Artículo completo
sobre Cunit
Municipio costero residencial con largas playas protegidas por espigones y una iglesia románica cerca del mar
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las nueve de la mañana de un martes de junio, la arena de Cunit todavía conserva la huella de los primeros bañistas. Los niños han dibujado castillos con fosos que aún no se han secado. El agua llega despacio, sin prisa, formando un plato grande y azul donde muchos críos dan aquí sus primeras brazadas. Desde uno de los espigones se ve toda la línea de costa: Calafell hacia un lado, Cubelles hacia el otro, y en medio Cunit, curvándose alrededor de su playa amplia.
La playa que no es de postales
En algunas postales antiguas se hablaba de esta bahía como uno de los rincones de veraneo del antiguo litoral del Garraf. Hoy el paisaje es distinto. La arena sigue siendo fina y clara, pero las antiguas villas dejaron paso hace décadas a bloques de apartamentos levantados durante el crecimiento turístico de la costa.
Aun así, cuando el sol cae casi vertical al mediodía y el agua se vuelve transparente en la orilla, se entiende por qué tanta gente empezó a venir aquí a pasar los veranos.
La playa suma algo más de dos kilómetros y medio. Los espigones, repartidos a lo largo de la bahía, frenan el oleaje y dejan zonas de agua muy tranquila. Por eso es habitual ver a familias pasando horas enteras cerca de la orilla mientras los niños montan canales en la arena con cubos y palas.
En agosto el ambiente cambia bastante. Las toallas se alinean entre espigón y espigón y encontrar espacio requiere paciencia. Si puedes elegir, ven entre semana o fuera de julio y agosto. En junio o septiembre el paseo marítimo tiene otro ritmo: gente que camina temprano, pescadores al final de los espigones y terrazas abriendo sin prisa.
Subir a las colinas del interior
Detrás de la primera línea de mar el terreno empieza a levantarse poco a poco. No son montañas, más bien colinas suaves cubiertas de pinos y matorral mediterráneo. El cerro de l’Avenc ronda los 140 metros y el turó de la Nina se acerca a los 200, los puntos más altos del término municipal.
Desde arriba el contraste es claro: delante el Mediterráneo, casi plano; detrás el mosaico de viñas y campos que anuncian el Penedès.
Hay varios caminos de tierra que atraviesan antiguas zonas de masías. Al caminar se mezclan el olor a romero, el polvo seco del sendero y, cuando sopla brisa del sur, un leve olor a sal que llega desde la costa. Algunas de esas casas rurales siguen en pie; otras quedaron integradas en urbanizaciones más recientes.
En la parte alta del municipio quedan restos del antiguo castillo de Cunit, documentado en época medieval. Hoy lo que se distingue es sobre todo la torre y algunos muros. Cerca está la iglesia de Sant Cristòfol, de origen románico aunque muy transformada con los siglos. La piedra es rugosa y clara, y dentro la luz entra tamizada por las ventanas estrechas.
Tradicionalmente el día de Sant Cristòfol, a comienzos de julio, se celebra una romería que baja hacia el mar. No es una procesión grande; más bien un encuentro de vecinos que mantienen la costumbre.
Fiestas que marcan el calendario
En invierno el carnaval anima unos días el pueblo. No tiene el tamaño de otros de la costa catalana, pero participa mucha gente del municipio: comparsas, música y el final simbólico del entierro de la sardina cerca de la playa.
La noche de Sant Joan es probablemente la fecha más movida del año en el paseo marítimo. Al atardecer empiezan a aparecer las primeras hogueras en la arena y el olor a madera quemada se mezcla con la brisa del mar. Más tarde llegan los petardos, la música y la gente que se acerca a mojarse los pies a medianoche.
Como en muchos pueblos de la costa, el calendario festivo se concentra sobre todo en verano, cuando la población prácticamente se duplica.
Comer a paso lento
La cocina que encontrarás en Cunit es la de las casas del litoral del Penedès. Arroces hechos con calma —a menudo con pollo y conejo más que con marisco—, coca de recapte con escalivada y butifarra, y en invierno calçots asándose sobre llamas que dejan el aire con olor a sarmiento quemado.
El xató aparece a veces en las cartas, aunque es más propio del interior del Penedès y del Garraf. Aun así, cuando está bien hecho, la salsa de romesco espesa y la escarola crujiente funcionan.
Si te acercas al mercado municipal por la mañana verás un ambiente muy cotidiano: fruta, pescado del día, pan reciente. Los martes y viernes suele haber también puestos en la plaza. No es un mercado pensado para turistas; es donde compra la gente del barrio.
Cómo y cuándo
Cunit está conectada con Barcelona por tren de cercanías. El trayecto suele rondar la hora larga, dependiendo del servicio. La estación queda a unos diez minutos andando de la playa.
En coche se llega rápido por la costa, aunque en pleno verano aparcar cerca del paseo puede convertirse en una vuelta tras otra buscando hueco. Una opción práctica es dejar el coche cerca de la estación o en calles algo más interiores y bajar caminando.
Los meses más agradables suelen ser junio y septiembre: el agua ya está templada y la playa respira. En octubre, cuando entra viento del norte, el mar cambia de color y el paseo queda casi vacío. Y si vienes en pleno agosto, conviene madrugar un poco: antes de las diez la arena todavía está fresca y el día empieza con más calma.