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sobre Estamariu
Pueblo de montaña con una joya del románico; vistas al Cadí
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El primer sonido, antes del amanecer, es el roce de la brisa en las agujas de los pinos. Luego, el olor a tierra mojada y a piedra fría. Estamariu se despierta con lentitud, pegado a la ladera. El turismo en Estamariu no es una lista de cosas que ver; es un ritmo. El de los pasos sobre la grava suelta de sus calles, el del agua que baja por alguna reguera escondida.
Las casas parecen crecer de la montaña. Sus muros son de losa gris y pizarra oscura, con juntas irregulares de argamasa. En algunas puertas hay azadas oxidadas apoyadas; en otras, un banco de madera gastado por el uso. No es un decorado. Se nota que la gente vive aquí: hay leña cortada para el invierno, persianas verdes que se suben a las ocho, el ruido de una radio a media mañana desde una cocina abierta.
La iglesia de Sant Pere
Para llegar a ella hay que subir una cuesta empedrada, entre muros altos que guardan el fresco. La iglesia de Sant Pere es maciza, con una espadaña que recorta el cielo. La piedra no cambia de color; lo que cambia es la luz que le da. A mediodía es casi blanca; al atardecer, se vuelve dorada y áspera.
Dentro huele a cera vieja y a polvo. Los bancos están desgastados por los codos y las rodillas. Si tienes suerte y la encuentras abierta —cosa que pasa más por las mañanas, después de misa—, date un momento para que los ojos se acostumbren a la penumbra. No hay guías ni folletos. Solo el espacio quieto.
Los caminos que salen del pueblo
No hace falta un mapa. Basta con seguir cualquier sendero que se aleje de las últimas casas. Uno conduce a un grupo de bordas, construcciones bajas de piedra donde se guardaba el forraje. Los tejados de losa están cubiertos de musgo; las puertas, cerradas con aldabas de hierro negro.
Desde allí se ve el valle del Segre, una franja ancha entre montañas. Las antiguas terrazas de cultivo dibujan líneas en la ladera opuesta, ahora invadidas por boj y aliagas. Si caminas en silencio, es fácil cruzarse con rebaños pequeños de ovejas, con sus cencerros haciendo un tintineo disperso.
El tiempo en este lugar
En otoño, el bosque cruje bajo los pies con una capa espesa de agujas de pino. En invierno, cuando la nieve llega —y algunos años llega con ganas—, el pueblo se queda mudo, aislado por la carretera blanca. La primavera trae un verde repentino a los prados y el sonido del agua corriendo por todas partes.
Pero es en las primeras horas cuando Estamariu se muestra más claro. Antes de que los coches suban por la carretera comarcal. Cuando solo se oye el viento y, quizás, el golpe de una puerta al cerrar.
Para tener en cuenta
Aquí no hay tiendas ni bares con horario fijo. Si necesitas algo, tendrás que bajar a Organyà o a La Seu d’Urgell. Trae agua contigo, sobre todo si piensas caminar.
Ven temprano. A partir del mediodía, el sol pega fuerte en la ladera y la luz plana pierde matices. Además, es cuando suelen pasar los coches de paso, rompiendo ese silencio profundo que es, quizás, lo mejor que lleva uno puesto al marchar.