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sobre Castelldans
Pueblo agrícola con un museo del aceite y del mundo rural; entorno de secano
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A primera hora, cuando el sol todavía llega bajo desde el este, los olivos alrededor de Castelldans proyectan sombras largas sobre la tierra seca. El suelo es claro, casi dorado, y entre los troncos retorcidos corre un viento suave que mueve las hojas plateadas. El pueblo aparece al fondo, compacto, con casas de piedra y tejados bajos que apenas sobresalen del paisaje agrícola de Les Garrigues.
Castelldans ronda los 950 habitantes y se levanta a unos 350 metros de altitud, en una zona donde el secano manda. Aquí el calendario sigue bastante ligado al campo. En invierno se habla de la aceituna. En verano, del calor y de cuándo llegará la próxima tormenta. No hay grandes monumentos ni calles pensadas para pasear con prisa. Lo que hay es un pueblo que sigue funcionando como tal.
Subir hacia la iglesia
El casco antiguo se recorre en pocos minutos, aunque conviene hacerlo despacio. Las calles son estrechas y suben con calma hacia la parte alta. Las paredes guardan el frescor incluso en días de mucho sol.
La iglesia parroquial de Santa Maria ocupa uno de los puntos centrales. El edificio ha pasado por varias reformas a lo largo del tiempo, algo bastante habitual en pueblos de la comarca. La fachada es sencilla. La puerta de madera, pesada, deja paso a un interior sobrio donde todavía se conservan elementos antiguos del retablo, restaurados en distintas etapas.
Un poco más arriba quedan restos del antiguo castillo. No es un conjunto monumental reconocible, sino fragmentos integrados entre construcciones posteriores. Desde ese punto la vista se abre hacia los campos. Los olivos se repiten hasta donde alcanza la mirada, separados por líneas de piedra seca.
Muros de piedra seca y caminos agrícolas
Alrededor de Castelldans aparecen por todas partes los muros de piedra seca. Algunos delimitan parcelas. Otros sostienen pequeñas terrazas en zonas con pendiente. Están hechos solo con piedra encajada, sin mortero.
Si se camina por los caminos que salen del pueblo es fácil verlos de cerca. Muchos senderos siguen antiguas rutas agrícolas, anchas y polvorientas en verano. No tienen demasiada sombra, así que en los meses de calor conviene salir temprano o esperar a la tarde.
El terreno aquí es suave, con colinas bajas. Caminar resulta fácil si el sol no aprieta demasiado.
El antiguo lavadero
A cierta distancia del centro hay un lavadero público restaurado. Es una construcción sencilla: un pilón alargado, piedra en los laterales y un pequeño espacio protegido.
Durante décadas fue uno de los puntos donde coincidían muchas vecinas del pueblo. Allí se lavaba la ropa y, de paso, se hablaba de todo lo que pasaba en Castelldans. Hoy el lugar está tranquilo. A veces se oye agua correr o el ruido de algún coche lejano en la carretera.
El aceite y el ritmo del año
En esta parte de Les Garrigues el aceite forma parte de la vida diaria. Durante la campaña de recogida, entre finales de otoño y parte del invierno, el movimiento en los campos aumenta. Remolques cargados de aceituna entran y salen por los caminos.
En el pueblo todavía es fácil escuchar conversaciones sobre variedades de oliva o sobre cómo ha ido la cosecha ese año. El aceite aparece también en la cocina local, donde acompaña platos sencillos del interior de Lleida, muchas veces cocinados a fuego lento.
Carreteras tranquilas entre pueblos
Las carreteras secundarias que pasan por Castelldans conectan con otros municipios pequeños de la comarca. Son vías tranquilas, con poco tráfico la mayor parte del año.
Mucha gente las recorre en bicicleta o en coche sin prisa, deteniéndose en miradores improvisados junto a los campos. El paisaje cambia poco, pero la luz sí: por la tarde los olivos toman un tono gris plateado muy marcado.
Fiestas que reúnen al pueblo
En verano suele celebrarse la fiesta mayor alrededor de la Asunción. La plaza se llena de vecinos y de familias que vuelven esos días. Hay música, bailes tradicionales y mesas largas donde la gente se sienta a charlar hasta tarde.
En invierno, cerca de Sant Antoni, todavía se mantiene la bendición de animales, una costumbre muy ligada al mundo rural. No es un acto multitudinario, pero sí un momento en el que se reconoce esa relación antigua entre el pueblo y el trabajo del campo.
Castelldans se entiende mejor caminando sin prisa por sus caminos de tierra o quedándose un rato en silencio en la parte alta del pueblo. El paisaje no cambia rápido. Los olivos llevan aquí décadas, algunos mucho más. Y el ritmo del lugar sigue girando alrededor de ellos.