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sobre Forès
El mirador de la Conca situado en lo alto de una colina con vistas que alcanzan hasta el mar
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Hay pueblos que funcionan como esos miradores de carretera donde paras cinco minutos y acabas quedándote media hora. No porque haya mil cosas que hacer, sino porque el sitio te obliga a bajar el ritmo. El turismo en Fores va un poco por ahí. Un puñado de casas en lo alto de la Conca de Barberà, muy poca gente viviendo todo el año y una sensación de estar mirando la comarca desde la última fila del anfiteatro.
Forès apenas ronda la cuarentena de vecinos. Eso ya te da una pista de cómo es el ambiente. No hay tráfico, no hay escaparates pensados para visitantes y muchas casas siguen siendo de piedra, con tejados rojizos y fachadas que han pasado más inviernos de los que cualquiera recuerda. El viento aquí sopla con ganas y se nota en las paredes, como esas chaquetas viejas que cuentan historias con cada arruga.
Un pueblo pequeño, pero colocado en lo alto
Forès está situado en una posición elevada. Cuando llegas en coche y aparcas, entiendes rápido por qué el lugar se fundó aquí. Desde varios puntos se abre la vista hacia buena parte de la Conca de Barberà.
La sensación es parecida a asomarte al balcón de un quinto piso después de pasar toda la mañana en una calle estrecha. De repente hay aire y distancia. Campos, pequeñas manchas de bosque y pueblos que se adivinan a lo lejos.
En días claros la vista se estira bastante. Y cuando corre el viento —algo bastante habitual— el paisaje parece moverse entero, como si alguien agitara una alfombra enorme de cultivos.
Calles cortas y piedra por todas partes
El casco del pueblo se recorre rápido. No es un sitio para perderse durante horas, más bien para caminar sin prisa y fijarse en los detalles.
Las calles son estrechas, empedradas en algunos tramos, y muchas acaban en pequeñas aperturas hacia el paisaje. A ratos tienes la sensación de estar andando por el patio trasero de una casa grande más que por un pueblo completo.
La iglesia parroquial, dedicada a Santa María, ocupa el centro. Es románica y bastante sobria, de esas que parecen construidas con la misma piedra que el suelo. El campanario marca la silueta del pueblo desde lejos. Dentro todo es sencillo: muros gruesos, poca decoración y ese silencio que recuerda al interior de una biblioteca antigua.
Restos de muralla y un torreón que aún aguanta
Forès conserva algunas huellas de su pasado defensivo. Al entrar todavía se percibe el antiguo portalón de la muralla, como una puerta que alguien dejó abierta hace siglos.
También quedan restos del castillo. No es una fortaleza completa ni algo monumental. Más bien un torreón y fragmentos que ayudan a imaginar cómo debía vigilarse el territorio desde aquí. Viéndolo entiendes la lógica: desde esta colina se controla bastante terreno alrededor.
Es un poco como colocar una silla en la esquina de una habitación para verlo todo.
Caminos rurales alrededor del pueblo
Si te gusta caminar, alrededor de Forès salen varias pistas agrícolas. Conectan el pueblo con masías dispersas y campos de cultivo.
No son rutas espectaculares ni de montaña. Son caminos tranquilos, de los que harías hablando con un amigo mientras cae la tarde. A ratos pasan entre almendros, a ratos entre campos abiertos donde apenas hay sombra.
En primavera los almendros suelen florecer y el paisaje cambia bastante. El contraste con la piedra del pueblo crea una escena sencilla, muy rural, sin adornos.
Comer aquí requiere algo de previsión
Conviene saberlo antes de venir: en Forès no hay restaurantes ni bares funcionando de forma regular. Es el tipo de sitio donde la vida diaria no gira alrededor del visitante.
Lo normal es traer algo de comida o parar antes en pueblos cercanos de la comarca. Montblanc o L'Espluga de Francolí, por ejemplo, concentran más movimiento y opciones para sentarse a comer con calma.
En toda esta zona el vino tiene bastante peso. La variedad trepat es bastante típica de la Conca de Barberà y algunas bodegas de la comarca suelen organizar visitas o catas. No ocurre dentro del propio Forès, pero sí relativamente cerca.
Un lugar tranquilo incluso para los estándares rurales
A lo largo del año el pueblo mantiene algunas celebraciones locales, sobre todo en verano, cuando vuelve gente que tiene aquí raíces familiares. No son fiestas grandes; más bien reuniones de vecinos y conocidos, de esas donde todo el mundo acaba hablando en la misma plaza.
Llegar no tiene mucha complicación si vas en coche. Desde Tarragona la distancia no es grande, aunque el último tramo ya entra en carreteras más tranquilas de interior. Transporte público hay poco, así que lo práctico sigue siendo conducir.
Forès no es un destino para llenar un día entero. Y dicho así puede sonar a crítica, pero en realidad es parte de su gracia. Es más bien una parada corta, como cuando sales a estirar las piernas en medio de un viaje largo. Das una vuelta, miras el paisaje desde lo alto y sigues camino con la sensación de haber descubierto un rincón que vive a su ritmo.