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sobre El Soleràs
Pueblo aceitero con cooperativa centenaria; sufrió en la Guerra Civil
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Una mañana de primavera, en el cruce de la calle Mayor con la plaza de la iglesia, el aire suele oler a tierra húmeda y a leña vieja. A esa hora apenas se oye nada más que algún coche que pasa despacio y el golpeteo de una persiana que se abre. El Soleràs despierta sin prisa, con esas calles estrechas donde la piedra y el polvo del secano marcan el ritmo del pueblo.
El turismo en El Soleràs tiene más que ver con entender el paisaje de Les Garrigues que con buscar monumentos. Aquí viven poco más de trescientas personas y el pueblo se apoya sobre una loma baja, rodeado por campos de olivos y almendros que cambian de aspecto según la estación. En febrero o marzo, cuando los almendros florecen, el blanco aparece de golpe entre los tonos ocres del secano. En verano, en cambio, todo se vuelve áspero y luminoso.
Un pueblo pequeño en medio del secano de Les Garrigues
El casco urbano mantiene un trazado sencillo: calles que suben y bajan ligeramente, casas de piedra o revoco claro, portales anchos pensados para guardar el coche o lo que antes eran carros. Algunas fachadas todavía conservan arcos de medio punto y muros gruesos que ayudan a mantener el interior fresco cuando el calor aprieta.
La iglesia parroquial de la Asunción se levanta en la plaza principal. Es un edificio sobrio, construido con piedra local y un campanario que se ve desde varios puntos del pueblo. No es grande, pero marca el centro de la vida cotidiana: delante suele haber movimiento a media mañana, cuando la gente sale a hacer recados o simplemente se para a hablar un rato.
Caminos entre olivos
Al salir del casco urbano empiezan enseguida los caminos agrícolas. Son pistas de tierra que serpentean entre parcelas de olivos viejos, muchos de ellos retorcidos y bajos, adaptados al viento y a la sequedad del terreno. En días tranquilos se oye el zumbido de algún tractor a lo lejos y poco más.
Estos caminos siguen, en muchos casos, antiguos recorridos de carro que conectaban fincas y pueblos cercanos. Se pueden recorrer andando o en bicicleta sin grandes desniveles, aunque el terreno es irregular y en época de lluvias puede haber barro. En verano conviene madrugar: el sol cae fuerte en esta parte de la comarca y hay pocos tramos con sombra.
Las paredes de piedra seca que delimitan algunos campos aparecen de vez en cuando junto al camino. Si te acercas, se ven pequeñas lagartijas moviéndose entre las grietas y tomillo creciendo en los bordes.
El ritmo agrícola
La agricultura sigue marcando el calendario. El olivo es el cultivo dominante y la recogida de la aceituna suele concentrarse entre finales de otoño y el inicio del invierno. Durante esas semanas es habitual ver remolques cargados circulando por los caminos y escuchar el ruido de las máquinas vibradoras en los campos.
El aceite producido en la zona forma parte de la tradición de Les Garrigues, conocida por aceites intensos elaborados con aceituna arbequina. Muchas familias del pueblo siguen teniendo pequeñas parcelas que trabajan a lo largo del año.
En primavera también se ven tareas de poda o mantenimiento de los almendros y de algunos campos de cereal que aparecen entre los olivares.
Mirar el paisaje desde la parte alta
Si subes hacia la zona más elevada del pueblo, el horizonte se abre bastante. Desde allí se ven las lomas suaves de Les Garrigues extendiéndose en todas direcciones, con ese mosaico de olivos, campos de cereal y alguna masía aislada.
La luz cambia mucho según la hora. A última hora de la tarde los troncos de los olivos proyectan sombras largas sobre la tierra clara y el paisaje adquiere un tono más dorado. Es un buen momento para caminar un rato por los caminos cercanos antes de que anochezca.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
El final del invierno y el inicio de la primavera suelen ser los momentos más agradables para recorrer la zona: temperaturas suaves y campos con algo más de color. En verano el calor es seco y fuerte durante el día, así que conviene moverse temprano o al caer la tarde.
El Soleràs no es un lugar con mucho movimiento turístico ni grandes infraestructuras. Precisamente por eso conserva un ambiente tranquilo, de pueblo pequeño donde los domingos por la tarde todavía hay vecinos sentados en bancos de piedra o charlando junto a la plaza. Aquí el tiempo pasa de otra manera, más pegado al ritmo de la tierra que a cualquier calendario de viajes.