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sobre Sant Jaume de Frontanyà
Uno de los pueblos más pequeños con una joya del románico lombardo
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Antes de que el sol toque las laderas del Moixeró, en Sant Jaume de Frontanyà suenan las campanas. El bronce se oye limpio en todo el valle. Rebota en las fachadas de piedra de las dos calles del pueblo y luego desaparece entre los hayedos. Aquí viven poco más de dos decenas de personas, a 1.072 metros de altura. A esa hora no se ve a nadie. Cuando cesan las campanas queda un hueco extraño en el aire, y abajo, muy abajo, llega el rumor del Llobregat.
La iglesia románica sobre el valle
Doblas la esquina de la plaza y aparece la iglesia. No es grande. Lo primero que llama la atención es el cimborrio de doce lados, recortado contra el cielo. La piedra ocre cambia mucho según la hora: pálida por la mañana, más dorada cuando el sol cae de lado.
La canónica agustiniana se levantó en el siglo XI. La cúpula interior tiene doce costillas que convergen en un pequeño óculo central. Por ahí entra un círculo de luz que se desplaza lentamente por el presbiterio durante el día.
La llave suele guardarse en una casa de la plaza. Si hay movimiento por la puerta, alguien baja a abrir. Dentro huele a piedra húmeda y a cera. El 25 de julio, día de Sant Jaume, la nave se llena de gente que vuelve al pueblo solo para esa noche. Muchas casas siguen sin calefacción; aun así algunos prefieren dormir allí, como se ha hecho siempre.
A veces hay jornadas de puertas abiertas o visitas organizadas por gente de la comarca. Cuando coinciden, algún voluntario explica detalles curiosos del edificio, como los capiteles del lado norte, tallados en la parte más expuesta al viento frío.
Dos calles y campo alrededor
Carrer de Baix y Carrer de Dalt. El pueblo cabe ahí. Las casas se apoyan unas en otras, con muros gruesos y tejados de pizarra. En algunas puertas cuelgan macetas de geranios que rompen el gris de la piedra.
Hacia el sur todavía queda algún corral con heno. Si caminas hacia el norte empieza una pista que entra en el hayedo. Desde ahí sale el camino al Sant Jaume Vell, la iglesia primitiva que se consagró a principios del siglo X.
La subida ronda los dos kilómetros y medio. No es dura. En media hora el bosque se abre y el valle aparece de golpe, con el Cadí al fondo como una sierra irregular. Arriba quedan restos de muros y un altar de piedra. El aire suele oler a tomillo y resina.
A mitad del camino se cruza la ruta de les Fonts, un recorrido circular que pasa por varias fuentes conocidas en la zona. El agua de la Font de la Plana baja muy fría y con un ligero sabor mineral. Los domingos todavía se ve a gente de la comarca llenando garrafas.
Otoño: ciervos en el valle y cocina de montaña
A finales de septiembre, por la noche, se oye la berrea. El sonido viaja por las laderas y retumba entre las rocas. A veces se organizan salidas tranquilas al atardecer para escucharla desde los collados cercanos. Se camina sin linternas y hablando poco.
Al volver al pueblo suele oler a leña. En las casas se cocina lo que ha dado siempre esta tierra: col, patata, tocino del Berguedà. Con eso sale el trinxat. Cuando llueve aparecen setas en los pinares cercanos, sobre todo rovellons. Mucha gente sube a buscarlos por las pistas forestales.
Si vienes en esa época, mejor llevar botas o calzado cerrado. Los tramos de pista se embarran rápido.
Cómo llegar y cuándo venir
La carretera BV‑4656 sube desde Borredà con una serie de curvas largas. Son unos trece kilómetros. El último tramo es estrecho y obliga a ir despacio.
En invierno la nieve puede complicar el acceso. Conviene informarse antes de subir si el tiempo viene revuelto.
El pueblo cambia bastante según el mes. En junio el hayedo está muy verde y las noches siguen siendo frescas. Agosto trae más coches, sobre todo los fines de semana, cuando llega gente de Berga y de otros pueblos cercanos.
Hay que venir con lo básico resuelto. Aquí no hay cajero, ni gasolinera, ni tienda. Solo la plaza, la iglesia y el bosque alrededor.