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sobre El Bruc
Localidad histórica a los pies de la montaña de Montserrat famosa por la leyenda del tamborilero
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A las seis de la mañana, la niebla se agarra a los pinares como una manta húmeda. Desde la plaza Mayor, Montserrat surge de pronto, imposible, un muro dentado contra el cielo gris perla. El pueblo aún duerme. Solo se oye el agua del torrente y, muy lejos, el primer camión que sube la C‑15 hacia Igualada.
El Bruc no es un lugar que se entienda de un vistazo. Hay que caminarlo. Empezar por la calle de Sant Pau, donde las casas bajas conservan portones de madera gastados por la intemperie y balcones de hierro forjado algo torcidos. El olor a leña quemada sale por las chimeneas; en invierno todavía hay muchas estufas alimentadas con lo que da la montaña. En los meses fríos el aire pica en la cara; en verano, en cambio, las paredes de piedra guardan una frescura parecida a la de una bodega.
El eco que espantó a Napoleón
Sube por el carrer del Timbaler. Es una cuesta empinada, empedrada, que resbala cuando llueve. Arriba espera el monumento: un muchacho de bronce con su tambor mirando hacia Montserrat. La estatua se levantó a mediados del siglo XX, pero la historia que recuerda es bastante anterior.
La tradición habla de Isidre Lluçà, un chico de Santpedor. En junio de 1808, durante los primeros enfrentamientos con las tropas napoleónicas, habría hecho sonar un tambor en estas montañas. El eco de Montserrat multiplica los golpes y los devuelve desde distintas paredes de roca; quienes lo cuentan dicen que el ruido hizo pensar a los soldados franceses que había más gente escondida en la sierra.
Cuando el aire está quieto, el efecto todavía se nota. Si das una palmada fuerte cerca de los roquedos, el sonido rebota varias veces antes de apagarse.
A comienzos de junio el pueblo recuerda aquel episodio con la Fiesta del Timbaler. Durante un fin de semana suelen escucharse grallas, tambores y música en la plaza. El ambiente es más de reunión vecinal que de gran evento. El domingo por la tarde ya empieza a vaciarse.
Caminos que se bifurcan en la roca
Desde la plaza, un cartel indica «Castell, 25 min». El sendero sube entre almendros y pinos carrascos. Las piedras suenan huecas bajo las suelas. En la cresta quedan restos del antiguo castillo: muros bajos de cal gris y un aljibe medio cubierto de vegetación.
Desde arriba se abre todo el valle. Se ve la carretera serpenteando, los tejados rojizos del Bruc y, detrás, la silueta de Montserrat cambiando según pasan las nubes. Si el día es cálido, el aire huele a romero y resina.
Más exigente es la ruta que parte del collado de Can Maçana y se adentra en la zona de les Agulles. El sendero entra en un bosque claro y luego se acerca a esas agujas de roca que parecen clavadas en la montaña. Conviene llevar agua: una vez dentro apenas hay fuentes. La piedra es áspera y el terreno tiene tramos irregulares. En días despejados, desde algunos claros, llega a distinguirse una franja plateada que muchos identifican con el mar.
Iglesias que han visto pasar siglos
La parroquia de Santa Maria aparece en lo alto del casco antiguo. La torre, de origen románico, es sobria: piedra basta y casi ningún adorno. A mediodía las campanas todavía marcan el ritmo del pueblo; el sonido rebota contra la montaña y tarda unos segundos en apagarse.
Dentro la nave es oscura, con olor a cera y a madera vieja. Un retablo barroco representa la batalla del Bruc con soldados, humo y un tambor en primer plano.
Más abajo, junto al torrente, está Sant Pau Vell. Se menciona en documentos medievales y durante siglos ha funcionado como iglesia auxiliar. A su lado queda la antigua casa rectoral, con un portal de piedra rosada. En el pequeño jardín crece un algarrobo muy grande que en verano concentra buena parte de la sombra del lugar.
En agosto, algunos domingos por la mañana todavía se reúne gente allí. Después de la misa es habitual ver corrillos de vecinos charlando un buen rato antes de volver a casa.
Aceite y carquiñolis: dulzor de montaña
Aquí la cocina es sencilla y muy ligada al campo. En muchas casas siguen preparando escalivada con berenjena y cebolla asadas directamente sobre la brasa, alioli espeso y pan de pagès tostado.
Para llevar, los carquiñolis son casi una seña del pueblo: galletas alargadas, secas y crujientes, con almendra. Por las mañanas, cuando se están horneando, el olor dulce se queda flotando en el carrer Major.
El aceite también forma parte del paisaje. Los olivos —arbequina y otras variedades locales— crecen en bancales secos, muy expuestos al viento que baja de Montserrat. El resultado suele ser un aceite verde, con un punto picante al final.
Cuándo ir y qué evitar
La primavera cambia bastante el aspecto del entorno. Los almendros florecen y el suelo alrededor del pueblo se llena de hierba fresca. Abril puede traer tormentas rápidas, así que no sobra un cortavientos si vas a caminar.
Agosto es seco y caluroso, y coincide con bastante movimiento de escaladores camino de Montserrat. Si vienes en esos días, merece la pena madrugar: a primera hora la roca aún guarda algo de la frescura de la noche.
En invierno el viento puede soplar con fuerza en los collados. No suele nevar mucho, pero el frío se mete entre las casas.
El café del pueblo se toma despacio, en un local sencillo cerca de la plaza. Azulejos claros, una máquina de espresso que resopla y vecinos que entran y salen. Un tallat caliente entre las manos y, delante, la montaña cambiando de color a medida que avanza la mañana. No hace falta mucho más.