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sobre Cornellà del Terri
Municipio formado por varios núcleos en el valle del Terri; famoso por su tradición de plantar el árbol de mayo
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A las ocho de la mañana, la niebla del río se enrosca entre los chopos como una manta gris. Desde el puente de Cornellà, el agua del Terri corre callada, casi escondida entre la vegetación de la orilla, mientras un gallo canta en alguna de las masías dispersas por el valle. Es el momento en que el pueblo despierta sin prisa, con ese silencio de las primeras horas en los pueblos del Pla de l'Estany.
El tiempo que se queda quieto
Cornellà del Terri no es un lugar de recorridos rápidos. Los distintos núcleos que forman el municipio —Sant Andreu, Borgonyà, Corts, los Pujals y otros pequeños grupos de casas— aparecen repartidos por la llanura agrícola, separados por campos y caminos estrechos. Conducir por aquí implica bajar la velocidad: tractores, curvas suaves y algún ciclista que atraviesa el Pla de l'Estany de punta a punta.
Las carreteras comarcales pasan entre campos de maíz, cereal y pequeñas arboledas. De vez en cuando aparece una iglesia románica aislada, muchas veces rodeada de prados.
La de Sant Climent, en el centro de Cornellà, tiene esa piedra tostada que el sol y los inviernos van apagando con los años. El campanario de dos ojos se ve desde bastante lejos cuando el cielo está limpio. Dentro suele hacer fresco incluso en verano, y el olor mezcla cera, piedra húmeda y madera vieja de los bancos.
Cuando el río movía fábricas
En Borgonyà, el sonido del agua cambia. El Terri, tranquilo en otros tramos, aquí se utilizó durante mucho tiempo para mover molinos y pequeños talleres. En algunos puntos todavía quedan muros de piedra y canales que delatan ese pasado. Con los años llegaron actividades industriales más grandes —hubo fábrica de papel y después textil, según cuentan los vecinos— aunque hoy apenas quedan restos entre la vegetación.
Una mujer mayor que regaba su huerto me habló de esa época. Su madre, decía, llegó desde la zona de Olot a mediados del siglo pasado para trabajar en una de aquellas fábricas. “Venía andando por la carretera vieja, con un hatillo de ropa”, recordaba. Ahora el lugar es poco más que ruinas cubiertas de hiedra y los vencejos cruzando el cielo al atardecer, pero el río sigue pasando con la misma calma.
El baile que aparece en Pascua
El lunes de Pascua el pueblo suele cambiar de ritmo. Ese día se levanta el llamado Arbre de Maig —un pino alto, colocado en la plaza— y se representa el Ball del Cornut, una danza tradicional que aquí se mantiene viva.
Los hombres se visten con ropa de payés y máscaras de cartón, mientras la música de gralla marca el paso del baile. Nadie parece ponerse del todo de acuerdo sobre el origen: algunos lo relacionan con antiguos ritos agrícolas, otros lo ven como una broma sobre los celos y los matrimonios. Sea cual sea la explicación, durante unas horas el pueblo gira alrededor de ese ritual.
Una vez vi a un niño mirando fijamente a uno de los bailarines, que resultó ser su padre. El hombre daba vueltas muy serio bajo la máscara, mientras el niño no paraba de reír. En pueblos así, las tradiciones pasan de una generación a otra casi sin darse cuenta.
Caminos junto al Terri
Alrededor del municipio salen varios senderos que recorren la ribera del Terri o conectan con pequeños núcleos cercanos. No son rutas espectaculares ni tienen grandes desniveles; atraviesan campos, bosques de ribera y caminos agrícolas que los vecinos siguen utilizando a diario.
Uno de los paseos más agradables sube hacia Sant Miquel de Sords. La ermita románica aparece entre árboles, apartada de la carretera. La puerta no siempre está abierta, pero el entorno ya justifica el desvío: silencio, alguna campana lejana y el zumbido constante de insectos en verano.
Para caminar, las horas más cómodas suelen ser a primera hora de la mañana o a última de la tarde. En pleno mediodía el sol cae fuerte sobre la llanura y hay pocos tramos de sombra.
Lo que no vas a encontrar aquí
Cornellà del Terri funciona con el ritmo de un pueblo agrícola. En la plaza hay un bar donde a primera hora se juntan los que empiezan la jornada en el campo. El tema de conversación suele ser el mismo: el tiempo, el precio del cereal o si este año lloverá lo suficiente.
No hay tiendas pensadas para visitantes ni calles preparadas para pasear mirando escaparates. Lo que sí hay son huertas bien cuidadas, gallinas sueltas en algunos patios y tractores que entran y salen del pueblo a lo largo del día.
La cocina que se ve en las mesas de las casas sigue muy ligada a lo que se cultiva alrededor: calçots cuando toca temporada, tomates maduros en verano, setas cuando llegan las lluvias de otoño.
Cuándo ir y cuándo no
Abril y mayo suelen ser los meses más agradecidos para recorrer Cornellà del Terri. El Terri baja con agua, los campos están en pleno crecimiento y por la mañana aparece esa niebla baja que tarda un rato en levantarse.
Agosto puede resultar pesado. El calor se queda atrapado en la llanura y los mosquitos del río se hacen notar al caer la tarde. Aun así, el pueblo nunca llega a saturarse.
Cuando te marches, la carretera que atraviesa el Pla de l'Estany vuelve poco a poco al ruido del tráfico. Durante unos minutos todavía verás el campanario de Sant Climent asomando por encima de los árboles. Luego desaparece detrás de los campos.