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sobre Solivella
Pueblo dominado por las ruinas de su castillo de los Llorac y calles con historia
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Hay pueblos que te piden una lista de cosas que ver, y otros a los que llegas porque la carretera secundaria parecía interesante. Solivella es del segundo tipo. Este municipio de la Conca de Barberà, con poco más de seiscientos vecinos, no se vende con un cartel de “pueblo bonito”. Es más bien ese sitio donde aparcas junto a la plaza sin saber muy bien qué esperar, y empiezas a andar.
El turismo en Solivella no es una actividad programada. Es lo que pasa cuando dejas el coche y te metes por una calle estrecha, sin más guía que la curiosidad.
Perderse (sin llegar a perderse) por las calles
Caminar por aquí es fácil, porque enseguida te das cuenta de que el núcleo es pequeño. Calles cortas, alguna cuesta suave y plazas que son más como ensanchamientos del asfalto. No busques un casco histórico espectacular; busca portales viejos con la piedra desgastada, alguna fuente donde todavía se llena una botella, y el lavadero público que te recuerda cómo era el día a día antes.
La iglesia de San Juan Bautista sobresale entre los tejados. Su campanario es útil: cuando lo ves, sabes más o menos dónde estás. Esa es toda la orientación que necesitas.
El paisaje que no para: viñas y trabajo
En cuanto sales del último edificio, empiezan los campos. Esto es la Conca de Barberà en estado puro: un mosaico de viñas, olivos y almendros que cambia de color con las estaciones. No es un decorado para fotos; es tierra que se trabaja. Entre semana es normal cruzarse con tractores o ver a gente podando.
Si sabes un poco de vino, o simplemente te fijas en los carteles, verás que aquí la reina es la trepat. Esa uva oscura y autóctona le da carácter a los tintos de la zona y define buena parte del paisaje.
Caminar para conectar pueblos
Desde Solivella salen caminos rurales hacia Montblanc, Barberà de la Conca o Vallclara. Son pistas agrícolas, a veces pedregosas, pensadas más para el tractor que para el senderista con bastones ultraligeros.
No tienen dificultad técnica, pero sí requieren calzado decente y agua en verano. La gracia está en eso: en ponerte a andar sin un hito monumental como premio final, solo con la idea de llegar al siguiente pueblo para tomarte algo.
Comer y beber según el día
La cocina aquí va ligada al calendario rural: embutidos caseros, aceite local y platos contundentes que apetecen más cuando refresca. El vino es parte esencial. Hay bodegas por la comarca que trabajan con la trepat y algunas organizan visitas, pero no cuentes con encontrar todo abierto un martes por la tarde.
Un consejo práctico: Solivella es pequeño. Si vas entre semana o fuera de temporada alta, puede que el único bar abierto sea el de la plaza… o ninguno. No está de más llevar agua y saber que en pueblos cercanos hay más opciones.
Sobre dos ruedas por carreteras vacías
Esta zona es conocida entre ciclistas precisamente por lo que no tiene: tráfico. Las carreteras secundarias son estrechas, tranquilas y conectan pueblos en distancias cortas. No esperes puertos de montaña; espera subidas suaves entre viñedos interminables y largas rectas donde el único ruido es el de tus propias ruedas.
Es ese tipo de ruta en la que sales a rodar sin estrés, parando cuando quieres en un pueblo silencioso donde solo se mueve una persiana