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sobre Blanes
Portal de la Costa Brava; ciudad marinera con jardines botánicos espectaculares y playas extensas
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Blanes es como ese primo que siempre llega primero a la reunión familiar: el que se sienta en la primera fila, el que te recibe cuando entras por la puerta. En esto del turismo en Blanes pasa algo parecido. Técnicamente es el principio de la Costa Brava, pero no esperes un cartel enorme anunciándolo. Más bien es un “vale, a partir de aquí empieza la cosa”.
El pueblo que empezó antes que el nombre
Lo primero que te cruzas si vienes en coche es Sa Palomera, ese peñón que parece colocado ahí porque sí. Pues resulta que marca el punto donde tradicionalmente se considera que empieza la Costa Brava. Desde arriba se entiende bien: el puerto a un lado, la playa larguísima al otro y el pueblo estirado entre ambos.
El casco antiguo se recorre rápido y casi siempre en llano, que se agradece. Calles estrechas, tramos de sombra y alguna cuesta que, si la pillas a mediodía en agosto, se nota. Cerca del centro está el Palau dels Vescomtes de Cabrera, un edificio medieval que ha pasado por muchas vidas distintas y hoy conserva más historia que brillo. A pocos pasos queda la iglesia de Santa María, levantada durante el siglo XIV y ampliada después. De esas iglesias grandes que uno no espera encontrar en un pueblo que mucha gente asocia solo con playa.
Cuando la comida no es Instagram pero sabe a gloria
Aquí la conversación suele acabar en la mesa. Blanes lleva siglos viviendo del mar y eso se nota en los platos. El suquet de pescado aparece en muchas cartas, con rape u otros pescados de roca y un caldo espeso que pide pan para mojar.
También es conocida la gamba de Blanes, que suele salir de la lonja del propio puerto. No hace falta disfrazarla demasiado: a la plancha y listo.
Y luego están cosas más sencillas que aparecen en bares de toda la vida: cocas saladas con anchoas, tomate y aceitunas, o arroces con bastante sabor a mar. Nada de espuma ni humo artificial; más bien cocina de cazuela y mantel de papel.
El jardín que hizo que un alemán se quedara plantado
El Jardín Botánico Marimurtra suele colarse en todas las conversaciones sobre Blanes, y con razón. Está en un acantilado justo sobre el mar y reúne miles de especies de plantas de distintos lugares del mundo. El proyecto lo empezó Carl Faust, un empresario alemán que se instaló aquí a principios del siglo XX y decidió dedicar buena parte de su vida a este jardín.
Hay varios miradores donde uno se queda un rato parado sin hacer mucho más que mirar el Mediterráneo. El famoso templete junto al acantilado es de esos lugares que probablemente hayas visto en fotos antes de venir.
Si prefieres caminar, desde Blanes sale el camí de ronda hacia Lloret de Mar. Son varios kilómetros bordeando acantilados y pequeñas calas. No es una excursión técnica, pero conviene llevar agua y tomárselo con calma, porque el sol aquí pega de frente.
Los fuegos artificiales que cambian el ritmo del pueblo
A finales de julio Blanes vive una de sus semanas más movidas con el Concurso Internacional de Fuegos Artificiales. Lleva celebrándose desde hace décadas y reúne a equipos pirotécnicos de distintos países.
Durante esas noches la playa se llena de gente sentada en la arena esperando el espectáculo. Familias con bocadillos, grupos de amigos, turistas que no sabían que coincidían con esto… todo el mundo mirando al mismo punto: el cielo sobre Sa Palomera. Cuando llega la traca final, los aplausos se oyen por todo el paseo.
Consejo de amigo: cuándo venir y qué no saltarse
Si vienes en agosto, paciencia. Hay mucha gente, sobre todo por la tarde y por la noche. En junio o septiembre el ambiente sigue siendo animado, pero se puede caminar y aparcar con bastante menos estrés.
Y si tienes un rato, sube al Castell de Sant Joan. La subida tiene su tramo de escaleras, pero arriba entiendes mejor cómo está colocado Blanes: el puerto, la playa larguísima, la línea de costa que empieza a romperse hacia el norte y, tierra adentro, las montañas que anuncian el Montseny.
Blanes no juega a impresionar a primera vista. No es de esos sitios que te dejan boquiabierto en cinco minutos. Pero funciona bien como puerta de entrada a la Costa Brava: mar, buena comida y un par de paseos que justifican parar aquí unas horas… o un día entero si te lo tomas con calma.