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sobre La Pobla de Lillet
Pueblo turístico con los Jardines Artigas de Gaudí y el Tren del Cemento
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A las nueve de la mañana, el puente sobre el Llobregat todavía está medio en silencio. El agua pasa entre piedras redondeadas y manchas de musgo oscuro, y el aire tiene ese frescor que se queda en las manos cuando uno camina sin guantes. En ese momento empieza a entenderse el turismo en La Pobla de Lillet: sin prisas, con gente cruzando el puente camino del pan o del coche, y las fachadas de piedra aún a medio despertar.
La Pobla de Lillet, a unos 840 metros de altitud en el Berguedà, no necesita escenografía. Durante décadas fue un lugar de trabajo más que de visita, marcado por la minería y por la fábrica de cemento que dio empleo a buena parte del valle. Esa historia todavía se lee en algunos edificios industriales que quedan en pie y en la forma en que el pueblo se estira siguiendo el río. Entre medias, laderas con pinos, alguna encina y antiguos bancales donde a veces todavía se cultiva.
El Llobregat aquí es joven. No lleva demasiada agua en comparación con lo que será más abajo, pero sí carácter. Desde ciertos puntos del pueblo se ve cómo el valle se abre poco a poco, con caminos que bajan hacia la ribera y vuelven a subir entre árboles. No hay grandes panorámicas de golpe; el paisaje se descubre caminando.
El rastro de la fábrica de cemento
A las afueras está el antiguo complejo industrial que hoy se conoce como Museo del Cemento Asland. Los edificios, levantados a finales del siglo XIX, mantienen las chimeneas altas, los muros de ladrillo y las estructuras metálicas que explican por sí solas cómo funcionaba aquello.
Recorrerlo ayuda a entender por qué este valle se llenó de vías, almacenes y obreros. Las salas muestran maquinaria, herramientas y fotografías de quienes trabajaron allí cuando la fábrica estaba en plena actividad. Conviene mirar antes los horarios: no siempre abre todos los días.
El pequeño jardín de Gaudí
A poca distancia del centro, siguiendo el río, aparece el Jardín Artigas. Gaudí lo diseñó a principios del siglo XX y, aunque su nombre suele sonar grande, el lugar es bastante recogido.
Hay escaleras cortas que se adaptan a la roca, puentes de piedra bajos y pequeñas cascadas que acaban mezclándose con el curso del río. Si uno se queda un rato quieto se oye el agua correr bajo las estructuras y el crujido de las hojas cuando pasa alguien por los senderos. A primera hora de la mañana suele haber menos gente y la humedad del río mantiene el verde muy vivo.
El tren que seguía el valle
Otro recuerdo de la época industrial es el llamado Tren del Ciment. Hoy funciona como un recorrido corto que atraviesa túneles excavados en la roca y cruza algunos viaductos sobre el valle.
No es un trayecto largo, pero permite ver el paisaje desde la línea que se utilizaba para transportar materiales entre las minas y la fábrica. Antes de acercarse conviene comprobar si está en funcionamiento ese día, porque la frecuencia de salidas suele ser limitada.
Pasear por el centro
El casco antiguo es pequeño y se recorre sin mapa. La iglesia de Santa Maria conserva base románica aunque ha pasado por varias reformas, algo que se nota en los muros y en el campanario.
El puente medieval sobre el Llobregat sigue siendo uno de los puntos donde la gente se detiene un momento. Desde ahí se ven las casas alineadas sobre la ribera y, según la hora, el olor a pan que sale de alguna puerta cercana o a leña húmeda en invierno. Por la tarde la luz entra baja por el valle y deja las fachadas en tonos ocres y rojizos.
Si vienes en fin de semana, lo más cómodo suele ser aparcar en la parte exterior del centro y entrar caminando. Las calles son estrechas y el tráfico se vuelve incómodo cuando llega más gente.
Caminar por el valle
Buena parte de la vida tranquila del lugar está en los caminos que salen del pueblo. Hay rutas señalizadas que siguen antiguos trazados mineros o senderos que suben entre pinares hacia zonas más abiertas del Berguedà.
Algunas caminatas se hacen en un par de horas; otras enlazan con recorridos más largos si se quiere seguir subiendo hacia la montaña. En otoño, después de varios días de lluvia, el suelo del bosque suele llenarse de setas y el olor a tierra húmeda se vuelve muy intenso.
También es cuando el valle está más silencioso entre semana. En verano y durante algunos festivos el ambiente cambia bastante y los senderos cercanos al río se llenan más de lo que parece desde el mapa.
La Pobla de Lillet se entiende mejor así: caminando despacio entre el río, los restos de fábrica y los caminos que suben hacia el bosque. Sin demasiada prisa y con tiempo para mirar los detalles que quedan a ras de suelo.