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sobre Montblanc
Capital medieval amurallada con un conjunto monumental excepcional y leyenda de Sant Jordi
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La luz de las siete de la tarde atraviesa la plaza Mayor y se posa sobre la piedra del ayuntamiento, caliente todavía del sol del día. En una terraza, un hombre mayor sopla la espuma de su cerveza mientras sus dedos, morenos y arrugados, tamborilean sobre la mesa de hierro. Nadie parece tener prisa. Es la hora en que Montblanc se queda en una especie de pausa: los grupos que han subido a las murallas ya están bajando y los escolares han desaparecido calle arriba.
Desde casi cualquier punto del casco antiguo, las murallas se dejan ver. No como un decorado medieval, sino como lo que son: una cicatriz de piedra que durante siglos marcó quién entraba y quién se quedaba fuera. Treinta y una torres vigilan un perímetro de alrededor de kilómetro y medio. Algunas están muy restauradas; otras conservan ese aire un poco cansado de las piedras que han aguantado demasiado tiempo.
Junto a la puerta de Sant Antoni hay un panel que recuerda la leyenda de Sant Jordi y el dragón. La gente se detiene, lee, hace la foto rápida y sigue caminando. Aquí la historia no viene explicada del todo. Hay que ir atando cabos.
Subir a las murallas al final de la tarde
El acceso al camino de ronda tiene su pendiente. Las escaleras de piedra están pulidas por siglos de pisadas y, si ha llovido, conviene subir con cuidado.
Arriba corre el viento. Desde ese punto el valle del Francolí se abre sin obstáculos: olivos en terrazas, alguna viña dispersa y el pueblo extendido bajo un manto de tejados de teja rojiza. El olor que llega a ratos es de romero y tierra seca.
En el siglo XIV Montblanc tuvo un peso político considerable dentro de Cataluña; aquí llegaron a reunirse las Corts Catalanas en varias ocasiones. Cuando se observa la posición del pueblo desde la muralla —dominando la llanura de la Conca de Barberà— se entiende mejor por qué.
Calles estrechas y la iglesia de Santa Maria
Bajar otra vez al interior del recinto es escuchar las propias pisadas contra el empedrado. Las calles son estrechas y algunas casas casi se tocan por los balcones. En una fachada aparece un escudo con águila bicéfala; en otra, una cruz tallada que recuerda antiguas órdenes militares que pasaron por aquí.
La iglesia de Santa Maria la Major aparece al final de una calle algo más oscura que las demás. El portal gótico es grande para un pueblo de este tamaño, y el rosetón filtra la luz como un tamiz cuando el sol cae de lado. A veces se la llama la Catedral de la Montaña.
Dentro huele a cera y a piedra fría. Las bóvedas pintadas de azul oscuro con estrellas doradas llaman la atención si entras cuando hay poca gente. A última hora de la tarde no es raro encontrar el interior casi vacío.
Cuando el pueblo se llena de capas: la Setmana Medieval
En abril, durante unos días, el ambiente cambia por completo. La Setmana Medieval llena las calles de puestos, capas, pendones y tambores. Hay demostraciones de oficios antiguos, olor a cuero recién trabajado y el sonido metálico de un martillo sobre el yunque.
La representación de la leyenda de Sant Jordi suele hacerse cerca de la puerta de Sant Antoni, donde la tradición sitúa el combate con el dragón. Los niños miran sin pestañear. Los adultos comentan el tiempo, beben vino en porró y se mueven despacio entre los puestos.
Cuando termina la semana, el pueblo recupera su ritmo habitual bastante rápido.
Lo que se come en las casas de la Conca
La cocina de la zona es directa y bastante ligada al calendario.
La coca de recapte aparece con frecuencia: base de pan o masa plana, escalivada y algo de embutido. Se come templada y sin demasiada ceremonia.
En Semana Santa suelen verse orelletes, muy finas y cubiertas de azúcar.
El relleno de Montblanc —dulce, con boniato y piñones— todavía se prepara en algunas casas cuando hay celebraciones.
En la comarca también se está recuperando el cultivo del azafrán, que tradicionalmente formó parte de la economía local y vuelve a aparecer en algunos arroces.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
La primavera suele ser el momento más agradable para caminar por Montblanc, cuando los campos de alrededor empiezan a ponerse verdes. Septiembre también funciona bien, con la Festa Major dedicada a la Mare de Déu de la Serra.
Si puedes elegir, mejor entre semana. En agosto el casco antiguo se llena de coches y de gente subiendo y bajando de las murallas, y el ambiente cambia bastante.
Trae calzado cómodo. Las calles suben y bajan sin avisar y el empedrado, cuando está húmedo, resbala.
Y si coincide un día de lluvia ligera, no es mala idea salir a caminar igualmente: el olor de la piedra mojada dentro de las murallas es uno de esos detalles que explican el carácter del lugar.
El pueblo visto desde el río
Un poco más abajo del casco antiguo hay un puente de piedra sobre el Francolí, conocido como Pont Vell. Desde el pretil se ve Montblanc entero: la línea de murallas, la torre de la iglesia sobresaliendo y los tejados apretados unos contra otros.
El río baja lento, a veces verdoso después de la lluvia. No es raro ver ciclistas parando un momento antes de seguir ruta por la comarca.
Para muchos será solo una parada en el camino. Pero si te quedas un rato más —cuando la luz empieza a bajar y el ruido se calma— Montblanc deja de parecer un escenario medieval y vuelve a ser lo que siempre ha sido: un pueblo de piedra que sigue respirando a su propio ritmo.