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sobre Camprodon
Villa turística de montaña con puente emblemático; famosa por sus galletas y embutidos
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A las siete de la mañana, Camprodon huele a pan recién hecho mezclado con el frescor del río Ter. Las persianas de las casas de piedra empiezan a subir con ese ruido metálico que rebota en las calles estrechas. Desde una ventana cualquiera del centro se ve cómo la niebla se queda enganchada en las laderas del valle, espesa, como algodón húmedo. Durante un rato el pueblo todavía va despacio, antes de que aparezcan los primeros coches y los excursionistas que suben hacia la montaña.
El puente que divide el tiempo
El Pont Nou, de origen medieval, marca una frontera bastante clara dentro de Camprodon. A un lado queda el núcleo más antiguo, con calles que suben hacia la iglesia y casas apretadas contra la pendiente. Al otro empieza el Passeig Maristany, una avenida amplia donde a finales del XIX se levantaron muchas casas de veraneo rodeadas de jardín y rejas de hierro.
Al cruzar el puente el sonido cambia. Los pasos resuenan huecos sobre la piedra, pulida por siglos de gente pasando de un lado a otro. Cuando llueve conviene caminar con cuidado: las losas pueden volverse muy resbaladizas.
Desde el puente también se ve la silueta del monasterio de Sant Pere, otro de los edificios antiguos del pueblo. El campanario cuadrado se levanta sobre un pequeño prado junto al río Ritort. Por la mañana, cuando el sol entra bajo desde el valle, las sombras de las columnas se alargan sobre la hierba. Suele abrir a media mañana; si llegas antes, el lugar está en silencio salvo por el agua corriendo cerca.
Albéniz y la música que todavía suena
Camprodon es el lugar de nacimiento de Isaac Albéniz, y en una de las casas del centro hay un pequeño espacio dedicado al compositor. La vivienda fue durante años una tienda familiar, y aún conserva su estructura de casa estrecha con varias plantas. Arriba del todo se guarda un piano antiguo que recuerda los primeros años del músico.
En verano suele celebrarse un ciclo de conciertos vinculado a su figura. Algunas noches, cuando el pueblo está lleno de gente que ha subido a pasar el fin de semana, la música se escucha desde la calle si las ventanas están abiertas. Se mezcla con el ruido del río y con las conversaciones que salen de las terrazas.
Cuando llega el otoño el ambiente cambia bastante. Bajan las temperaturas de golpe y aparecen puestos relacionados con las setas y otros productos de montaña en algunas ferias que se organizan en la comarca. En las calles empieza a oler a leña y a platos contundentes que vuelven a las cartas cuando refresca.
Caminos que salen del pueblo
Detrás del cementerio arranca uno de los senderos más conocidos de los alrededores, una ruta que pasa por varias fuentes repartidas por el bosque. El camino serpentea entre hayas y robles y suele hacerse en un paseo de un par de horas si se camina sin prisa. El agua de las fuentes baja muy fría incluso en verano.
Desde Camprodon también pasan tramos del GR‑11, el sendero que cruza los Pirineos de punta a punta. Hacia el oeste el camino se dirige hacia el valle de Beget; hacia el este sube poco a poco en dirección a Setcases y a las montañas más altas del Ripollès. No son rutas cortas: conviene mirar el tiempo antes de salir y calcular bien las horas de luz, sobre todo fuera del verano.
En algunos puntos del recorrido el valle se abre de golpe y el pueblo queda abajo, pequeño, con el Pont Nou dibujando una curva sobre el río.
Lo que conviene saber antes de ir
Ir a Camprodon en agosto significa encontrar bastante movimiento. Muchos coches llegan desde Barcelona y otras zonas cercanas, y aparcar en el centro puede requerir paciencia a partir de media mañana. Si buscas tranquilidad, merece la pena madrugar: antes de las ocho el pueblo todavía está medio dormido.
A esa hora los panaderos están levantando la persiana y en las pastelerías del centro empiezan a sacar bandejas con cocas y galletas. El aire huele a mantequilla caliente y a café recién hecho.
El Pont Nou cambia mucho según la hora del día. Al atardecer la piedra toma un tono dorado y el río suena más fuerte bajo los arcos, cuando el bullicio baja un poco y el paseo se vuelve más tranquilo.
En otoño, con la temporada de setas, el valle vuelve a llenarse de gente que sube al monte con cesta. Los vecinos suelen ser discretos con los lugares donde salen mejor. Como mucho dirán algo impreciso: “más arriba del collado” o “por la zona de la ermita”.
Cuando cae la noche, las farolas del Passeig se encienden una a una y las sombras se alargan sobre el empedrado. Las tiendas cierran pronto. Quedan algunas conversaciones en los bares y el olor a chimenea cuando empieza a refrescar. Desde el puente, mirando hacia las laderas oscuras, se ven las luces de otros pueblos del valle entre los pinos.