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sobre Cerdanyola del Vallès
Ciudad universitaria sede de la UAB y con poblado ibérico destacado
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El turismo en Cerdanyola del Vallès tiene algo curioso. Es como ese compañero de piso que empezó viniendo los fines de semana y, cuando te diste cuenta, ya tenía cepillo de dientes en el baño. Barcelona fue creciendo, el Vallès se fue llenando, y Cerdanyola quedó ahí en medio: bastante grande para ser ciudad, pero con ese empeño raro de seguir funcionando como pueblo.
Y lo curioso es que lo consigue a ratos, incluso teniendo cercanías a Barcelona, una universidad enorme al lado y un parque tecnológico que parece sacado de otro planeta.
Cuando las flores estaban de moda
La primera vez que vine fue por error. Buscaba Collserola para hacer una ruta y el GPS me dejó aquí. Aparqué y pensé: “¿Esto qué es exactamente?”. Casas de veraneo modernistas mezcladas con bloques de los años 70, todo rodeado de pinos. Un collage urbanístico bastante peculiar.
Pero si caminas un poco empiezas a entenderlo. La calle Sant Francesc aún guarda ese aire de cuando algunas familias de Barcelona venían aquí a pasar el verano, a “tomar aires”, como se decía entonces. Varias casas modernistas de principios del siglo XX siguen en pie, con rejas curvas y decoración floral.
Hoy son viviendas normales: persianas de plástico, bicis en la entrada, algún coche aparcado donde antes habría un jardín. Y precisamente ahí está la gracia. Lo antiguo sigue ahí, pero conviviendo con la vida diaria.
El blues que nadie esperaba
Hay otro detalle que sorprende: el blues.
Desde los años 80, Cerdanyola organiza un festival dedicado a este género que durante unos días llena calles y plazas de guitarras y armónicas. No deja de ser curioso ver música nacida en el sur de Estados Unidos sonando entre pinos mediterráneos y edificios de barrio.
La sensación es un poco esa: músicos que llegan pensando que tocarán en una gran ciudad y se encuentran con un ambiente bastante cercano. Escenarios repartidos por el centro, gente que se sienta a escuchar un rato y luego sigue su camino.
Recuerdo ver a un tipo tocando la armónica sentado en un banco de la Rambla mientras terminaba de comer. Ese tipo de escena que no sabes muy bien si estaba programada o simplemente pasó.
La coca salada y otras cosas que se comen aquí
Si vienes esperando la típica ronda de tapas, mejor reajustar expectativas. En esta parte del Vallès lo que aparece a menudo en la mesa es la coca de recapte.
Para entendernos rápido: una base de masa fina con verduras asadas —normalmente escalivada— y a veces algo de embutido encima. Si la ves por primera vez, parece una pizza a la que alguien decidió quitarle el queso en el último momento. Pero funciona.
También están los panellets cuando llega Todos los Santos. En muchas pastelerías de Catalunya aparecen esas semanas, pero aquí suelen tomárselos bastante en serio: piñones, coco, café, chocolate… pequeños, contundentes y peligrosos si empiezas con “solo uno”.
Sant Marçal y la vieja iglesia del pueblo
A las afueras aparece el castillo de Sant Marçal, rodeado de campos y algo apartado del núcleo urbano. Lo normal es verlo desde fuera —no siempre es visitable—, pero su silueta sigue marcando el paisaje de la zona.
Muy cerca está la iglesia vieja de Sant Martí. El nombre tiene su lógica: cuando se levantó una iglesia nueva en el pueblo, esta pasó a ser “la vieja”. Así de directo.
El edificio mezcla etapas distintas, con base medieval y añadidos posteriores. Dentro se nota ese olor a piedra antigua que tienen muchas iglesias rurales, y si miras las paredes con calma se ven claramente las diferentes capas de historia.
El contraste: ciencia entre pinares
Y luego está el contraste grande de Cerdanyola.
A pocos minutos puedes pasar de calles tranquilas a un parque tecnológico lleno de empresas y centros de investigación. Oficinas modernas, gente trabajando con portátiles, laboratorios… todo bastante distinto de la imagen clásica de un pueblo del Vallès.
Lo curioso es que no parece un mundo separado. En las cafeterías cercanas se mezclan investigadores, estudiantes de la Autónoma y vecinos de toda la vida. He escuchado conversaciones sobre satélites o inteligencia artificial en la mesa de al lado mientras un señor explicaba cómo se hace una butifarra en condiciones.
Ese tipo de mezcla define bastante bien el sitio.
Consejo de amigo
No vengas esperando un “gran monumento”. Cerdanyola funciona mejor cuando la tomas como lo que es: una ciudad vivida.
Date una vuelta por la Rambla, siéntate un rato y mira alrededor. Verás a la mujer que lleva décadas comprando en el mismo mercado, estudiantes que van y vienen de la Autónoma y algún vecino que todavía recuerda cuando, según él, aquí “todo eran campos”.
A veces, hacia otoño, se celebra el Aplec de Sant Iscle en las afueras. Es una de esas fiestas populares con sardanas, comida y bastante ambiente local. Nada pensado para turistas, más bien para la gente del lugar.
Y si te apetece caminar un poco, el poblado ibérico de Ca n’Oliver queda cerca. No es un sitio gigantesco, pero tiene algo bonito: desde allí arriba se entiende muy bien el valle. Y piensas que, hace más de dos mil años, alguien eligió exactamente el mismo lugar para mirar el mismo paisaje.
Cerdanyola no tiene playa, ni un casco histórico de postal. Pero tiene algo que a veces cuesta encontrar cerca de una gran ciudad: vida normal. Gente trabajando, estudiando, quedando en la plaza y quejándose del tráfico como en cualquier sitio.
Y, qué quieres que te diga, a veces viajar también va de eso.