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sobre El Pont de Vilomara i Rocafort
Destaca por su magnífico puente medieval sobre el Llobregat
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A las nueve de la mañana, el sol todavía no ha terminado de salir sobre el Llobregat. Desde el puente se oye el agua mover las piedras del río, ese sonido seco y constante que hace cuando baja claro después de varios días sin lluvia. Abajo, un señor mayor saca la caña de pescar del maletero de un coche pequeño aparcado junto a la orilla. No hay casi nadie. Solo el olor a pan recién hecho que llega desde la carretera de Manresa.
El turismo en El Pont de Vilomara i Rocafort tiene algo de esto: momentos tranquilos que aparecen si llegas temprano y te quedas un rato mirando. No es un municipio que se enseñe de golpe. Hay que caminar un poco, cruzar el río, subir alguna cuesta.
Las casas del núcleo antiguo son bajas, muchas de piedra y tejado cerámico, con persianas verdes que se levantan despacio a media mañana. Algunas calles suben hacia la iglesia parroquial entre fachadas estrechas y balcones donde todavía se ven sábanas tendidas cuando sopla algo de viento.
El puente que da nombre al pueblo
El puente de piedra que cruza el Llobregat es la pieza que organiza todo. Suele fecharse en la Edad Media, probablemente hacia el siglo XIII, aunque con reformas posteriores. Tiene varios arcos que salvan el río y un pretil ancho donde la gente se para a mirar el agua o a charlar un rato.
No funciona como monumento aislado. Es parte del día a día: paso para cruzar de un lado a otro del pueblo, lugar donde los jubilados se sientan un rato al sol, o donde los adolescentes se quedan hablando cuando cae la tarde.
La piedra del centro está más lisa que la de los bordes, gastada por siglos de pasos. Si te acercas al pretil verás marcas en algunos sillares, señales que dejaron los canteros cuando cada bloque aún tenía dueño. En invierno, cuando el río baja cargado y oscuro, el agua golpea los pilares y el sonido sube hasta el tablero del puente como un rumor grave.
La subida hacia Rocafort
Rocafort queda a pocos kilómetros, pero la carretera se retuerce bastante al ganar altura. Es estrecha en algunos tramos, con curvas donde conviene tomárselo con calma.
Subir temprano tiene sentido aquí. A primera hora la niebla suele quedarse atrapada entre los pinares y el aire huele a resina y a tierra húmeda. Cuando despeja, el paisaje del Bages aparece poco a poco: campos de cereal, manchas de encina, alguna masía aislada.
En lo alto quedan los restos del castillo de Nespola, que ya aparece citado en documentos medievales tempranos. Hoy se ven sobre todo muros caídos y parte de una torre de planta cuadrada. Desde alrededor del cerro se abre una vista amplia del entorno, con las lomas suaves del Bages extendiéndose en todas direcciones.
A medio camino está la iglesia de Santa Maria de Matadars, uno de esos templos muy antiguos que sobreviven con pocas transformaciones. El edificio suele situarse en torno al siglo X. La puerta es baja, de piedra irregular, y dentro hay ese olor frío de los lugares que han pasado muchos inviernos cerrados. La luz entra por el pequeño óculo del ábside y cae en diagonal sobre el suelo de piedra.
Las tines y la memoria del vino
En las laderas cercanas aparecen varias tines, antiguas construcciones de piedra seca vinculadas al trabajo del vino. Algunas están escondidas entre encinas, alcornoques y matorral. Las llamadas tines d'en Bleda son de las más conocidas en la zona.
Son estructuras cilíndricas donde se pisaba la uva y se iniciaba la fermentación. Hoy están vacías, muchas con hojas secas dentro, pero la forma se reconoce enseguida. La entrada obliga a agacharse un poco y, una vez dentro, el silencio es casi de cueva.
En las paredes todavía se distingue el hueco por donde se sacaba el vino. Cuesta imaginar la actividad que habría aquí en septiembre: cestos de uva llegando desde las viñas cercanas, gente entrando y saliendo, el mosto escurriendo por la piedra.
En primavera el entorno cambia bastante. Crecen romeros y retamas amarillas entre las rocas, y el olor se mezcla con el de la tierra caliente. A ratos solo se oye a las abejas; otras veces llega desde lejos el ruido de alguna máquina trabajando en el monte.
Cuándo acercarse
La primavera suele ser el momento más agradecido en esta parte del Bages. Los campos están verdes, los almendros florecen en algunas fincas y las temperaturas permiten caminar sin demasiado calor.
Septiembre también tiene su interés: todavía hace buen tiempo y en los campos cercanos empieza el movimiento de la vendimia.
En agosto, sobre todo los fines de semana, el ambiente cambia bastante. Llega más gente desde Manresa y desde el área de Barcelona y el pueblo pierde parte de esa calma de primera hora.
Si vas a subir a Rocafort caminando o en bici, lleva agua y algo de protección contra el sol. Hay tramos sin sombra y no siempre encontrarás fuentes por el camino. Y si ha llovido recientemente, el acceso a algunas tines puede estar resbaladizo: el barro aquí se pega a las suelas.
El Pont de Vilomara i Rocafort mantiene un ritmo bastante cotidiano. Un par de bares donde se reúne la gente del pueblo, servicios básicos, vida tranquila alrededor del río. Al atardecer, cuando la luz baja por el valle del Llobregat, las piedras del puente se vuelven doradas durante unos minutos y el agua corre oscura debajo. No hace falta mucho más para quedarse un rato.