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sobre El Vilosell
Pueblo con encanto medieval en las montañas de Prades; calles empedradas
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El silencio de las siete de la mañana en El Vilosell es un sonido concreto: el viento seco moviendo las ramas de un olivo viejo junto al depósito del agua, el golpe lejano de una puerta de corral. La luz, todavía baja, no calienta la piedra de las fachadas. Este pueblo de las Garrigues leridanas, a 665 metros, se despierta con el mismo ritmo pausado de los campos que lo rodean.
Recorrer el núcleo
El casco urbano es pequeño y se recorre en poco tiempo, pero no tiene prisa. Calles estrechas con pendiente, portales de madera oscurecida por el sol y balcones con macetas de geranios que pasan el invierno dentro. No hay monumentos que marcar en un mapa; la atención se va a los detalles: una ventana con los visillos aún corridos, el olor a tierra húmeda que sale de un huerto tras una tapia.
A última hora de la tarde, cuando el sol está ya bajo, las sombras se alargan por el empedrado irregular. Es el mejor momento para caminar sin rumbo, cuando la luz dorada pega en las fachadas de tonos terrosos, entre gris y ocre. Desde la parte más alta, si la calima lo permite, a veces se distingue al sur la línea azulada de la sierra de Montsant.
Los caminos del campo
Aquí el paisaje lo dibujan los bancales de piedra seca. Son muros bajos que sostienen la tierra donde crecen olivos y almendros. En febrero, antes de que brote la hoja, los almendros florecen y ponen manchas blancas y rosadas en las laderas. Dura poco, unas dos semanas si no llega un viento fuerte.
Desde el pueblo salen pistas de tierra anchas, usadas por tractores. Son llanas, sin dificultad. Caminando por ellas se ven las masías a lo lejos, con sus cipreses altos. En verano, el calor aquí es intenso y no hay sombra. Conviene salir al amanecer o cuando el sol ya baja, y llevar agua siempre. La luz del atardecer resalta la textura de la tierra agrietada y la geometría de los bancales.
El sabor del territorio
La vida aquí ha girado siempre alrededor del olivo y la almendra. El aceite de la DO Garrigues tiene un punto amargo y picante, un carácter que viene de la tierra seca y las heladas del invierno. En las cocinas de las casas se usa para todo: para untar el pan, para hacer sofrito, para aliñar una ensalada de tomate.
Las almendras se guardan para los dulces de fiesta y algunas salsas tradicionales. No es una gastronomía de restaurantes con estrella; es la cocina que ha alimentado a generaciones de gente que trabajaba al aire libre.
Una nota práctica
Se llega por carretera desde Lleida, en un trayecto de unos cuarenta minutos que atraviesa lomas abiertas y campos. Dentro del pueblo se aparca en las entradas y se va a pie.
La primavera es quizá la época más equilibrada: días largos, temperaturas suaves y el campo aún verde. Si vienes en pleno agosto, programa las salidas al campo para primera hora o última. El mediodía es para la sombra de una pared gruesa y el sonido de las chicharras.