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sobre Cardedeu
Localidad residencial con magníficas torres modernistas de veraneo
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Las campanas de Santa María suenan cuando el sol todavía no ha terminado de levantarse sobre el Vallès Oriental. Desde la plaza llega el ruido lejano de un tren de Rodalies pasando por la línea que conecta con Barcelona. A esa hora, el turismo en Cardedeu tiene algo raro: no hay casi visitantes, solo vecinos que abren persianas y el olor de pan recién hecho que sale de los hornos del centro. Si ha llovido por la noche, la tierra de los jardines y de los huertos cercanos deja un aroma húmedo que se queda flotando entre las calles.
Las casas modernistas del centro —con hierro curvado en los balcones y mosaicos hidráulicos en los portales— se despiertan despacio. Algunas conservan todavía esos colores suaves, verdes apagados o crema, que la luz de la mañana vuelve casi dorados.
El crujido de la historia
Caminar por Cardedeu es ir encontrando capas. La más visible aparece a finales del siglo XIX, cuando el ferrocarril acercó el pueblo a Barcelona y muchas familias acomodadas empezaron a construir aquí sus torres de veraneo. Algunas siguen en pie entre calles tranquilas del centro, con jardines cerrados por rejas y palmeras que ya son más altas que las casas.
Pero debajo hay un núcleo mucho más antiguo. En ciertas esquinas del casco viejo quedan muros de piedra gruesa y portales bajos que recuerdan al pueblo agrícola que fue durante siglos. En la entrada de una de las calles históricas aún se levanta una cruz de piedra junto al camino; los sábados es habitual ver a gente del pueblo haciéndose fotos allí antes de alguna celebración.
El cementerio también guarda una parte curiosa de esa historia. Entre cipreses altos hay varios panteones modernistas vinculados al arquitecto Manuel Joaquim Raspall, muy presente en el patrimonio de la zona. Las cerámicas vidriadas brillan cuando el sol de la tarde cae de lado. No es un lugar solemne en exceso: es bastante normal ver a familias que entran con cubos de agua y flores para arreglar las tumbas.
Cuando el mercado mueve el pueblo
Un día a la semana —tradicionalmente el jueves— el centro cambia de ritmo. Varias calles y una de las ramblas se llenan de paradas y el murmullo se oye desde lejos. Hay puestos de fruta y verdura con cajas aún manchadas de tierra, ropa colgada en barras metálicas y mesas donde el pescado llega con el hielo todavía crujiente.
La escena es muy de pueblo grande del Vallès: carritos de la compra rodando sobre el pavimento, conversaciones en catalán mezcladas con castellano, y gente que se para en mitad de la calle porque acaba de encontrarse con alguien que no veía desde hace meses.
Cardedeu tiene además cierta tradición pastelera vinculada al turrón, algo que todavía se nota en los escaparates cuando se acerca el invierno. Incluso fuera de la campaña navideña, no es raro ver tabletas en los mostradores.
Si te interesa ver el ambiente real del pueblo, es mejor acercarse por la mañana. A partir del mediodía empieza a recogerse y el lugar vuelve poco a poco a su calma habitual.
La sierra que vigila
Si sigues algunas de las calles que suben hacia el norte, el tejido urbano se va aflojando: primero aparecen casas más separadas, luego huertos y, finalmente, caminos de tierra. Desde esos senderos se entiende bien dónde está Cardedeu.
El pueblo queda en una especie de llanura abierta, con el Montseny al fondo en los días claros. Las tejas rojas del casco urbano forman una mancha compacta rodeada de campos que cambian mucho según la estación: verde intenso en primavera, amarillo seco cuando llega el calor.
El aire aquí suele oler a pino y a romero, sobre todo después de varios días de sol. Los domingos por la mañana es fácil cruzarse con gente que sube corriendo o caminando por los caminos, zapatillas blancas ya cubiertas de polvo claro.
Si vas en verano, conviene salir temprano o al final de la tarde. El sol cae fuerte en estas lomas y hay pocos tramos con sombra.
Cuando llegan las fiestas
En verano el ritmo cambia. Durante la fiesta mayor —que tradicionalmente se celebra a mediados de agosto— las calles se llenan de música, pólvora de los trabucaires y olor a carne a la brasa que sale de parrillas improvisadas en plazas y patios.
Por la noche aparecen los correfocs: diablos corriendo con chispas sobre las cabezas de la gente, tambores y niños mirando con mezcla de miedo y fascinación. El pueblo se alarga hasta bien entrada la madrugada, aunque a primera hora del día siguiente siempre hay movimiento otra vez en las panaderías y cafeterías.
También suele celebrarse una feria agrícola vinculada a San Isidro. Hoy tiene más de encuentro festivo que de mercado ganadero, pero todavía se ven tractores, perros pastores y gente del campo que baja de las masías cercanas.
Cómo perderse bien
Cardedeu funciona mejor cuando no se intenta recorrer con prisa. Hay momentos pequeños que explican el lugar mejor que cualquier listado: el sonido del agua moviéndose entre juncos en el arroyo cuando ha llovido varios días; una plaza casi vacía a la hora de la siesta; el eco de las campanas marcando el mediodía mientras el centro se queda en silencio durante unos minutos.
En invierno conviene venir abrigado. El viento que baja del Montseny suele colarse por las calles abiertas y la sensación térmica cae rápido cuando se pone el sol. En verano, en cambio, la sombra de los plátanos de las ramblas se vuelve un refugio bastante buscado a partir de media tarde.
Si te quedas hasta el final del día, notarás cómo el ruido del tráfico desaparece poco a poco y el pueblo vuelve a un silencio bastante limpio. Solo queda, de vez en cuando, el paso de algún tren en la distancia. Aquí ese sonido forma parte del paisaje desde hace más de un siglo.