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sobre Collbató
Puerta de entrada sur a Montserrat famosa por sus cuevas de salitre
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A las nueve de la mañana, el sol todavía no ha entrado en la plaza de Collbató. Las paredes de piedra del pueblo guardan el frescor de la noche y el café del bar huele más intenso. Desde aquí, si alzas la vista, Montserrat se te viene encima: un muro de roca rojiza que parece querer tragarse el cielo. Es entonces cuando entiendes por qué el turismo en Collbató siempre ha estado ligado a la montaña que lo vigila desde arriba.
El olor a guano y la boca de la montaña
Las Coves del Salnitre huelen a tierra mojada y, si te fijas, a algo más antiguo. La entrada es estrecha, de esas que obligan a bajar la cabeza y aceptar que la montaña lleva aquí más tiempo que cualquiera de nosotros. Dentro, las estalactitas cuelgan como campanas de piedra y el guía suele señalar alguna especialmente larga mientras explica que estas formaciones crecen gota a gota, a un ritmo que casi no se percibe.
El recorrido no es largo —aproximadamente media hora—, lo suficiente para que los ojos se acostumbren a la penumbra y los oídos capten el silencio espeso de la roca.
Cuando sales, la luz te golpea de frente y el pueblo vuelve a su escala humana. Casas bajas, tendederos en las ventanas, el rastro de pan recién hecho que sale de alguna cocina. Collbató no busca grandes revelaciones; funciona mejor cuando se camina despacio.
La ermita donde el agua olía a huevo podrido
Subir a la Mare de Déu de la Salut es una cuesta tranquila, aunque en julio se nota en la espalda. La ermita es del siglo XIX y tiene ese aire neogótico algo inesperado en medio del monte. Cuando el sol entra por las vidrieras, las manchas de color caen sobre el suelo como si alguien hubiese derramado pintura.
A su lado está la fuente de la Salut. Antiguamente el agua era sulfurosa —de ahí el olor fuerte que muchos recuerdan—, aunque hoy ya no brota así. Aun así, todavía hay quien se acerca a tocar la piedra húmeda del muro.
Desde aquí se abre el valle del Llobregat. Abajo se mezclan campos, carreteras y polígonos industriales, una franja gris que recuerda lo cerca que está Barcelona aunque el silencio diga lo contrario.
Cuando el pueblo huele a azúcar y anís
Si pasas por Collbató el 1 de noviembre, es fácil encontrar mesas en la calle con bandejas de panellets recién hechos. Durante la Fira de Tots Sants, muchos vecinos siguen preparando dulces como se ha hecho siempre, con piñones pegados a la masa y hornos encendidos desde media mañana.
El olor se queda flotando entre las calles: azúcar tostado, anís, algo de humo de leña cuando empieza a caer la tarde. La feria no es grande y se recorre rápido, pero tiene ese ritmo de pueblo donde todo ocurre a pocos metros de la plaza.
A veces también aparece la olla barrejada, un guiso contundente que forma parte de la tradición local. No siempre se encuentra fuera de las casas, pero si coincide con alguna comida popular merece la pena acercarse.
El camino que sube a Montserrat (y el que no)
Uno de los senderos más conocidos hacia Montserrat arranca en Collbató y enseguida se mete entre pinos y roca clara. El trayecto ronda los ocho kilómetros y puede llevar algo más de dos horas si se camina sin prisa. Hay tramos de piedra y escalones naturales, así que conviene llevar calzado con algo de suela.
En primavera el aire huele a tomillo y romero, y en los márgenes del camino aparecen flores amarillas entre las rocas.
Si no te apetece subir, el propio pueblo da para una vuelta tranquila. Hay un pequeño recorrido por el casco antiguo que pasa por portales de piedra, escaleras estrechas y alguna casa con siglos encima. También está el recuerdo de Amadeu Vives, compositor nacido aquí; su casa familiar sigue en una de las calles del centro, con la fachada ocre y contraventanas verdes.
Consejo de la Elena
Ve un día entre semana de abril o mayo. A media mañana la luz cae de lado sobre las fachadas y el pueblo aún está tranquilo. Las cuevas se recorren con más calma y la plaza mantiene ese silencio de pueblo que todavía no ha arrancado del todo el día.
Lleva agua si vas a caminar hacia Montserrat y pisa con cuidado si ha llovido: la piedra del casco antiguo se vuelve lisa como jabón. Y si te quedas hasta la tarde, busca un banco con vistas a la montaña. Cuando el sol baja, Montserrat cambia de rojo a gris oscuro en cuestión de minutos. Aquí ese momento se ve muy claro.