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sobre Mieres
Pueblo en el valle del Ser; conocido por su iglesia barroca y el ambiente alternativo
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¿Sabes cuando vas conduciendo por una carretera secundaria y de repente aparece un pueblo pequeño, de esos donde parece que todo va dos marchas más despacio? Mieres, en la Garrotxa, tiene bastante de eso. Casas de piedra, algún tramo empedrado y la sensación de que aquí la prisa nunca ha tenido mucho sentido.
Con poco más de trescientos vecinos y a unos 280 metros de altitud, Mieres es el tipo de lugar al que vienes a caminar un poco, mirar alrededor y entender cómo funciona un pueblo agrícola en esta zona. No hay grandes reclamos ni monumentos estrella. Lo que hay es un conjunto rural coherente, rodeado de encinas, robles y campos que todavía se trabajan. Por los márgenes aparecen fuentes antiguas que siempre han servido para abastecer a la gente del lugar.
Un núcleo que se ve en un paseo
Al entrar en Mieres todo queda más o menos a mano. Calles cortas, casas de piedra y esa sensación de que el pueblo se recorre en un paseo tranquilo, sin mapa ni plan.
La iglesia de Sant Martí suele ser uno de los puntos que primero llaman la atención. Es sencilla, con su campanario de espadaña asomando por encima de los tejados. Alrededor todavía quedan varias masías restauradas con bastante respeto por lo que ya había: portones con dovelas de piedra, balcones de hierro y tejados de teja curva de los de toda la vida.
El campo sigue muy presente. No como hace décadas, claro, pero alrededor del núcleo se ven huertos, pequeñas parcelas y caminos que conectan masías dispersas.
Senderos para estirar las piernas
Mieres es ese tipo sitio donde lo más lógico es dejar el coche aparcado y ver hasta dónde te lleva el camino.
Desde el propio pueblo salen varios senderos rurales que cruzan bosques y prados. Muchos son viejos caminos agrícolas; las rutas que usaban los vecinos para moverse entre campos o acercarse a mercados cercanos.
Si te gusta caminar sin complicarte demasiado, aquí es fácil. Senderos tranquilos, poco tráfico y bastante silencio. En algunas zonas todavía se cultivan productos muy ligados a la comarca, como las judías de Santa Pau o las patatas del entorno.
El paisaje volcánico (el discreto)
Desde algunos puntos un poco elevados empiezan a aparecer las formas suaves de los volcanes dormidos de la Garrotxa. No son montañas espectaculares; son colinas redondeadas cubiertas de bosque. Pero ayudan a entender dónde estás.
En días claros, mirando hacia el norte, incluso se intuyen las montañas del Pirineo al fondo. No es un mirador famoso; simplemente el tipo de vista que te encuentras al subir una pista o bordear un campo.
Comer como en casa (de alguien del pueblo)
La cocina por aquí tira mucho del producto cercano y platos sencillos. Las judías de Santa Pau aparecen a menudo acompañando carnes o embutidos locales. También patatas, verduras del huerto y setas cuando toca temporada.
No esperes sofisticación: esto es comida como la haría tu tía si viviera en una masía.
Fiestas para los del pueblo (y quien quiera sumarse)
En verano el calendario se anima con la fiesta mayor (suele ser agosto). Es cuando regresan muchos vecinos que viven fuera y Mieres recupera movimiento durante unos días.
Suelen organizarse comidas populares y actividades sencillas para la gente del lugar. No es un festival pensado para atraer multitudes; más bien una excusa para juntarse.
A lo largo del año también hay alguna feria pequeña o encuentro relacionado con lo rural o las tradiciones locales. Cosas discretas.
¿Y si paro?
Te lo digo claro: no vengas desde Barcelona solo para ver Mieres. Pero si estás recorriendo la Garrotxa –quizá visitando Olot o Santa Pau– y te apetece un pueblo tranquilo (de los que aún funcionan como pueblo), entonces tiene sentido desviarte media mañana.
Un paseo por el núcleo, caminar un rato por cualquier camino hacia el campo… De esos lugares que sin hacer ruido te ayudan a entender mejor cómo huele esta comarca cuando no hay turistas alrededor