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sobre El Masnou
Villa marinera con puerto deportivo y tradición náutica muy cerca de Barcelona
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El turismo en El Masnou me recuerda a ese amigo que vive cerca de la playa y siempre acaba organizando los planes del verano. No es el que más presume del grupo, pero cuando te das cuenta estás yendo a su casa cada fin de semana. A unos 20 minutos en tren de Barcelona, este pueblo del Maresme vive con esa doble vida bastante clara: entre semana muchos vecinos bajan a la ciudad a trabajar; cuando llega el buen tiempo, medio área metropolitana aparece por aquí buscando mar y algo de aire.
El truco del Masnou
La primera vez que bajé del tren pensé que me había equivocado de estación. Desde el andén se ven bloques de pisos bastante normales, como los de muchos municipios pegados a Barcelona. Pero el truco del Masnou está en caminar cinco minutos hacia el mar.
Ahí cambia la cosa: aparecen las calles más antiguas, la playa de Ocata con su franja larga de arena clara y el puerto deportivo lleno de mástiles que se balancean todo el día. El contraste es curioso: detrás tienes la línea de tren y los edificios; delante, un Mediterráneo bastante más tranquilo que el de la capital.
Otra historia curiosa del pueblo es la tradición del anís. En el siglo XIX empezó a elaborarse aquí un anís bastante conocido en Cataluña y la producción acabó formando parte de la identidad local. Hoy todavía se asocia el pueblo con esa bebida, aunque la mayoría de gente la descubre casi por casualidad.
Cuando el mar se mete en la nevera
La cocina local sigue bastante pegada al mar. Bacalao en esqueixada, sardinas cuando toca temporada, arroces que saben a costa más que a interior. Nada muy rebuscado, más bien platos que aquí llevan décadas repitiéndose en las mesas familiares.
Y luego está el vino. El Masnou queda prácticamente a las puertas de la zona vinícola de Alella, una de las denominaciones de origen más pequeñas de Cataluña. En época de vendimia suele haber actividades relacionadas con el vino por la comarca, y se nota que la cultura del moscatel sigue bastante presente.
Un consejo de amigo: si comes cerca del puerto, fíjate en las mesas donde parece que todo el mundo se conoce. En los sitios donde ves familias, grupos que se saludan de mesa a mesa y camareros que llaman a la gente por su nombre, normalmente es buena señal.
Un modernismo que no mucha gente espera
Otra cosa que sorprende cuando paseas por el centro es la cantidad de casas de finales del XIX y principios del XX. El Masnou tuvo bastante movimiento comercial ligado al mar y a la industria, y eso dejó edificios curiosos repartidos por varias calles.
Hay antiguas casas señoriales, viejas fábricas reconvertidas y algunas fachadas modernistas que aparecen cuando menos te lo esperas. No es una ruta monumental de las que salen en todas las guías, pero si vas caminando sin prisa empiezas a ver detalles: balcones trabajados, portales enormes, patios interiores que se adivinan desde la calle.
Y luego está el cementerio antiguo, en una zona algo elevada. Es de los que se construyeron en el siglo XIX, con panteones familiares bastante elaborados. Pasearlo tiene ese punto extraño de museo al aire libre donde cada tumba parece querer contar quién mandaba aquí hace cien años.
El Masnou real vs el Masnou postal
Aquí viene la parte menos romántica. El Masnou real no es un decorado marinero intacto. Hay bastante coche, bastantes bloques de viviendas y esa sensación de municipio pegado a una gran ciudad.
Pero también tiene escenas bastante cotidianas que le dan vida: gente entrenando en el mar a primera hora, jubilados jugando a petanca cerca de la estación, familias paseando por el paseo marítimo cuando baja el sol.
¿Merece la pena acercarse? Depende de lo que esperes. Si buscas un pueblo de postal del Mediterráneo quizá no sea ese lugar. Pero si quieres una playa amplia donde bañarte sin el caos de Barcelona, comer bien y ver cómo funciona un pueblo costero de verdad a pocos kilómetros de la capital, tiene bastante sentido.
Mi rutina cuando voy es sencilla: tren desde Barcelona, desayuno en una panadería del centro con pan con tomate y algo salado, paseo hasta Ocata para un baño rápido y luego caminar un rato por el puerto. A veces entro también en el pequeño museo local dedicado a la tradición marítima del pueblo, que ayuda a entender por qué aquí el mar no es solo paisaje.
Si queda energía, hay unas escaleras que conectan la zona baja con la parte más alta del municipio y que durante años fueron uno de los pasos habituales entre el litoral y el interior. No son muchas, pero te dejan claro lo empinada que puede ser esta franja del Maresme.
El Masnou no va a competir con los destinos más famosos de la costa catalana. Pero tiene algo que cada vez se ve menos cerca de Barcelona: vida normal alrededor del mar. Y a veces eso vale más que cualquier postal.