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sobre Bescanó
Municipio activo junto al río Ter; conocido por su central modernista y embutidos
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Llegué a Bescanó casi por casualidad. De esos desvíos que tomas porque el navegador te manda por una carretera secundaria y piensas: bueno, ya que estamos. El caso es que el turismo en Bescanó no funciona como en otros sitios del Gironès. Aquí no hay una plaza pensada para la foto rápida ni media docena de tiendas de recuerdos. Lo que hay es un pueblo que sigue a lo suyo mientras el Ter pasa por al lado, tranquilo, como si también viviera aquí de toda la vida.
La fábrica que iluminó el valle
La antigua fábrica textil de la zona alta parece una escuela vieja cuando la ves desde el coche. Pero cuando te acercas empiezas a notar detalles: fechas grabadas en la fachada, el canal que llevaba el agua, las naves largas. Según cuentan en el pueblo, a principios del siglo XX aquello movía medio valle y fue de los primeros lugares de la comarca con electricidad para uso industrial.
También se repite una historia curiosa: muchas mujeres trabajaban allí cuando en otros lugares eso todavía era raro. Incluso se organizó, dicen, algún sistema para cuidar a los niños mientras ellas estaban en la fábrica. Hoy el edificio está en silencio. Ventanas rotas, hierba creciendo donde antes había tránsito diario. Aun así, el lugar tiene algo. No es nostalgia exactamente; es más bien la sensación de que entiendes un poco mejor cómo creció el pueblo.
Torres que no son de postal
La torre de Bescanó es de esas construcciones que dependen mucho de con qué la compares. Si vienes pensando en castillos enormes, se te queda pequeña. Si vienes desde la costa, acostumbrado a torres de vigilancia más discretas, te parece bastante seria.
Se suele situar en torno a la época medieval, con añadidos posteriores. Está en una explanada abierta, sin demasiada escenografía alrededor. Nada de colas ni tornos de entrada. A veces simplemente te la encuentras cerrada, con un candado y poco más. Aun así, acercarse merece la caminata corta desde el centro del pueblo. Desde allí se entiende bien cómo el Ter organiza todo el paisaje.
Las ruinas que casi nadie busca
Arriba del todo, en las colinas cercanas, quedan restos que se relacionan con el antiguo castillo de la zona. A veces lo verás nombrado como Castrum de Baschono o como castillo de Favars. Llegar hasta allí no tiene mucho misterio si conoces los caminos locales, pero tampoco esperes señalización clara en cada cruce.
El tramo final suele hacerse a pie. El terreno es pedregoso y la subida se nota en las piernas. Cuando llegas no aparece una fortaleza espectacular. Son muros bajos, piedras reaprovechadas y trazas de lo que fue un recinto defensivo. A cambio, las vistas compensan bastante. En días claros se distingue bien el llano de Girona y, hacia el norte, las montañas más altas.
La iglesia que parece más joven de lo que es
La iglesia de Sant Llorenç engaña un poco. La fachada actual corresponde a reformas relativamente tardías, del periodo barroco, pero el lugar de culto es bastante anterior. En el interior se conservan partes de una capilla más antigua sobre la que se levantó el edificio actual.
Entré un momento para escapar del sol del mediodía. Dentro había ese silencio típico de las iglesias de pueblo entre semana: luz suave, olor a cera y madera, y algún vecino entrando y saliendo sin prisa. En una pared cuelga una placa relacionada con la fiesta mayor, una de esas celebraciones que aquí siguen girando alrededor de la plaza y de la música de siempre.
Algunas cosas que conviene saber antes de venir
En verano el calor aprieta más de lo que parece mirando el mapa. El río está cerca, pero los caminos no siempre van en línea recta, así que llevar agua se agradece. Aparcar por el centro suele ser sencillo si no coincide con algún acto del pueblo. Y conviene asumir desde el principio que aquí la señalización turística es la justa. Muchas veces lo más interesante aparece cuando te sales un poco de la ruta evidente.
Me fui antes de comer con una sensación curiosa. Bescanó no juega a ser un decorado histórico ni intenta impresionar. Está ahí, con su fábrica silenciosa, su torre un poco solitaria y el río marcando el ritmo del valle. Ese tipo de sitio donde paseas un rato, miras alrededor y piensas: vale, ahora entiendo cómo vive realmente esta parte del Gironès. Y con eso ya tienes bastante.