a la Font del Llobregat, el lugar donde el río aparece entre rocas cubiertas de musgo. El camino baja por un bosque húmedo donde la temperatura suele ser varios grados más baja que en la plaza. En primavera el verde es intenso; después del deshielo o de varios días de lluvia el agua cae con fuerza. En veranos secos el caudal puede ser más discreto.
El sendero no es largo, pero tiene tramos de escalones y humedad en el suelo. Con calzado adecuado se hace bien, aunque conviene ir con atención si ha llovido o si hay hielo en invierno.
Sobre el núcleo del pueblo se levanta la iglesia románica de Santa María, en una posición ligeramente dominante. Desde allí arriba se entiende mejor cómo está construido Castellar: casas muy juntas, calles estrechas para protegerse del viento y, alrededor, prados y bosques que empiezan casi en la última puerta.
Cerca de la plaza hay también un pequeño espacio interpretativo dedicado a la historia del valle y a los antiguos oficios de la zona. No es grande, pero ayuda a situar lo que uno ve fuera: los caminos ganaderos, las explotaciones mineras que hubo en la comarca.
Senderos en el Parque Natural
Desde Castellar salen varios caminos hacia el entorno del Cadí‑Moixeró. Algunos siguen el valle del Llobregat; otros suben hacia cotas altas como la zona de la Tosa d’Alp o el Puigllançada. Aunque en el mapa parezcan distancias cortas, el desnivel aquí se nota y el tiempo cambia rápido, sobre todo fuera del verano.
En invierno y a comienzos de primavera es habitual encontrar nieve en cotas altas. Las estaciones de esquí cercanas atraen movimiento, pero en cuanto te alejas unos kilómetros por los senderos vuelve el silencio de la montaña.
Quien madruga a veces se encuentra con rebecos moviéndose por las laderas más empinadas o con marmotas silbando entre las rocas. No ocurre cada día, pero basta pararse un rato y mirar con paciencia para darse cuenta de que el valle sigue muy vivo.